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“Si comparamos a Pasternak con un cerdo”

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En lo medular, un europeo. El padre, un reputado pintor judío, que se había convertido al cristianismo ortodoxo. La madre, concertista de piano cuyas ejecuciones levantaban largas ovaciones. Rilke, Tolstoi, Rachmaninof  visitaban su casa. El niño Boris Pasternak creció en un ambiente que privilegiaba la creación y la inteligencia. Había nacido en Moscú, en 1890. Un dato que ayuda a conformar una comprensión del hombre: en 1912 reside en Maburgo, Alemania, donde estudia filosofía. Asiste a las clases de Hermann Cohen. Cuando llegó la revolución, la familia se dispersó: la mayoría emigró, pero Boris Pasternak decidió quedarse. La posición de Pasternak ante el régimen, y en particular ante Stalin, no ha cesado nunca de debatirse. Iván Tolstói ofrece una interpretación: no fue un adulador, tampoco un confrontador. Su camino fue el de resistencia pasiva. “La poesía de Pasternak era una huida de la tiranía, no un desafío a esta. Gracias a ello sobrevivió”. Así como Stalin temía a la poesía de Mandelstam, la de Pasternak no le inquietaba. Y eso le permitió sobrevivir. No le asesinaron.

En 1935 Pasternak viajó a París a participar en el Congreso Antifascista de Escritores. Allí se enfermó. El viaje le perturbó doblemente: su sentimiento de vivir bajo un régimen fracasado se hizo más doloroso, al tiempo que descubría que fuera de las fronteras de la Rusia comunista, su poesía y su nombre tenían seguidores. Recibió una acogida que no esperaba. Fue bajo ese júbilo que Pasternak concibió El doctor Zhivago. A lo largo de la década siguiente, cargó su despensa interior para afrontar la obra que, con el tiempo, adquiría cada vez una perspectiva mayor. Hasta que, en 1945, se puso a escribirla. A ello se dedicó hasta 1955: diez años de lenta y sostenida lucha cuyo fruto sería una de las grandes novelas del siglo XX.

 

A todo costo

Cuando hubo finalizado, sintió fascinación por su novela. “He hallado y dado nombre a toda esa hechicería que ha atormentado y generado perplejidad, disputas, aturdimiento y desdicha durante tantos decenios. Todo está desentramado, todo está nombrado de un modo simple, transparente y simple”, decía en una carta. Entonces fue tomado por un deseo irreversible y creciente: que El doctor Zhivago fuese publicada fuera de Rusia, con plena conciencia de que si ello se cumplía, desataría los demonios del régimen comunista sobre sí mismo y sobre su familia. Y así, en mayo de 1956, entregó una copia a un periodista y miembro del Partido Comunista de Italia, Sergio D’Angelo, que lo llevaría a Giangiacomo Feltrinelli, heredero de un multimillonario, editor y comunista (la vida de Feltrinelli terminó de modo rocambolesco: en 1970 sería uno de los fundadores del grupo terrorista GAP; en 1972 murió, destrozado por la bomba que intentaba colocar). Mientras, la KGB le seguía la pista al caso.

Desde un comienzo, Pasternak establece prevenciones y códigos para comunicarse con Feltrinelli. La novela blanqueada tiene como su tema central –aunque no el único– las múltiples tramas y la sucesión de hechos que se generaron a partir del momento en que D’Angelo recibió el manuscrito. Debo confesar al lector que me siento incapaz de condensar la madeja de las distintas fuerzas y tensiones que se pusieron en movimiento. El primer objetivo era que Feltrinelli publicase El doctor Zhivago en italiano. La KGB se moviliza para impedirlo, pero se tropieza con la tozudez del editor. Las diligencias comunistas no resultan. Mientras, la CIA se ha percatado del interés del Kremlin y, a su vez, se pone en movimiento.

Paralelo a esto, a través de amistades francesas (entre ellas, ese fascinante personaje de la aristocracia que fue Jacqueline de Proyart), Pasternak, violando sus acuerdos con Feltrinelli, pone en movimiento otra ruta: quiere que El doctor Zhivago sea publicada en lengua francesa. Su ansiedad crece. Haciendo uso del correo diplomático francés, logran que la novela llegue a París. Mientras Feltrinelli, que ha copiado el manuscrito para protegerse de un eventual robo por parte de los agentes soviéticos, saca varias copias y las distribuye entre gente de su confianza. Lo que sigue, respetable lector, vale el libro de Iván Tolstói: el servicio secreto británico, hizo aterrizar un avión en Malta, bajó a los pasajeros a una sala de espera, localizó el manuscrito, lo fotografió de cabeza a pies, lo devolvió a la maleta de su portador, el vuelo continuó a su destino y ninguno de los pasajeros se enteró que el manuscrito estaba ahora también en poder de la CIA.

 

Se rompe el cerco

En noviembre de 1957, doce mil ejemplares de El doctor Zhivago se colocan en librerías. Los lectores arrasan con ellos. Feltrinelli debe reimprimir la novela cada dos semanas. Los comunistas intentaron que el autor desautorizara la publicación. Frente a los periodistas, Pasternak encontró el modo de no decir nada. Esa edición inauguraría la práctica de los ‘tamizdat’, libros que eran sacados de la Rusia comunista a través de vías clandestinas, y publicados en otras partes del mundo.

Varios procesos avanzan paralelamente: Feltrinelli y Jacqueline de Proyart se enfrentan por el control de la obra. Autores muy reputados, promueven la candidatura de Pasternak al Premio Nobel de Literatura. De acuerdo a la hipótesis de Iván Tolstói, negada por la Academia Sueca, entonces se habría dicho que era imposible otorgarle el premio si la obra no era publicada antes en lengua rusa. Para que le fuese otorgado en noviembre de 1958, esa edición tendría que circular antes de octubre. Aquí es donde entran en movimiento los servicios secretos norteamericanos.

A través de una cadena de editoriales y profesionales del ramo, esta eléctrica historia deriva en Holanda, y llega a las manos de un veterano editor, cuya deuda moral (había sido colaborador de los nazis) le impedía negarse: Peter de Ridder, empleado de la editorial Mouton, asumió la tarea y la cumplió a pesar de algunas dificultades que debían salvarse.

Toda esta trama, ejecutada por la CIA, ocurre sin el concurso del grupo de amigos franceses de Pasternak que, simultáneamente, tradujeron El doctor Zhivago en francés (método curioso: dividieron el libro en cuatro partes equivalentes y cada uno se ocupó de un segmento), con un éxito comparable al italiano. En el instante en que Feltrinelli se entera de que en Holanda están a punto de lanzar la edición en ruso, viaja para impedirlo. Al encarar a los holandeses, fue doblegado: de hecho, su sello apareció en la portada. La noche del 1 de agosto de 1958, Feltrinelli, con 300 ejemplares de la edición en ruso, salió rumbo a Italia.

Una semana más tarde, la CIA continuaba su operación: centenares de ejemplares eran distribuidos en la exposición de Bruselas, de forma gratuita, en el pabellón del Vaticano. La razón: el del Vaticano estaba ubicado justo al frente del pabellón ruso. Centenares de ejemplares fueron enviados a Amsterdan y Amberes, a lugares frecuentados por emigrantes rusos. Otros a París y Londres, para entregarlos a artistas rusos que llegaban de gira. En una operación de cuatro semanas, la CIA había logrado que viajeros rusos introdujeran el libro en su país.

 

La venganza comunista

La tesis principal de La novela blanqueada, es que la CIA fue el factor fundamental para el otorgamiento del Premio Nobel de Literatura a Pasternak en 1958. Esta tesis ha sido rebatida con firmes argumentos por los estudiosos de la vida y obra de Pasternak, que han señalado, entre otras cosas, que desde 1946 el escritor ruso había postulado en varias ocasiones. Tanto la CIA como la Academia Sueca, en tiempos recientes, han desconocido los argumentos de este investigador.

Sin embargo, estas objeciones, aunque sustantivas, no menoscaban el valor que tiene el caudal de la investigación hecha por Tolstói. Se puede discrepar de alguna de sus conclusiones, pero el alto y ancho del mapa que despliega es prolífico, como logrado su esfuerzo por hacer comprensible una historia de inesperada complejidad. No solo registra los conflictos legales y económicos que se desataron entre los entrañables y aliados de Pasternak (y es que El doctor Zhivago produjo mucho dinero en distintos países) sino que se adentra en un campo minado: el mundo femenino alrededor del escritor que, una vez que se anunció el Nobel, enfrentó a la esposa y a la amante.

Apenas recibió la noticia, Pasternak envió un escueto telegrama a Estocolmo: “Infinitamente agradecido, conmovido, orgulloso, sorprendido, turbado”. De inmediato se activó el acoso de los comunistas al escritor. El régimen intentó que el escritor rechazara el premio. Diarios y revistas comunistas descalificaron al libro. Antes de ser expulsado de la Unión de Escritores, Pasternak todavía se mantenía firme y les envió una carta: “No espero que la verdad triunfe ni que se respete la justicia. Sé que bajo la presión de las circunstancias se planteará la cuestión de mi expulsión de la Unión de Escritores. No espero justicia por su parte. Me pueden ustedes fusilar, deportar, hacer conmigo lo que quieran. Les perdono de antemano. Pero no se apresuren. Esto no va a aumentar su felicidad ni su gloria. Y recuerden que durante un tiempo tendrán que rehabilitarme”. Una asamblea de escritores afectos al socialismo real solicitó quitarle la ciudadanía a Pasternak y expatriarlo de Rusia. El acoso a la familia se intensificaba. A finales de octubre de 1958, Pasternak se quebró y renunció al premio Nobel. Su telegrama decía: “En relación con el significado que la sociedad a la que pertenezco ha dado a su premio, debo renunciar a esta inmerecida distinción. Ruego no tomar mi renuncia voluntaria como un agravio”. La Academia respondió entonces que Pasternak podía renunciar al premio, pero que el honor seguía siendo suyo.

Pero esto no cambió la conducta de la maquinaria del totalitarismo. El mismo día en que envió el telegrama, ante una audiencia de miles de jóvenes comunistas, un orador pronunció la frase que le había sido dictada por el mismísimo Nikita Jrushchov, Presidente del Consejo de Ministros: “Si comparamos a Pasternak con un cerdo, un cerdo no haría lo que él ha hecho, porque un cerdo jamás defeca donde come”. En marzo de 1959 el fiscal general de Rusia, le amenazó: “si no pone fin a los actos constituyentes de delito (….) se expondrá a responsabilidad penal”. Cuando Pasternak murió el 30 de mayo de 1960, seguía siendo un hombre amenazado por el poder comunista.

 

La novela blanqueada

Iván Tolstói

Editorial Galaxia Gutenberg

España, 2014.