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La conexión japonesa de Ednodio Quintero

Ednodio Quintero / Ilustración: Isabel Adler

Ednodio Quintero / Ilustración: Isabel Adler

A lo largo de los años, lejos de atenuarse, el interés de Ednodio Quintero por la cultura y la literatura japonesa, que se remonta a su juventud, se ha ido consolidando. Una serie de prólogos y, más recientemente, dos libros de ensayos dedicados a Junichiro Tanizaki (1886-1965) y a Ryonosuke Akutagawa (1892-1927), lo confirman con creces. Además de narrador y ensayista, Quintero es guionista de cine y fotógrafo. El dossier lo integran, además de un texto de Nelson Rivera, uno del propio Quintero sobre Akutagawa, así como uno de Narcisa García sobre “Rashomón”, la película de Akira Kurosawa, basada en un cuento del mismo Akutagawa

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En el año 2007, Ednodio Quintero publicó el prólogo a la selección de siete cuentos de Junichiro Tanizaki, titulada “Historia de la mujer convertida en mono”. En el 2009, del mismo Tanizaki, prologó la edición de dos novelas, que circuló con el título de “Jotaro, el masoquista”. En el 2012 se publicó en España “El mago. Trece cuentos japoneses”, de Ryonosuke Akutawa, con un prólogo suyo (en todas estas ocasiones, el traductor de estos libros ha sido Ryukichi Terao, quien ha contado con la colaboración de Quintero en la exigencia de traer al español estas narraciones, directamente desde el japonés). Más recientemente, Quintero ha publicado dos libros de ensayos, uno dedicado a Ryonosuke Akutagawa (1892-1927), y otro al ya mencionado Junichiro Tanizaki (1886-1965).

Quizás esta lista no esté completa y es probable que exista algún otro ensayo suyo dedicado a la narrativa y los narradores japoneses, que no he tenido ocasión de leer. Pero esa posible omisión seguramente no alterará el núcleo de lo que quiero afirmar aquí: Ednodio Quintero ha decantado una escritura (el ensayo biográfico) y una tonalidad, donde confluyen una serie de vectores y experiencias: escritura armónica y fluida, alma de cicerone, prosa de brazos abiertos que, encantada ella misma por sus descubrimientos japoneses, se propone compartir su felicidad, los gozos que le han provisto autores como los mencionados Akutawa y Tanizaki, pero también otros como Kawabata, Mishima y Kobo Abe.

En un necesario texto de apertura incluido en “Akutagawa, el elegido”, Quintero se remonta hasta 1965, cuando un ‘remake’ de “Rashomón”, la mítica película de AkiraKurosawa, le sembró una primera tentación de Japón. Como el lector puede suponer, desde entonces ha leído a autores japoneses, ha visto películas de ese país, y se ha ido aproximando a los significados de su cultura. En 1994, se produjo un salto: Quintero se convirtió en pedagogo y propagador de su pasión japonesa, cuando comenzó a dictar cursos de narrativa japonesa en la Universidad de Los Andes. Más recientemente, entre 2006 y 2007, una vez, y entre 2011 y 2012, por segunda ocasión, vivió en Tokio: allí realizó los programas de investigación que, en buena medida, han hecho posible los ensayos biográficos dedicados a Tanizaki y a Akutagawa.

 

Fuentes y texturas

He sentido esto: se trata de una relación vital entre un hombre y un mundo, en principio, distinto y lejano. Pero Quintero se ha inmiscuido con Japón. Lo ha hecho suyo, como ocurre cuando cualquiera de nosotros vuelve una y otra a un tema a lo largo de los años, hasta que se apropia del mismo. No hay extrañamiento en sus ensayos sobre los escritores japoneses. No hay una actitud de pregonero. Tampoco el asombro ante lo exótico. El duradero amor de Quintero tiene la espesura, el sosiego, el trazo nítido de lo que lleva mucho tiempo en proceso de maceración.

Su punto de partida es lo contrario a la ajenidad: uno le lee, como si le escuchara hablar de algo que le ha pertenecido desde siempre. Y aunque sus ensayos son mapas que ubican a los autores en relación a sus antecedentes y a las realidades en que produjeron sus obras, no son textos académicos, sino que provienen del gusto. Son los documentos de una relación, a fin de cuentas, placentera (este ensayista de sus deleites es, en su trasfondo, el mismo que a mediados de los años noventa publicó dos colecciones de ensayos, “Narrativa y narradores” y “Visiones de un narrador”, donde reflexionaba sobre sus autores preferidos, pero con un mayor regodeo conceptual).

Traza líneas firmes, sinuosas o pespunteadas entre la vida de los autores y los textos. Se detiene en ciertos hitos, como el terremoto que arrasó con Tokio y Yokohama en 1923, que marcó la sensibilidad de Tanizaki. Recuerda las pasiones lectoras, como las que estaban enterradas en uno y otro escritor. Gira el planeta  y conecta a aquellos autores con Poe, Kafka, Chéjov y Borges. Con suavidad ejemplar, nos adentra en los pesares del genio de Akutagawa, que lo condujeron a su suicidio. Sin olvidar que las clasificaciones y las genealogías son finalmente contribuyentes de la comprensión, las ofrece como guarnición, como un recurso que enriquecerá el vínculo de cada lector con Tanizaki y con Akutagawa.

 

Lecturas del jaguar

¿De quién es la voz que nos aproxima a Tanizaki y a Akutagawa? La de un autor de ficciones, la de un embelesado de lo narrativo y, en particular, de la forma del relato. Que sea un narrador que, además, expresa sin titubeos su fundamentada admiración por uno y otro, añade delicados sabores a estas lecturas.

Y es en este punto donde Quintero el ensayista deja entrever al Quintero narrador: es el hombre que desde la colección de cuentos reunidos en “La muerte viaja a caballo”, su primer libro publicado en 1974, hasta “El hijo de Gengis Khan”, su más reciente novela (2013), más de 25 títulos entre novelas y colecciones de relatos, no ha interrumpido nunca su hábito de pensar y debatir (revolver consigo mismo, relato a relato, novela a novela), las historias, las estructuras, los abordajes y la materialidad del lenguaje, de cada una de sus obras.

Es el devoto de las formas narrativas, las suyas y las de sus colegas, el que comenta, con su cultivada experiencia de lector y escritor, las obras de Tanizaki y de Akutagawa. Su modo de resumir las historias, de estimar su significación y de ofrecerla a la curiosidad del lector, destilan generosidad. Son incitaciones. Leer estos textos, y esto vale tanto para los prólogos como para los ensayos largos, nos impulsa a buscar la obra de estos autores japoneses: tal es, me parece, la intención de Quintero: estimularnos a experimentar las gratificaciones que él ha encontrado en estos autores, a fin de cuentas no tan ajenos ni tan lejanos como suponemos.

 

*Ambos libros, “Akutagawa, el elegido” y “Tanizaki, el paradigma” han sido publicados por bid&co, Caracas, 2013.