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21 crímenes de papel 20/21: Madrid, el cielo protector

“Madrid, Distrito Federal”, Juan Jesús Armas Marcelo (Alfaguara, 1996)

“Madrid, Distrito Federal”, Juan Jesús Armas Marcelo (Alfaguara, 1996)

En “Madrid, Distrito Federal”, de  Juan Jesús Armas Marcelo, el lector perspicaz puede darse cuenta que existe un solo criminal: el narrador. Él va poniendo trampas lingüísticas y ampliando el territorio ficticio con conjeturas y suposiciones 

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En Los años que fuimos Marilyn, ensayo publicado en 1995, J. J. Armas Marcelo (Las Palmas de Gran Canaria, 1946) relata los acontecimientos de un periodo que, en teoría, da inicio con el final del franquismo y cuyo declive empieza en 1992, tras los fastos de los Juegos Olímpicos de Barcelona y la Expo de Sevilla. El curioso título está inspirado en una ocurrencia de Carlos Fuentes, según la cual España, por esa época, fue como Marilyn Monroe: la más deseada, la más hermosa, la que todos buscaban para bailar con ella; y es que después del –en apariencia– exitoso proceso de transición hacia la democracia, la patria de Cervantes y Buñuel, por fin había vuelto a ocupar el lugar que sin duda le correspondía en el concierto del mundo y que había perdido por obcecación y suicida altivez nacionalcatolicista. “Ahora”, dice Armas Marcelo, “por arte de un milagro de modernización, una nueva generación de españoles –la nuestra– había cambiado España hasta convertirla en una Marilyn excepcional, única, cuya hermosura despertaba el deseo y la pasión de cercanos y remotos, de amigos y adversarios”.

Comienzo el comentario de Madrid, Distrito Federal (editada por primera vez en 1994) con esta reflexión porque mientras la leía pensaba que el autor me estaba contando una historia alterna que no hubiera podido referir sino haciendo uso de la ficción, que es la única técnica, según Toynbee, “que puede emplearse o es digna de serlo cuando los datos son innumerables”. Si bien en un ensayo o un libro de historia se juntan datos y documentos, siempre hay un espacio del cosmos que solo muestra su verdadera cara cuando fabulamos sobre él. Sin embargo, en la obra de Armas Marcelo –“dentro de mí late un historiador amateur”– nunca hay que descartar las filiaciones secretas con su vida y con los temas que le apasionan, España y América Latina, sobre todo, filias que le han hecho merecedor de un epíteto que lo honra, “el más americano de los escritores españoles y el más español de los escritores americanos” (pruebas de ello son sus dos más recientes novelas, La noche que Bolívar traicionó a Miranda y Réquiem habanero por Fidel).

Pero Madrid, Distrito Federal también se inscribe en la serie de novelas de suspense, o de crimen, que llevan al lector por un laberinto de claves y pistas hasta las páginas finales. En este caso, Madrid es el escenario donde los personajes se moverán (aun habría que hacer un inventario de los textos de ficción que tienen a Madrid como fondo, una ciudad literaria como pocas). Y estos personajes son fatuos, mediocres, embusteros, fracasados: como si el autor nos estuviera pintando el reverso de una ciudad –y un país– que una vez fue Marilyn.

El narrador, que por cierto es pintor, nos cuenta la vida de sus amigos –amigos?– en (y hacia) Madrid: Leo Mistral, cineasta abortado, siempre lleno de proyectos que nunca lleva a cabo por desidia o porque “se los han robado” –su sueño era llevar al cine El cielo protector, pero la displicencia de Paul Bowles y el oportunismo de Bertolucci parece que hacen naufragar el proyecto; lo mismo ocurrirá con su sueño de filmar con Steve McQueen–; Willy Luarca, músico cuya vida es una sola tragedia; Xavier Umbrosa, millonario conde, casado con Eva Girón, de la que el narrador está enamorado, pero también Mistral; y el enigmático Patricio Crown, viajero o diablo.

La novela tiene varios ritornelos narrativos que van ampliando el universo ficcional a medida que leemos, y se imanta con un poderoso leitmotiv: la doble muerte, nunca se sabrá si producto de la casualidad, del Conde Umbrosa y Ana Luarca, hija de Willy. Ella muere de leucemia; él, cayendo por las escaleras. El narrador afirma varias veces que la muerte de Umbrosa ha sido planeada por Eva Girón y Leo Mistral, pero no tiene pruebas, solo corazonadas –en realidad, sólo se sabe que Umbrosa ha muerto accidentalmente, pero la sospecha nace porque todos han olvidado su muerte demasiado pronto–; Ana Luarca, por su parte, parece que ha muerto por influjo de Patricio Crown, que ha acercado a su padre a la parte oscura de Madrid y, con connotaciones de cierto hermetismo, a los lugares de flamenco esparcidos por la ciudad, con lo cual logra que caiga la desgracia sobre su hija, que enferma y muere. Pero es el pacto que el compositor que es Willy Luarca hace con el Diablo el que sella la suerte de su hija: “Fue una coincidencia más que infeliz que poco después de la conversación con el Diablo muriera Ana Luarca presa de de una leucemia galopante”. Todo músico que quiera alcanzar la cima debe firmar un pacto con el Antiguo Enemigo, eso se sabe desde Thomas Mann y su Doktor Faustus. Además, hay un personaje del que se habla un par de veces: Williams B. Arrensberg, escritor dos veces ficticio, en la novela y en la vida real, que redobla la apuesta por la invención: a ver quién se lo encuentra en Nueva York.

Como habrá intuido el lector perspicaz, en esta novela hay un solo criminal: el narrador, que va poniendo trampas lingüísticas y ampliando el territorio ficticio con conjeturas y suposiciones que le dejan una sola salida al lector: dejarse llevar por el delicioso rumor de la prosa sin temer diablos, venganzas o envidias malsanas. Las dos muertes son la excusa para contar el volumen de una ciudad, y basta que Madrid sea el escenario para sentir el benéfico influjo de su cielo protector.

MADRID, DISTRITO FEDERAL 
Juan Jesús Armas Marcelo
Editorial Alfaguara
Madrid, 1996