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El ojo en la nuca: una conversación entre Juan Villoro e Ilan Stavans

<i>El ojo en la nuca</i>

El ojo en la nuca

“Es aleccionador que, para estos autores mexicanos, Andrés Bello sea la primera referencia cronológica de América en cuanto al ensayo se refiere”, es una de las afirmaciones de Pedro Plaza Salvati en este ensayo sobre la conversación sostenida entre Juan Villoro e Ilan Stavans en “El ojo en la nuca”

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El ojo en la nuca (Anagrama, 2014) es un contrapunteo entre dos voces muy distintas y particulares que, sin la presencia del café o el vino de por medio, conversan de manera íntima a través de correos electrónicos. En lo que los autores consideran cinco diálogos (en realidad son siete –también conversan en el prólogo y en el epílogo–), hay abundante material autobiográfico: “México duele”, “Ensayo sobre el ensayo”, “Pelos en la lengua”, “En el gimnasio” y “El arte de equivocarse”.

Villoro tiene, sin duda, muchos seguidores en nuestro país y en Hispanoamérica, por lo que estamos ante un caudal de información para conocer mejor a este autor de culto con difusión relativamente masiva. A su vez, no deja de ser interesante conocer las ideas de Stavans, que cuenta con una vasta obra, entre ellas una polémica traducción del primer capítulo de El Quijote al espanglish.

¿Cuál es la razón del título? Villoro afirma que la nuca es la parte del cuerpo que jamás vemos en nosotros mismos (salvo a través de los espejos que tienen tanta significancia en la obra de Villoro); y agrega que escribir es mirar las cosas de otro modo. Stavans relaciona a un ojo en la nuca con algo cíclope y monstruoso.  El ojo en la nuca, concuerdan, es mirar más allá de lo evidente.

Stavans y Villoro no son amigos íntimos pero tampoco desconocidos y, desde esa aclaratoria, se enriquece un intercambio de ideas que no pudiera surgir de la misma forma si lo contrario fuese la premisa. Lo cierto es que podemos identificar algunas coincidencias entre ambos autores, desde lo filosófico hasta lo más banal. Ambos son nacidos en México, estudiaron en colegios en los que el idioma central no era el español (alemán en el caso de Villoro, e Ídish en el caso de Stavans); prefieren leer más ensayos que novelas; admiran la obra de Joan Didion; mantienen una relación si se quiere incómoda con respecto a la figura de Octavio Paz; hasta temas más mundanos como que el bogotano es el habla hispana que más les gusta y que sus esposas practican yoga.

Aunque no lo admitan e insistan en que “coinciden en casi todo”, los puntos de vista de cada quien son bien distantes. Pudiera decirse que Villoro, con la modestia que lo caracteriza, parte de una visión optimista de la literatura y de la vida en general.  Mientras que las afirmaciones de Stavans van impresas de cierto grado superlativo. Por ejemplo, ambos idolatran a Borges, pero una diferencia sustancial de enfoque y veneración la vemos las palabras de Stavans: “Yo una vez me atreví a corregir un cuento de Borges, ¿Te imaginas? Me alegra haberlo hecho”, a lo que Juan Villoro responde: “Eres de una audacia desmedida. A Borges no me atrevo ni a subrayarlo”.

A lo largo de la lectura encontramos una serie de afirmaciones de Stavans que son, al menos, controvertidas: “España es demasiando burda para mí”; los programas de escritura creativa son “meras fábricas de mediocridad”; los premios literarios “hay que dárselos solo a los muertos”; “yo escribo mis conferencias después de impartirlas”; “el espanglish ya ha sido aceptado por la Academia y es una invención mía”; “con frecuencia aparezco en mis cuentos y en mis ensayos” (aparecer en un cuento es un recurso que muchos escritores han utilizado pero citarse a uno mismo en un ensayo pareciera traspasar la ética del desdoblamiento); “te confieso que la razón por la que vivo en Massachusetts es porque tiene el mejor nombre de los 52 estados de la unión americana” (¿es esto acaso una fútil extravagancia?); “la literatura francesa contemporánea me resulta ilegible” (¿será que no ha leído a Patrick Modiano o Emmanuel  Carrère?); o cuando comenta que “hay un cuento de Onetti que me encanta. No es cierto: me gusta la idea, más no su ejecución. Se llama Un sueño realizado”.  Y así sucesivamente.

Las claves villorianas

En primer lugar, la comprensión de la obra de este escritor gira en tono a su incursión en casi todos los géneros literarios: novelista en El testigo (Premio Herralde 2004); cuentista en Los culpables; cronista en Safari accidental; ensayista en Efectos personales; con su Profesor Ziper, protagonista de narraciones infantiles; traductor de obras literarias; guionista; fanático, reportero y narrador de fútbol. En una entrevista reciente comentó que escribe, desde hace años, un libro sobre México, D.F que se llama Vértigo horizontal; una suerte de metáfora de la ciudad y afirma que al tener tantos papeles desparramados: “más que un corrector de estilo necesito un urbanista que los ponga en orden”. Villoro detesta relajarse.

La segunda clave de entendimiento la apreciamos cuando afirma que la respiración en el lenguaje determina el ritmo y el estilo de la escritura; es lo que secretamente define a un autor. Para ilustrar su punto, nos dice que en el caso de Onetti: “suele servirse de relatores que fuman, las pausas de sus textos se corresponden con las caladas y la expulsión del humo”. De esa forma, el estilo literario de un autor que hemos leído sería reconocible en una sola frase por la respiración inherente a su escritura. Y agrega una metáfora tan certera como delirante: “La literatura podría ser representada como un inmenso hospital de neumología, donde cada paciente tiene un síntoma distinto”.

Por otra parte, Villoro nos arroja una llave maestra para la compresión de su obra cuando nos relata que Alejandro Rossi, uno de sus mentores, tradujo del italiano unos aforismos de Georg Cristoph Lichtenberg. El descubrimiento de los aforismos lo llevó a conocer a un autor que mezclaba la rigurosidad del ensayo con el humor; hecho que marcaría su escritura de manera determinante como un sello de garantía. Al adentrarse en la profundidad de la escritura del autor alemán, “acabó por derrumbar los prejuicios que tenía respecto a la reflexión como una actividad alejada de la vida. Era un hombre extremadamente divertido. Chismoso, coqueto, que al mismo tiempo (como Villoro) se interesaba por el origen profundo de las cosas y el sentido de la vida. Era amigo de Kant y Goethe pero también podía disertar (como Villoro) sobre las tortugas, el vino o las vendedoras de flores”. El encuentro con Lichtenberg, además, vendría a derrumbar parte de la barrera que mantenía Villoro con el idioma alemán, al emprender su propia traducción de los aforismos. Ello, a su vez, vino a surtir un efecto de superación del estrés postraumático generado por tener que resolver en la escuela problemas matemáticos con ejemplos de unidades de manzanas que conforman un apfelstrudel.

Un cuarto elemento que nos arroja luces sobre la escritura de Villoro es la atención a los detalles que anclan lo narrado a la realidad. La importancia de los detalles la descubrió cuando su madre amenazó de echarlo de la casa. Estaba haciéndole la maleta a Juan, que como niño incrédulo pensaba que era puro teatro materno, pero cuando la madre sacó el “frasco de hierro” con un remedio para que creciera mejor (y que al parecer funcionó: Villoro mide 1,94) supo que el asunto iba en serio. Cayó de rodillas, lloró y pidió perdón. Así, agrega y concluye, que en todo lo que escribe coloca algo equivalente al frasco de hierro: “la literatura depende de detalles insignificantes”.

Referencias sobre Venezuela

Vale la pena destacar algunos de los pasajes en los que la conversación escrita deriva en referencias que tienen que ver con nuestro país.  En el capítulo “Ensayo sobre el ensayo”, Stavans afirma: “Bello, Martí, Rodó, Borges nos vigilan desde atrás”, a lo que Villoro responde: “Bello, Rodó y Martí tenían una idea civilizada de la cultura, escribían seguros de cambiar su sociedad”. Es aleccionador que, para estos autores mexicanos, Andrés Bello sea la primera referencia cronológica de América en cuanto al ensayo se refiere. Sobre Rómulo Gallegos, Stavans comenta que no lo podría leer hoy en día mientras que Villoro lo resalta como el ejemplo de la importancia que se le otorgaba en nuestros países al escritor como portador de una suerte de conocimiento universal, al punto de llegar a ser presidente de un país (y agrega que por dicha no fue el caso de Vargas Llosa). Villoro, apuntando hacia otro extremo, en “Pelos en la lengua”, cuando entran en el tema de las telenovelas, cita a Alberto Barrera Tyzca “que se gana la vida escribiendo culebrones (entre ellos Nada personal que tuvo gran éxito en México y mostró otras posibilidades del género: ῾Para el latinoamericano solo es real lo que siente’)”. Y cuando ambos autores hablan de las palabras que delatan una nacionalidad Villoro utiliza como ejemplo, para ilustrar el punto, la palabra corotos: “Para los venezolanos quiere decir ‘cosas’. Según entiendo viene de un político que vivía en Europa y en la mudanza pidió que no se olvidaran de sus pinturas de Corot. Un empleado repitió la frase, pidiendo que no olvidaran ‘los corotos”. Esta repuesta de Villoro precede la formulación de la pregunta de Stavans, en la que entre otros ejemplos cita a Uslar Pietri en cuanto a las referencias geográficas y el acento de la escritura.

La conversación concluye, de manera particular en el epílogo, con las creencias de ambos sobre fantasmas y astrología. Stavans es Aries y Villoro le dice: “Aries es un signo de liderazgo. No es casual que hayas guiado la conversación. Es el más energizado y belicoso de los signos… Lenin y Paz (Octavio) fueron Aries típicos: hablaban para tener la razón”.