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Siete claves para leer Contrapastoral

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  1. Digo Contrapastoral y pienso: ¿qué torcedura del lenguaje es ésta, qué alteración se quiere reflejar? La apuesta llega a la propia base de lo idiomático, donde apenas ciertas voces nativas se salvan, quizás por pura nostalgia. Pero me parece que la propuesta va a fondo, y es descarnada. Y digo: ¿no debe leerse este libro con una mirada subterránea, aquélla que tenga en cuenta que ya no somos los cronistas de ayer y hoy? La flora ya no es refugio de nada, y apenas nos quedan nuestros huesos. Historia rota, descosida, que del vulgo salta a nuestra más ¿precaria? intimidad. Historia fragmentaria que el lenguaje ataja con fidelidad de enterrador. En la línea de la poesía que quiere indagar en nuestra crudeza, en nuestra carencia, pues de superficialidades ya tenemos un bulto que nadie sabe dónde esconder, este libro es de un arrojo sin concesiones. La realidad se deshace, y las palabras se han quedado sin referentes.
  2. El es la persona discursiva dominante, que a su vez tiene múltiples facetas. Podría ser el paisaje, que de tan tratado por la poesía venezolana, habla con entereza, con entidad. Pero al mismo tiempo el paisaje se revela desde un hartazgo: no quiere ser objeto pasivo, vestimenta, vestuario… Podría ser también el pasado, todo lo que ha quedado atrás sin poder ser otra cosa distinta al olvido. Ese pasado habla o vuelve con un tono furioso, dolido, reclamante. ¿Por qué me has tratado como me has tratado? ¿Por qué sólo me has vuelto desecho? Preguntas que nadie responde… Podría ser también un cierto legado residual: ¿lo autóctono, lo nativo, los meandros que ha dejado de lado nuestra evolución poética?
  3. Esos vocablos ladinos, o de resonancia sefardí o de castellano antiguo, ¿qué vienen a postular? ¿Que alguna vez tuvimos derivaciones? ¿Que el idioma tiene también las trazas de las diásporas, de los exilios, de las expulsiones? ¿Por qué esos enunciados nos interpelan? ¿Por qué debajo de la belleza de un vocablo como bierva sentimos un reclamo? Se alude a planos arqueológicos, en los que muchas palabras han quedado enterradas, pero palabras que no mueren, porque sus referentes están vivos. Palabras desechas, en desuso, quizás olvidadas, pero siempre prestas a resucitar porque alguna vez tuvieron alma, y el alma no cesa. En la caverna del idioma–, si no pictogramas de ciervos o estampas de arqueros que cazan, tenemos nuestro alfabeto sonante, resonante, que guarda todas las combinaciones posibles. A ese tesoro vuelve este libro, para dar cuenta de que esas palabras alguna vez nombraron tragedias, amores, decepciones, caídas, revelaciones.
  4. Un verso tomado al azar: “cualquier vacío/ es comienzo de claridad”. ¿Este postulado acaso indica que no hay revelación poética sin vaciamiento? Es decir, ¿que tenemos que expulsar las cargas verbales acumuladas para darle paso a la poesía? Fernando Pessoa decía que para destruir un idioma –apetito de las vanguardias– había que conocer a fondo ese mismo idioma. Y esto es lo que los poemas de Contrapastoral revelan: un conocimiento profundo del idioma, que es lo que a su vez permite malearlo, sacudirlo, torcerlo, intervenirlo, tal como se hace con los cuerpos que se aman.
  5. Otro verso tomado al azar: “agujas y clavos en la boca/ te daré por herencia”. Un enunciado que recoge otro registro, que es el de las interferencias, desazones, disonancias. En el linaje verbal que llevamos, también tenemos laceraciones, heridas, cicatrices, omisiones. Palabras cortadas, incompletas, truncas. Palabras manchadas por el poder, la ambición, la deshonra. Hay quien en el lenguaje falsifica, altera, miente. Hay quien a través del lenguaje cambia la realidad a su antojo. Es el discurso mancillado de podredumbre, de escoria humana. Imbuido en circunstancias, el lenguaje se deja tomar, usar, enajenar, sin que finalmente pierda dignidad, porque las palabras al final se revelan, dejando desnudo al interlocutor que pretende explotarlas. En el fondo, toda perversión del lenguaje es pasajera, y la poesía bien lo sabe, porque todo lo absorbe en aras de la significación, de la trascendencia.
  6. Hay un sentimiento de fondo: el de la corrosión, el de una fuerza anónima, colosal, que disuelve el sentido. Y la escritura va contra ella, echando mano a todos sus recursos. En apariencia, el lenguaje poco puede frente al ogro, que no filantrópico, pues tiene la apariencia de un David empequeñecido, que sólo cuenta con palabras. Pero las palabras –dichas, enhebradas, puestas en secuencia armónica–, crean un efecto contrario: erosionan a la mole de otro modo, con inteligencia, con penetración, con cálculo expresivo. Cuando recurre a anacronismos, cuando resucita vocablos en desuso, cuando se postula como código indescifrable, finalmente termina mareando al coloso, hasta derrotarlo. Es el nunca aplazado dilema entre sabiduría y estulticia, entre formas y barbarismos, entre elegancia y rustiquez
  7. Por último, una crítica, o autocrítica, que el libro lleva desde su propio título: Contrapastoral. La noción o creencia de que nuestra poesía le ha cantado mucho al paisaje, de que se ha imbuido entre flores y tallos, de que se ha embelesado con vocablos sonoros como bucare o apamate. Esa ilusión de cronista redivivo, tristemente, ha sido fracturada por las exigencias de tiempos desalmados, crueles. La poesía de hoy está más que exigida porque sus referentes cambiaron para siempre. Ya no hay armonía más allá de la ventana del poeta, sino detritus, carroña, descomposición. Los pájaros no cantan, porque yacen hundidos en el barro. ¿Nos alimentaremos entonces de discordia, que es a lo que nos conduce nuestro pan de cada día? La apuesta de este libro es notable porque se eleva sobre certezas inexistentes. Por eso quizás recurre a lo que recurre: anacronismos, viejos vocablos, palabras enterradas, nociones añejas de la historia. Digamos que es una poesía que se hace con retazos, pero sorprendentemente, a partir del basural, se construye un principio de armonía que remite a una condición indeclinable, que es el carácter inmortal de la poesía. Descubrimos, de pronto, que el estado poético es indestructible, que va más allá de la gestación humana, y que antecede a todas las formas. Del rescoldo más olvidado viene siempre la flor, como para decirnos que nunca habrá muerte en un verso sino deseo de perseverar: “protege tu corazón/ contra el sueño de los otros”.