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La ciudad incandescente

Alejandro Padrón, ex embajador de Venezuela en Siria y profesor en la ULA / Manuel Sardá

Alejandro Padrón, ex embajador de Venezuela en Siria y profesor en la ULA / Manuel Sardá

Ees un texto autosuficiente en el despliegue de sus heterogéneos procedimientos narrativos: la prosa poética de la climática abertura de los seis capítulos del texto: incandescencias, ardentías, tormentas, atardeceres, oscuridades y amaneceres

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Pareciera que en La ciudad incandescente (Ediciones Actual, Mérida, 2012) Alejandro Padrón, como todo escritor cercano al realismo literario, asume la  transformación de materiales provenientes de la historia personal y familiar,  de la historia política regional de su ciudad natal Cumaná y de las crónicas y los reportajes periodísticos sobre la lucha contra la dictadura perezjimenista en un material de ficción.

La ciudad incandescente es un texto autosuficiente en el despliegue de sus heterogéneos procedimientos narrativos: la prosa poética de la climática abertura de los seis capítulos del texto: incandescencias, ardentías, tormentas, atardeceres, oscuridades y amaneceres, que determina metafóricamente la atmósfera del contexto de los acontecimientos privados y públicos; el uso bibliográfico de fragmentos de libros, periódicos, revistas, como fuente de información verídica de los hechos asociados al correlato histórico del texto, a pie de página algunos, como constatación del verosímil del relato; y la indicación de las piezas constitutivas  de cada capítulo como un mecanismo de aceleración creciente de la acción narrativa; conforman la estrategia discursiva asociada al uso moderno del género de la novela realista literaria.

Padrón parece narrar desde la tensión que se establece entre el lector y el escritor. Como lector conoce la mayoría de las formas en las que se ha materializado el género y su hibridez: flotación presente del lenguaje. La ciudad incandescente devendría en un catálogo leído de los procedimientos del realismo; pero indistintamente la escritura termina imponiéndose sobre las distintas formas que conoce el lector: el escritor termina en la cárcel del lenguaje y las  instancias que sobredeterminan la escritura: clase, género, nacionalidad, inconsciente intertextualidades.

Este no saber del escritor, este afuera de la lengua que traspasa la escritura,  esta negatividad, posibilitan el desvío de la centralidad narrativa de la experiencia personal e histórica de la postrera lucha contra la dictadura de Marcos Pérez Jiménez: el extraño diario que lleva en el cerebro, sin registro de escritura, el autor de una experiencia e historia semejantes a las de La ciudad incandescente, y que desde un discurso en cursivas intenta dialogar con el texto desde un afuera distinto de la historia y de lo real, representaría la fractura de la conciencia realista, recurso impuesto por la escritura para expresar la tensión entre memoria e historia, ciudad y literatura, realismo y arte. La mención de Santos Luzardo, como sujeto de emulación moral y política contendría la pulsión imitativa de la escritura y al mismo tiempo la potencia de la ficción.

En La ciudad incandescente Alejandro Padrón, quizá sin saberlo, bucea en la escritura tras las formas definitivas que encaucen radical, artísticamente, las ambiciones y expectativas de transformación de la experiencia personal, contingente, en una experiencia de carácter universal, del espíritu, como diría el joven Walter Benjamin en referencia a su ideal de la juventud.