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A cien años del nacimiento de Roland Barthes

Roland Barthes | Foto Cortesía

Roland Barthes | Foto Cortesía

Nacido en 1915 en Francia, Barthes fue filósofo, lingüista y crítico de las teorías del estructuralismo, las ciencias sociales, la antropología y el post-estructuralismo. Principalmente se dedicó al estudio de la semiótica. En esta semana Papel Literario ofrece unas palabras al internacionalmente reconocido intelectual por el centenario de su nacimiento

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Corría la década de los años cincuenta del siglo XX cuando irrumpen en el escenario de las escuelas de letras latinoamericanas nuevas tendencias en el estudio del lenguaje. Estructuralismo y estilística se ponen de acuerdo para continuar las teorías de Ferdinand de Saussure, Charles Bally, Amado Alonso, a veces con el rigorismo técnico del lingüista búlgaro Tzvetan Todorov, otras respetando las teorías de Claude Levy-Strauss o con la metodología pausada y armoniosa de Pedro Henríquez Ureña. En Francia comienzan las conferencias de un semiólogo, díscolo con el lenguaje y transformador de los significados de la palabra, que marcaría a muchos estudiantes, por lo cuestionador, y a la vez organizado de su discurso: Roland Barthes a quien dedicamos este escrito, a cien años de su nacimiento.

Estudioso del lenguaje, Barthes consideraba el modernismo como “La civilización de la escritura. La imagen, un significante que solo adquiere sentido con la palabra. El silencio, expresión del saber y sabor de la lengua y del pensamiento”. Conceptos que se intercambian en su obra crítica, con la impecable pulcritud que caracteriza el lenguaje barthesiano. Pulcritud que manifestaba en todas sus actividades, llevado, tal vez, por los cuidados de una tuberculosis, que lo mantuvo, largos períodos, alejado del mundo cotidiano, y que logró superar en 1947, con los nuevos antibióticos. Tristemente, quien había logrado sobrevivir a tan cruel enfermedad, muere, en 1980; atropellado por una camioneta, frente al Collége de France, según refiere su biógrafo y alumno Eric Marty.

Su lenguaje, apasionado por la palabra y por la búsqueda de la sensualidad expresiva, y sus intermitentes silencios, dieron la pauta crítica a través de cursos, conferencias, y de sus libros. El Grado Cero de la escritura, descripción y explicación de la teoría estructuralista, Investigaciones retóricas, obra que compara la práctica antigua de la retórica con el nuevo lenguaje literario. El Proceso de la escritura donde Barthes asume los cambios del lenguaje como la metástasis social, incontrolada, que destruye para que nazca algo diferente. Roland Barthes por Roland  Barthes según su autor “Una prehistoria del cuerpo, de ese cuerpo que se encamina hacia el trabajo, hacia el goce de la escritura”. Por dónde empezar, texto donde cada palabra se convierte en colonización de nuevos significados, sin mediaciones esclavistas del lenguaje. Sobre El grano de la voz. Dice Barthes: “Hablamos, nos graban… Embalsamamos nuestra palabra como a una momia, para hacerla eterna. Porque tenemos que durar un poco más que nuestra voz”. En La cámara lúcida expresa su pensamiento sobre fotografía y lenguaje: “El imaginario hecho de imágenes se detendrá en el umbral de la vida productiva…Y entonces aparecerá un imaginario distinto: el de la escritura”. Es en El susurro del lenguaje donde el sentir de la semiótica sensual de la palabra de Barthes se manifiesta con plenitud. La vida aparece constituida como una escritura literaria que se percibe a través de todos los sentidos.

La profundidad de sus críticas, y la visión estética de los juegos del lenguaje, se fundamentan en estudios realizados sobre la descripción, la oralidad, la música, el cine, el lenguaje no verbal, la languidez erótica de los nombres propios. Sentimiento particular que se enfatizaba en la encrucijada de un discurso que, en sus clases, involucraba: cuerpo, habla, profesor y alumnos; porque para Barthes “La verdad no se encuentra en el individuo sino en el coro… la verdad radica en la indisoluble unidad del mundo humano”. El lenguaje para el semiólogo francés dice “verdades y mentiras, libera y encarcela. Con la palabra se odia y se ama. Se violenta y pacífica. Se destruye”.

Su presencia en clase se revestía de un halo del cual dice su biógrafo Eric Marly: “Barthes causa en sus clases un fenómeno electro-químico por su manera de elaborar el discurso”. Un discurso de cuyas palabras emanaba lo sensual implícito, sobre todo en los adjetivos y silencios. Quienes alguna vez asistimos a alguna de sus conferencias, sentíamos que su lenguaje diseminaba las semillas para darle vida a los significados: movimiento, sensualidad. Así transcurrían los cursos de Roland Barthes, entre emociones y método, simbiosis pocas veces lograda por pedagogos del lenguaje.

El semiólogo francés descubrió la importancia del hipertexto, cuando el internet era apenas  una sugerencia tecnológica. Descubre y habla Barthes sobre el motor de búsqueda de fuentes literarias a través de indicios, referidos por los escritores. Considera que todo escrito remite a un infinito campo de fabulaciones. El lenguaje, visto como una institución social, lo lleva a explorar todos sus recursos expresivos.

Los sesgos de cada palabra, las periferias de los significados despiertan la curiosidad de sus alumnos. Se apropia de zonas del lenguaje casi inéditas en su época: encerrar en un pequeño recuadro  pocas palabras que expresen una idea. Algunos estudiosos del lenguaje de internet consideran este ejercicio  precursor del twitter.  La duplicidad del lenguaje, lengua y habla en un todo,  es lo más valioso en las reflexiones de Saussure piensa Barthes en El susurro del lenguaje, al referirse a la mirada visionaria del filólogo suizo.

Roland Barthes, francés en su identidad, en su lengua, en su vivir, en su rigor académico, en su gusto y placer estético. El  hombre de la conversación discontinua, del compromiso con el lenguaje, de los silencios expresivos, nos ha dejado un legado semiótico, humano, social, siempre vigente. Su voz exigía atención. Su eros, emocional y académico, sobrevive en los libros, en las entrevistas, y en aquellos militantes de la palabra que reconocen la astucia de su lenguaje “el estribillo de su alma”.