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En el bosque (Yabu no naka), 1921*

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Es muy probable que sea este el relato más conocido de Ryunosuke Akutagawa, en especial en el extranjero, a raíz del espectacular éxito del film de Akira Kurosawa Rashômon (1950), considerado como uno de los grandes clásicos del cine universal, que aparece prácticamente en todas las listas canónicas, ocupando siempre un lugar preponderante. Y como ya sabemos, a pesar de que el título del film deriva del relato homónimo «Rashômon», transformado por Kurosawa mediante un genial giro dramático en el soporte teatral, es decir en el lugar desde el cual se va contando la historia, el núcleo de la narración está centrado en «Yabu no naka», que en la traducción que hemos elegido para esta lectura lleva el título de «En el bosque» (Sugiero aquí un título casi perfecto, tal vez contaminado por la versión cinematográfica y por mis conocimientos de ingeniería forestal: «En un claro del bosque»).

El argumento de «En el bosque» se puede describir en unas pocas líneas: un samurái y su mujer atraviesan un camino boscoso y son sorprendidos por un desconocido que luego de engañar al samurái lo somete y lo ata a un árbol, y allí mismo, delante del marido maniatado viola a la mujer. Luego de la violación se produce una situación muy confusa, el samurái muere, la mujer logra escaparse, y también el bandido huye por su lado. Más tarde capturan al agresor. Y comienzan las declaraciones de los implicados  en el crimen, de los allegados, de un leñador que funge como testigo e incluso de la propia víctima letal que se expresa a través de una médium. Lo curioso, y agregaríamos que lo novedoso y original de este cuento, es que no se trata de la descripción de un crimen como tal sino de la investigación en torno al mismo, es decir acerca de las circunstancias de la muerte del samurái. Y para la exposición del relato, Akutagawa se vale de un modelo extraído de los procedimientos judiciales, es decir que lo escribe como si estuviera elaborando un expediente. El cuerpo del relato está formado por las declaraciones de los distintos personajes, a la manera de una puesta en escena teatral en la que cada actor repite su parlamento. No es de extrañar entonces que «En el bosque» se utilice con frecuencia en las escuelas de Derecho como ejemplo de un expediente judicial muy complejo de analizar.

Pues bien, si la exposición del argumento puede resultar muy sencilla, en cambio las implicaciones que se derivan del análisis del «expediente» son sumamente ricas en connotaciones y de una complejidad tal que a mí me hace recordar, de manera lateral, la paradoja de Zenón conocida como «La carrera de Aquiles y la tortuga».

Por otra parte, en este relato se plantea un tema de carácter metafísico, que tiene implicaciones en la ley, la moral y la religión: la verdad, es decir el arduo, difícil y a veces imposible acceso a su conocimiento. Pero no se trata de una verdad abstracta, de una entelequia, sino de algo real: saber a ciencia cierta quién asesinó al samurái, saber cuáles fueron las verdaderas causas de su muerte.

Veamos, en una nueva lectura, que amplíe el resumen que hicimos al comienzo, el «expediente» del supuesto crimen, de principio a fin. Para ello me valdré de la misma secuencia y utilizaré los mismos subtítulos de la traducción ya citada.

 

Declaración de un leñador interrogado por el oficial del Kebiishi.

El leñador confiesa que fue él quien encontró en un claro del bosque el cadáver del samurái. Describe el aspecto y las vestiduras del hombre muerto y asegura que tenía una «herida de katana que le atravesaba el corazón» (op. cit., p. 51).

 

Declaración de un sacerdote budista interrogado por el oficial del Kebiishi.

El sacerdote declara que el día del crimen vio al samurái que marchaba a pie acompañando a una mujer vestida con un kimono color lila, montada en un caballo alazán.

 

Declaración del policía interrogado por el oficial del Kebiishi.

El policía afirma que fue él quien capturó al bandido Tajomaru, aprovechando la feliz coincidencia de que a éste lo hubiera echado por tierra el mismo alazán que el día anterior montaba la esposa del samurái. También se refiere a Tajomaru como un mujeriego muy famoso, sospechoso de haber violado y dado muerte a dos mujeres el año anterior.

 

Declaración de una anciana interrogada por el oficial delKebiishi.

Se trata de la madre de la mujer del samurái asesinado, que reconoce el cadáver de su yerno. Habla de la pareja en buenos términos, y pone en duda el hecho de que el marido de su hija pudiera haber sido objeto de una venganza ya que se trataba de una persona pacífica, sin enemigos, y describe a su hija de diecinueve años como enérgica e impulsiva.

 

Confesión de Tajomaru.

De entrada, el bandido declara que él mató al samurái, pero niega haber matado a la mujer (que a esas horas todavía continúa sin aparecer). La confesión de Tajomaru resulta ser la más extensa de las correspondientes a los tres personajes principales implicados directamente en el crimen, incluyendo la víctima. Esta estrategia narrativa de Akutagawa obedece a la necesidad de no repetir los mismos hechos, y así la siguiente confesión comenzará donde ha terminado la anterior. Mediante este recurso Akutagawa demuestra una vez más su habilidad y maestría en el manejo y economía del lenguaje, alejándose además de algunas técnicas muy caras a la tradición literaria de su propia lengua, como lo es el sistema de repeticiones y reiteraciones casi rituales, aún en los autores más recientes, y la construcción de frases infinitas y ondulantes que terminan como algunas serpientes mordiéndose la cola.

En la narración, por ser Tajomaru el primero de los tres implicados en hablar, vemos (es decir oímos o leemos) los detalles desde el momento cuando el bandido divisa a la pareja y al vislumbrar por un instante el rostro de la mujer semioculto por un velo de seda decide poseer a cualquier precio a la hermosa criatura, a la que compara con la sagrada Bodhisattva, hasta el acontecimiento en un claro del bosque cuando logra su propósito. Y es aquí donde comienza la verdadera fiesta, es decir la confusión, lo que podríamos llamar el meollo del asunto, pues a partir de ese instante las tres versiones difieren radicalmente. Continuemos con la de Tajomaru, que hemos interrumpido brevemente para señalar este punto de quiebre, clave para intentar comprender lo que se avecina.

Luego de haber satisfecho su deseo, Tajomaru se dispone a abandonar la escena, dejando a la mujer, humillada y llorosa, tendida en la hierba, y al indefenso marido atado a un árbol, pues a Tajomaru, viendo cómo se han desarrollado los acontecimientos, no se le pasa por la mente la idea de asesinarlo. ¿Para qué? Pero en ese momento sucede lo inesperado, siempre sucede lo inesperado. La mujer, convertida en una furia, desafía a Tajomaru para que luche a muerte con su marido, esgrimiendo con astucia el argumento de que ella ya no podrá «soportar el dolor y la vergüenza de saber vivos a los dos hombres que la habían poseído» (op. cit., pp. 59-60), y agrega, con un deje de malicia, que sería de aquel quesobreviva al combate. Tajomaru, tentado por la promesa de la mujer, libera al cautivo, lucha con él y al cabo de una veintena de asaltos lo vence y le da muerte. Acabado el combate, el bandido se da cuenta de que la mujer ha desaparecido. Se apodera de la katana, el arco y las flechas del samurái, y huye montado en el alazán.

 

Confesión de la mujer que llegó al templo Shimizu.

El relato de la mujer comienza justo en el momento cuando Tajomaru culmina su deseo, es decir luego de que es violada por el bandido. Aquí es donde se produce lo que observáramos en la confesión de Tajomaru, es decir la bifurcación de la narración, que tal como veremos más adelante se convertirá en una trifurcación: el lugar donde el camino principal de la narración se abre hacia tres senderos diferentes y contradictorios.

Al mirar a su marido atado al árbol y amordazado de tal manera que no puede hablar, la mujer descubre en sus ojos una mirada fría, como de hielo, hostil, de desprecio, que le duele quizá más que la humillación a la que ha sido sometida por parte del bandido. Luego se desvanece, pierde el conocimiento, y al volver en sí se da cuenta que Tajomaru ha desaparecido. Entonces se acerca a su marido, que continúa atado, y le dice que después de aquel vergonzoso episodio ya ninguno de los dos podrá seguir viviendo, y que en consecuencia tendrá que matarlo, y le promete que acto seguido ella se quitará la vida con sus propias manos. Fiel a su propósito, busca un arma, no encuentra la katana pero descubre el puñal con el que había intentado defenderse del bandido, y lo hunde repetidas veces en el pecho de su marido. Huye del lugar. Y al final de su testimonio, entre sollozos, cuenta que intentó varias veces suicidarse y que fracasó en todas las oportunidades.

 

Versión del muerto narrada por la médium

Desde las oscuras profundidades donde se encuentra el espíritu atormentado del samurái asesinado, ofrece su testimonio completamente diferente a los anteriores. Comienza, al igual que la versión de la mujer, luego de la violación. Delante del samurái atado a un árbol, el bandido Tajomaru intenta consolar a la mujer y al mismo tiempo le dice que ha sido el amor lo que lo ha impulsado a cometer aquel acto violento. Que como ha sido deshonrada en presencia de su marido, debería irse con él, Tajomaru, y convertirse en su mujer. Ésta, transfigurada y al mismo tiempo embellecida por la rabia («Nunca la vi tan hermosa como en ese momento» {op. cit., p. 65), le dice al bandido que acepta su propuesta con la condición de que asesine ahí mismo a su marido. Tajomaru, sorprendido por el giro que han tomado los acontecimientos, rechaza a la mujer y le pregunta al marido si quiere que la mate a ella. La mujer, en un descuido del bandido, se escapa y éste no logra darle alcance. Entonces Tajomaru vuelve sobre sus pasos, corta la soga que mantenía atado al samurái y huye a toda prisa. El samurái, al librarse de las ataduras, encuentra el puñal de su mujer y con él se quita la vida. Y así termina este relato sorprendente, que continúa girando en nuestra memoria año tras año, como aquellas propuestas matemáticas de difícil resolución.

Como hemos visto, los tres personajes implicados en aquel brutal –y confuso– episodio se atribuyen la muerte del samurái, por lo que estamos ante tres posibilidades, dos de ellas asociadas a un asesinato, y la otra a un suicidio. Si aceptamos la premisa de que en ningún caso puede darse una simultaneidad concerniente al mismo hecho, llegaremos a la conclusión de que dos de los protagonistas mienten. Sí, pero cuáles, y por qué. No hay manera de saberlo si nos atenemos al contenido del «expediente». ¿Y si acaso mintieran los tres? Tampoco esta posibilidad está descartada. Además, no olvidemos la presencia del leñador, que tal vez fuera un testigo de excepción, cuyo testimonio puede estar también tergiversado por algún interés o por temor, y que se haya visto en la necesidad de ocultar alguna información vital para armar aquel enrevesado rompecabezas.

Pero quizá estos razonamientos carezcan de sentido desde el momento en que el autor de este relato no nos estaba planteando un acertijo. Que todos mientan, que mientan a medias o que nos intenten vender medias verdades, pudiera ser un asunto irrelevante. Lo que cada uno está cuidando es la imagen que tiene de sí mismo, lo que cada uno quiere que los demás vean en él –o en ella, da igual–. Y así mediante su unánime testimonio, ceñido a su medida como un traje, cada quien en su oportunidad, valiéndose de ese extraordinario instrumento de convicción y aniquilación que es el lenguaje, los diversos personajes del relato –en particular los tres protagonistas, y en segundo plano el oscuro leñador– intentan imponernos su visión del acontecimiento, su propio relato como expresión de su voluntad, su voluntad que es una forma de poder.

A nosotros, occidentales judeocristianos, se nos ha enseñado que la verdad es una sola, incluso se nos ha convencido que por la verdad murió Cristo, y este relato excepcional echa por tierra aquella sagrada premisa para sugerirnos que la verdad no es más que una versión de los hechos.

 

*Capítulo de “Akutagawa, el elegido”, publicado por bid&co, Caracas, 2013.