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El corazón del daño

Portada de ‘Dibujo con niña’ / Cortesía

Portada de ‘Dibujo con niña’ / Cortesía

Dedicamos esta semana al nuevo libro de María Negroni, ‘Dibujo con niña’, publicado por Banco de Piedra en 2015. La obra de esta argentina fue presentada en la librería Kalathos el sábado 6 de junio de este año

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 la eternidad hace su casa

con las perdices

 que no comimos

María Negroni

La poesía puede ser un dibujo de la infancia. Un trazo que intenta darle forma a eso que de la vida es el tiempo más breve: tiempo de juego y de gracia, tiempo de balbuceo y desconocimiento. Esbozo del futuro allí latente y presentimiento de la dificultad misma de ese futuro.

María Negroni en Dibujo con niña, publicado por la Editorial Barco de Piedra, usa la poesía para dibujar afectos y emociones de la infancia como si el lenguaje poético fuera la captura de lo que Arturo Carrera llama “la figura huidiza de la sensación”, “la figurita de lo sentido”, ese “dato mínimo” inaferrable y efímero que es la emoción afectiva.

En este libro tiene lugar la infancia como estado de un intercambio sentimental entre una “nena” y el yo poético que en los poemas juegan y ponen en escena una cultura de la infancia que pasa por el relato del lobo y su boca grande, por jugar a la mamá y a las visitas, por “ejercitar” los animales blancos de la imaginación; y también por los “angelitos”, “hadas madrinas”, “dientes de leche”, mariposas. La presencia de estos “pequeños seres” convierten a la infancia en un estado de gracia, una forma de la luz “que brota por todas partes / como un sol en la frente”, al que ningún nombre le cabe y que desbarata la necesidad adulta de clasificar y etiquetar el mundo: “ponemos todo en cajas / cada cosa en su nombre / cada nombre en su cosa”. La niña es aquí una condición descalza de la existencia que otorga la posibilidad de tocar la tierra con la piel desnuda sin hacerse daño y de estar en el mundo sin calzado.

Por otro lado, a través de poemas breves que ensayan una lengua incierta, insegura, interrogativa, el hablante poético escribe un suerte de testimonio/legado que puede leerse también como una advertencia, una pequeña contraeducación sentimental sobre el “corazón del daño” que pulsa en el centro móvil de la vida y que es necesario dibujar para que la niña aferre el hilo precario de su trama.

A lo largo del poemario encontramos el tiempo futuro, lo que vendrá, lo que será o podría ser la vida de la pequeña que es concomitante con su presente de luz y de juego. La poesía anticipa el tiempo de la intemperie y de lo inexplicable, el tiempo de la comprensión de que “nada es lo que parece”: “un poco así y de otro modo / se están preparando en vos / las cosas reales // te veo llegar / descalza // a ese jardín que te espera / para comerte mejor”.

“Las cosas reales” son las zonas ciegas de la experiencia que no pueden decirse porque no hay dibujo que pueda expresarlas y que, por esto, quedan flotando fuera del lenguaje: “Se me escapan, de pronto, las oraciones nítidas” porque “hay cosas / que no tienen nombre / y son más reales por eso”, dice el yo poético. De aquí que la poesía se haga cargo de transmitir el aprendizaje sobre cómo sobrevivir a la muerte que es también la vida; cómo hacer para resguardarse del daño o para no perderse en él (“de todas las tareas que te esperan / iluminarte a vos misma / será la más difícil”), porque para Negroni la pérdida es una forma de adquisición interior e intensa (“toda interior –y mucho más intensa–” Rilke); una forma negativa del saber hecha de sustracciones y vacíos que nos destituye de toda certeza y nos deja afectados y tocados: “algo de lo que perdiste / será para siempre / tan tuyo”; “para vivir te digo / tendrás que morir primero / atravesar hogueras / barcos hundidos”.

Si por un lado, la poesía juega con la niña y es cómplice de su gracia, de su luz, de su inocencia; por otro, la prepara para crecer y enfrentar la “errancia”, “el mundo sin atenuantes”. Pero este gesto de advertencia de parte de la voz poética, no se enuncia desde la seguridad de quien quiere imponer una educación o un modelo de conducta, sino por el contrario, desde la humildad de quien quiere compartir con la niña una mínima historia de sus afectos y afecciones. Se trata de un gesto de amor que intenta dibujar lo que solo puede ser dicho a través de trazos y versos precarios que van desplegando un paisaje de ruinas luminosas.

Dibujo con niña es entonces un testimonio del afecto que nos muestra cómo la poesía esboza esa “figura huidiza” del sentir que aquí se circunscribe al ámbito de la infancia y se irradia hacia el futuro. Pero también nos señala cómo la palabra poética registra los sentimientos de la cultura, los sufrimientos y pasiones de las personas, fundamentales para la comprensión de la subjetividad y sus deseos.

Cabe destacar, por último, el diseño del libro (realizado por Eddymir Briceño y Yonel Hernández, junto a la edición de Virginia Riquelme e Isabella Saturo) que contribuye, mediante elementos táctiles y visuales, a darle forma a la infancia que Negroni despliega en su poemario. Se trata de una edición de solo 100 ejemplares, de pequeño formato, que tiene como imagen de portada el órgano del corazón velado por un papel de seda. De un mínimo orificio de este corazón –cuya posición cambia en cada ejemplar–  sale un hilo que recorre el frente del libro y termina en el lomo donde se atan las páginas. Este hilo-vena, su precariedad y movilidad, parecieran señalarnos que el afecto está a la intemperie, más exactamente, es la intemperie y es vulnerable a la fractura y pérdida. La materialidad del libro también nos recuerda que hay que cuidar el corazón así como la poesía que este guarda en su interior.

Con la niña de María Negroni aferramos el hilo del corazón, ese hilo frágil y errático que se desplaza y cambia de lugar pero que siempre es un punto de amor y que la Editorial Barco de Piedra nos entrega para que lo aferremos y sigamos la ruta de su voz.