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Dos casas emblemáticas de Caracas reviven en un libro

Portada del libro Las casas de Don Juan de Vegas | Cortesía

Portada del libro Las casas de Don Juan de Vegas | Cortesía

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Las ciudades crecen y se transforman sobre sí msimas y cuanto más antiguos sean sus asentamientos, tanto más numerosos serán los testimonios tangibles de las distintas épocas que le imprimieron carácter en el decurso de los siglos. Por ejemplo, una ciudad como Nápoles ­fundada como colonia de la magna Grecia siete siglos antes de Cristo­ tiene evidencias arquitectónicas romanas, medievales, góticas, renacentistas, barrocas, neoclásicas y modernas. Hay que añadirle, además, el documento más antiguo de su presencia: el trazado urbano griego en el centro histórico de la ciudad. Nadie puede precisar cuántas secuencias constructivas se sucedieron en una misma manzana. Las edificaciones viejas que tuvieron uso en su debido tiempo se tornan inservibles en el siguiente período. Se tumba y se reconstruye lo que sirve a las exigencias de una más avanzada evolución que tampoco tiene el sello de la perennidad. Repito, la ciudad crece sobre sí misma, sin misericordia y sin remordimiento.

Cuántas miles de ciudades perdieron y seguirán perdiendo monumentos excepcionales de los cuales ni siquiera tenemos conocimiento de su existencia.

Cuántos fenómenos destructivos naturales y bélicos han contribuido también a borrar del mapa miles de bienes culturales. Cuántos ensanchamientos de vías han guillotinado fachadas históricas para asignarles prioridad a las exigencias del vehículo en desmedro del pobre desdichado que también se llama hombre.

Todo se hace, se deshace, se tumba, se reconstruye y se cambia ¡en nombre del progreso! Progreso significa ascenso, mejoramiento, prosperidad, desarrollo y cultura. De la boca para afuera, todo es progreso aunque se use para imponer sin pensar en las consecuencias o pensando sólo en las conveniencias. Eso no es progreso aunque lo pinten del color que les dé la gana. Tampoco es progreso cuando se abusa de la palabra cultura que en muchos casos es más bien un regreso.

En el caso de las ciudades no se pueden justificar los exabruptos en nombre del progreso y al mismo tiempo se olvida qué es la planificación, el patrimonio cultural, la memoria urbana y la historia. Si la ciudad es "la cosa más huama por excelencia", el respeto a lo existente es un valor que tiene el mismo peso que cualquier otro problema social requerido por un desarrollo integral.

Un ejemplo que viene al caso: durante la dictadura de Pérez Jiménez se decretó la construcción de la avenida Urdaneta en Caracas, considerada de utilidad pública debido al violento crecimiento de la ciudad. Era correcto. El proyecto (un mandato) contemplaba la demolición de las dos casas urbanas coloniales más emblemáticas de Caracas que ­junto con la casa de los Celis en Valencia­ eran consideradas las más representativas de la segunda mitad del siglo XVIII. Hubo protestas, súplicas e intervenciones de destacados académicos internacionales como Diego Angulo Iñiguez y Marco Dorta de España y Paco de la Maza de México. Todos los pedidos de reconsiderar el proyecto chocaron contra el muro no de Berlín sino de Miraflores. El urbanista más destacado de ese momento (1952) ­mi recordado amigo Polito Martínez Olavarría­ propuso dos soluciones que en nada hubieran alterado la necesidad de ensanchamiento y, al mismo tiempo, la permanencia de los dos monumentos.

Una contemplaba un desvío y la otra una vialidad semisubterránea de solo una cuadra. ¡Nada! El muro permaneció inconmovible y las "casas viejas" fueron demolidas en nombre del progreso. En 1953 ­hace 60 años­ se ejecutó la sentencia. ¿Es esto progreso?
* * *
La memoria de ese ya lejano desbaratamiento vuelve a tener actualidad gracias a la estupenda edición que Carlos Duarte ha dedicado a la historia de las dos casonas: la de don Juan de Vegas y la de don Felipe de Llaguno, originalmente ubicadas en el lado norte de Carmelitas a Llaguno. La profusión de informaciones, inventarios, fechas, características arquitectónicas, ilustraciones y planos que enriquecen este libro lo califican como un documento invalorable para los que aún aprecian el patrimonio cultural de nuestro maltratado país. Suspirar hoy por lo acontecido hace 60 años es sólo un silencioso lamento.

Lo irrecuperable sólo queda en la memoria y en las obras como esta de Carlos Duarte.

Caracas es la ciudad hispanoamericana que más ha destruido sus valores arquitectónicos e históricos de su pasado. Persisten aisladas muestras, como alguna iglesia, escasas edificaciones civiles alteradas y la casa natal de Bolívar. Todo el inmenso resto se ha sacrificado en nombre del "progreso".

Del aspecto actual es mejor callarse. No lo digo con nostalgia evocadora ni con reconcomio anclado en el pasado. Cada momento histórico tiene su expresión estética y científica. Es un hecho inapelable. El problema de convivencia entre antiguo y moderno siempre se ha dado y seguirá dándose. El problema es de talento, de sensibilidad, de apreciación y de inteligencia. En otras palabras, saber pensar antes de actuar.

Carlos Duarte es un investigador que trabaja en silencio y con una dedicación natural y sincera hacia los temas de su predilección. Tiene más de 40 obras publicadas sobre el quehacer artístico del período colonial venezolano. Hoy conocemos del nivel artístico de la pintura, escultura, retablistas, platería, muebles, formas de vida, haciendas, imaginería, arte popular y otros campos más, gracias al tesón de este investigador.

Tengo el honor de haber colaborado con él en varias publicaciones que, por eso mismo, han reforzado nuestra amistad.

Además de felicitarlo, quiero señalarlo como guía y ejemplo para los que aún se nutren de una cultura no adjetivada.