• Caracas (Venezuela)

Papel literario

Al instante

21 crímenes de papel 7/21: Grecia servida en cuatro anaqueles

Noticias de la noche, Petros Márkaris

Noticias de la noche, Petros Márkaris

En esta séptima entrega de 21 crímenes de papel, Juan Carlos Chirinos nos adentra en el universo del comisario griego Kostas Jaritos, personaje aclamado de la pluma de Petros Márkaris

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Si no fuera por Caín, nada impediría argüir que, antes de la civilización occidental, el primer asesino fue Edipo, el rey que mató a su padre (sin querer) y se casó con su madre (queriendo): en este trágico episodio tebano, el lector es el detective; los dioses, los autores intelectuales; y la tan detestada hibris helénica, el móvil del crimen. Con antecedentes de tan olímpica prosapia, no parecía difícil que surgiera en Grecia Petros Márkaris (Estambul, 1937), uno de los narradores de novela policial contemporánea de mayor éxito y maestro a la hora de combinar la vida doméstica de un pequeño burgués e incisivo comisario en la turbulenta y desordenada Atenas. Además, Márkaris también es conocido por colaborar con Theo Angelopoulos en guiones como La mirada de Ulises y Eleni, entre otros. Y por razones que daré a continuación tiene su lógica que escriba sobre esta Noticias de la noche, la primera novela de la serie, publicada originalmente en 1995: no he dejado de pensar, desde que la visitara la primera vez, que si Caracas se parece a alguna ciudad del mundo, es a Atenas, y no precisamente por el parnaso de filósofos y la adusta línea dórica, sino por un aspecto más pedestre y por eso mismo más auténtico: el tráfico bustrofedónico, los vendedores ambulantes y esa luz solar que le da aspecto lustroso a todo, inmediatamente recuerda la algarabía, el agobio y el bochinche caraqueño, que late como un pulmón sano pero desquiciado. ¡Si hasta el puerto del Pireo no deja de oler y vibrar como La Guaira! Y, encima, las que en la venerable ciudad ática son ruinas que custodian la memoria de sus grandes personajes ‒el juicioso Solón, el demoníaco Sócrates, el vanidoso Alcibíades y Demóstenes, de afilada lengua‒, en Caracas son restos de una civilización que nunca ha sido y quizá ya nunca sea ‒el titánico pero inútil Helicoide, la absurda Gallera, la hermosa Concha Acústica de Bello Monte, las decadentes torres de Parque Central‒; tábano suficiente para que me den más ganas de hablar del excepcional comisario Kostas Jaritos, ese venezolano de Atenas.

Antes ocurren dos asesinatos de albaneses, pero lo que dispara el argumento y la curiosidad del protagonista es la espantosa muerte de Yanna Karayorgui, popular periodista de las noticias nocturnas en un canal de televisión. Una barra de hierro la clava a la silla donde yace, y le toca a Járitos desentrañar el misterio: sí, por supuesto, es una trama policial al uso, de las tantas que hemos leído desde que en 1849 Edgar Allan Poe echara a andar a monsieur Dupin, ¿pero por qué entonces nos quedamos pegados en la lectura y seguimos la trama con el placer y el morbo propios del género? Porque este comisario rompe con la primera regla de todo hombre duro y de agudo razonar: está casado. Y su esposa, Adrianí, es un ejército siempre dispuesto para la batalla. Ambos tienen una hija universitaria, Katherina, que estudia en Salónica y vive con su novio, al que Jaritos detesta. Pero un detalle, para mí fundamental, salva al personaje del naufragio literario: tiene un único hobby raro, como corresponde a todo aquel capaz de desentrañar las señales del mundo y ver el mal por dentro: Kostas Jaritos lee diccionarios, y nada más. En su habitación, echado en la cama, se refugia del mundo y de las peleas domésticas leyendo y releyendo, aprendiendo palabras atesoradas en sus páginas porque, como le decía su padre cuando era un niño, “es la mente la que ve y la mente la que oye”.

Esa es, pues, la función del hobby de Jaritos: ver y oír con la mente los detalles que se le han pasado de su investigación. La muerte de la periodista, al principio, parece no guardar relación con los crímenes de los albaneses, pero poco a poco él irá descubriendo la más bien triste conexión que tienen y qué cerca estaba de ella. El autor, como todo buen prestidigitador del suspense, coloca frente a nuestros ojos, desde la primeras páginas, la solución del enigma, a ver si somos capaces de verla, pero sólo las mentes de aquellos más privilegiados descubrirán la solución antes de llegar al final, tal como hace Spinoza cuando explica el concepto de Dios, al inicio de su Ética: el que entiende la primera frase, no necesita leer lo que sigue. Los demás lectores, más pedestres, estamos condenados a disfrutar de las restantes trescientas páginas para seguir los razonamientos de este policía desencantado y “brechtiano”, como lo define el propio Márkaris, quien como buen activista de izquierda odió a los policías hasta que el comisario Jaritos lo convirtió en uno de los maestros del género. Porque, en el fondo, Noticias de la noche, y la serie que protagoniza el policía, como la pequeña biblioteca que conserva en su casa, está constituida por diccionarios enciclopédicos y literatura pulp: “Arriba, una visión lingüística; abajo, la decadencia. Grecia servida en cuatro anaqueles”. Pero qué anaqueles.

 

NOTICIAS DE LA NOCHE

Petros Márkaris

Tusquets

Barcelona, 2010