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21 crímenes de papel 12/21: El otro Eliot Ness

“Torso. El descuartizador de Cleveland” de Brian Michael Bendis y Marc Andreyko, fue ganadora del prestigioso Premio Eisner (1999) y ha sido nominada al International Horror Guild como mejor novela gráfica y al Premio Eagle como mejor obra en blanco y negro

“Torso. El descuartizador de Cleveland” de Brian Michael Bendis y Marc Andreyko, fue ganadora del prestigioso Premio Eisner (1999) y ha sido nominada al International Horror Guild como mejor novela gráfica y al Premio Eagle como mejor obra en blanco y negro

“Torso. El descuartizador de Cleveland” ocupa esta doceava entrega de 21 crímenes de papel, la serie del escritor venezolano Juan Carlos Chirinos

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Aunque adoro leer cómics, siempre prefiero que estos sean en color y sin muchas pretensiones abstractas, ni propuestas arriesgadas. Eso me convierte en un mal lector del género, pues las mejores obras por lo general son el resultado de una nueva manera de abordar la humilde viñeta. Sirvan de ejemplo Persépolis, Maus y El lobo solitario y su cachorro para demostrar que con el trazo oscuro sobre el papel se pueden hacer maravillas, por más que para mí sean más atractivos Sandman, Fábulas y mi favorito, Lucifer. Pero cada quien debe aceptar sus limitaciones, y una de las mías marca un profundo rechazo por los cómics en blanco y negro, porque me aburre la monotonía cromática, e incluso mi venerado La rosa y el anillo, de William Thackeray, venía con ilustraciones, si no policromadas, al menos sí con uno o dos colores diferentes; esto no quiere decir, desde luego, que el azar no me convierta de vez en cuando en fanático de alguna historia sin color, como ocurre con esta breve novela gráfica de Brian Bendis y Marc Andreyko –ganadora en 1999 del prestigioso Premio Eisner al cómic de calidad– Torso, una historia que nos devuelve al ambiente más dark del mundo policial, siguiendo los pasos del célebre Eliot Ness (Estados Unidos, 1903-1957), aquel que Brian de Palma revivió en un antológico filme de extraordinaria primera secuencia –alguien afeita a Capone: Robert De Niro todo lo puede– y que incluso exhibe un nada velado homenaje al eisensteiniano El acorazado de Potemkin.

En esta ocasión la historia comienza cuando Eliot Ness ya ha llevado a la cárcel, en Chicago, al peligrosísimo Al Capone, y ha llegado a Cleveland contratado para encargarse de la seguridad y eliminar a los malos. Su objetivo, obviamente, es acabar allí también con el tráfico ilegal de alcohol, tal como ha hecho en Chicago acompañado por sus intocables muy tocables. Ahora ya no serán estos los que le acompañen, sino dos detectives que terminarán uniéndose al famoso policía para tratar de detener una amenaza más urgente que unas cuantas botellas de whisky adulterado y unas mesas de póker en un sótano: un asesino en serie al que han apodado “Torso” porque tiene la mala costumbre de dejar los cadáveres completamente desangrados, sin cabeza, ni manos, ni pies. Algunas de las cabezas, sin embargo, comenzarán a aparecer, y estas serán invaluables pistas para dar con el paradero del homicida. Pronto descubrirá Ness que pudo haber sido su llegada a Cleveland la que ha puesto en marcha el ansia asesina del Torso, pues comienza a recibir postales anónimas, supuestamente de parte del criminal, en la que queda patente la necesidad de exhibir sus “hazañas” como una manera de humillar al célebre policía.

Al lado –o por debajo– de esta historia se entreveran, como corresponde a toda buena novela de intriga policial, varias historias secundarias que complementan, explican y dan brillo a la principal: un alcalde que quiere ver resueltos los crímenes antes de que comience la convención republicana, el incendio de un asentamiento de gente sin trabajo, el lumpen que ha dejado la feroz depresión estadounidense de 1929, un detective que teme confesar su homosexualidad y una mujer –Edna, la esposa de Ness– que se cansa de ser el anónimo apéndice del famoso policía y lo abandona, no sin amagar una sospechosa y angustiante desaparición. Estas historias accesorias convergerán en la resolución final dándole sentido a ese “viaje del héroe” que llevará a Ness hasta su postulación como Alcalde de la ciudad, una vez que haya comprendido, pero no resuelto, la cadena de crímenes en serie de Torso, pues por encima de la inteligencia y el tesón del policía honesto, bailan siempre los hilos del verdadero poder, contra los que nadie puede luchar, ni siquiera los héroes más conspicuos.

Con esta historia –basada en hechos reales que a la larga frustraron las esperanzas políticas de Ness– Bendis y Andreyko demostraron una vez más –por si hacía falta– que el cómic es un robusto género capaz de dar cobijo a un arte de gran calidad. No en balde la imagen ha acompañado desde siempre a la palabra escrita, y ambas se explican mutuamente, pero además generan nuevos significados cuando se funden. En este Torso los autores juegan con imaginación, humor y un sentido estético único fotografías y los así llamados bocadillos, los globitos donde va la voz de los personajes, y que aquí sirven para reproducir el espíritu dialógico del género policial y, al mismo tiempo, para literalmente conducir al lector a través de las viñetas. Esto, sumado al trazo grueso, al expresionismo opaco, y a la configuración algo corrupta de los personajes, hacen de Torso una novela gráfica donde cobra vida el otro Eliot Ness, el oscuro, el que puede corromperse, el que investiga y encuentra pero no triunfa: el humano en blanco y negro.

 

TORSO. EL DESCUARTIZADOR DE CLEVELAND

Brian Michael Bendis y Marc Andreyko

Editorial Planeta DeAgostini

Barcelona, 2003