• Caracas (Venezuela)

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Han cambiado mi Caracas, compañero

“Swing con son”, 2008

Afiche del documental “Swing con son”

El documental venezolano “Swing con son” (Rafael Marziano, 2008) va lentamente tejiendo el ánimo de Caracas: cuenta la historia del maestro Luis María Frómeta, “Billo”, y con ella la de un gentilicio, una ciudad, un país

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La novela Volver de la norteamericana Toni Morrison comienza así: “Esta casa ¿de quién es?/ ¿De quién es la noche que impide que entre la luz? (…) Mía no es. / Yo soñé otra, más acogedora, más luminosa (…) / Es extraña esta casa. / Sus sombras mienten. / Di, contesta, ¿por qué entra mi llave en la cerradura?”.

Caracas es una gran ciudad. O al menos lo fue. Lo tiene todo para serlo: fundada en un valle hermoso, tiene al norte esa montaña maravillosa, que nos vela las playas, pero solo lo suficiente; la atraviesa un río, hay espacio para el extranjero y su cultura. Caracas entró a la modernidad con paso pronto, firme, mirando a Europa en medio de este trópico gozón y despreocupado. Y la música que vendría en el siglo XX con un personaje que pudo haber nacido acá, porque allá de donde es nadie sabe de él, haría efervescer un espíritu de fiesta que no se aplacaría por nada.

Un hombre, una ciudad, una película

El documental venezolano Swing con son (Rafael Marziano, 2008) cuenta la historia del maestro Luis María Frómeta, “Billo”, y con ella la de una ciudad y un país, un gentilicio. Caridad Canelón, el corifeo de la historia, presenta los lugares, los personajes, las canciones desde un estudio de grabación donde se irá encontrando con los músicos –y se da allí una gran escena en la que intentan grabar Luna caraqueña, pero la canción se les resiste–. Recorremos brevemente los datos más conocidos de la vida y obra de Billo en una primera parte, con entrevistas a músicos y melómanos. Continúa una secuencia en la que seguimos a Rafa Galindo por las calles de San Martín y el centro, donde solía existir el Roof Garden, lugar predilecto para las presentaciones de la orquesta más famosa de la ciudad. Galindo nos guía cual Virgilio por los callejones de la Caracas actual (al menos la de hace diez años, aproximadamente) y sin que se muestre, vemos también con él a la orquesta tocando, la gente bailando. “Esta casa, ¿de quién es? (…) Mía no es”, dice Morrison al comienzo de la novela, e imagino a Rafa Galindo ante el salón vacío del antiguo Roof Garden preguntarse lo mismo. En algún momento suena “Caracas vieja, la de rejas discretas, Caracas vieja, la de dulce canción, contigo llevas mis más tiernos recuerdos” y de inmediato esa nostalgia se transforma en la bulla, rumba y goce que venía con cualquiera de los merengues de Billo.  Swing con son va lentamente tejiendo el ánimo de Caracas. “El espíritu de la Billo’s era el espíritu de toda la ciudad”, sentencia Canelón.

La historia continúa con un acercamiento a un Billo un tanto menos conocido, el de los billólogos, en especial los del programa de radio Guarachando. Ese Billo más cercano a lo académico, el de esas composiciones que solo pueden provenir del conocimiento musical clásico, el jazz, el son cubano; y además el gran observador, el hombre de la intuición que supo tomarle el pulso a una sociedad como la nuestra. Su música logró entre tantas cosas uno de los ideales románticos que más de uno se dice desear: no tener clase social. Y es precisamente aquí donde se torna peliagudo el asunto: Billo, un preclaro, compone El son se fue de Cuba, una canción abiertamente anticastrista, en medio de una Venezuela cuyos intelectuales recibieron la llegada de Fidel Castro con entusiasmo y alegría.

Estamos a punto de empezar a escuchar el programa Guarachando cuando es interrumpido por una cadena presidencial. Pero no importa. La cadena a su vez es interrumpida de manera intermitente en esta escena por la presentación en vivo de la Billo’s con la canción Los cadetes: la gente baila, la orquesta toca; la cadena aparece y desaparece. Como en un mosaico de Billo —bolero, ritmo africano, bolero, rumba y conga— los opuestos se intercalan. Dolor, rabia y despecho seguidos de la alegría y el júbilo de la fiesta. Como si Caracas estuviese hecha de ambos: “los latinoamericanos tocamos las penas en un tono de alegría”, se comenta en la película. Y si algo hizo a Caracas fue la música de Billo.

La casa, la noche, la luz

Swing con son cierra con un mosaico, como todas las fiestas, después de haber recorrido los momentos más importantes de la vida de un hombre y de una ciudad. No deja nada por fuera: la investigación profunda y la reflexión están allí. Influencias del maestro, menciones a sus músicos –incluido el recientemente fallecido Renato Capriles–, Billo y el béisbol, un capítulo revelador en Santo Domingo, y lo que significaba para cualquier caraqueño asistir a una bailanta con la orquesta. Y para aquellos a los que las palabras cine nacional les engrincha porque les recuerda a una época de baja calidad de imagen y sonido, Swing con son sería una grata sorpresa: la banda sonora, incluyendo material de archivo antiguo, está en un clarísimo 5.1. María Rivas acompaña los créditos.  

Caracas, la de rejas indiscretas, es nuestra casa, anochecida, extraña, oscura. Sus sombras mienten. Ha cambiado. “¿Por qué entra mi llave en la cerradura?”. No lo sé. Tal vez porque se sigue bailando, aunque el son se haya ido de aquí también.