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El borrador de Velia Bosch

Teresa de la Parra / Foto Archivo EN

Teresa de la Parra / Foto Archivo EN

Sylvia Molloy afirma en su Antología que en Venezuela este desconocimiento sobre la sexualidad de Parra se origina en la censura que sufrieron sus diarios de mano de Bosch

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En ¿Entiendes?: Queer Readings, Hispanic Writings, una antología ensayística de la Universidad de Duke sobre las identidades gay y lesbiana en la literatura hispánica, Sylvia Molloy explora un tema que hasta estas fechas, apenas se menciona dentro del campo literario venezolano: la homosexualidad de Teresa de la Parra. A través de los implícitos que deja Parra en sus cartas y de las afecciones encubiertas (aunque tal vez solo por no ser explícitas, gráficas) de sus diarios, la autora argentina concluye que hay cierto lesbianismo cifrado en sus escritos. Que cuando la autora le afirma a Lydia Cabrera, antropóloga cubana con quien vivió sus últimos días, que “[no piensa] atravesar el mar [hacia Venezuela] hasta no poder vivir donde [le] de la gana haciendo lo que quiera y sin régimen”, y que “sería capaz de [matarse] a disparates por espíritu de contradicción y hacerles sentir [a sus familiares] que no [la] dominan,” se refiere a un estilo de vida y a una sexualidad que va en contra de las visiones tradicionales, compartidas de la sociedad venezolana. Queda por entendido, claro está, que Lydia Cabrera fue pareja de Teresa de la Parra.

Ahora, Molloy también afirma que en Venezuela, este desconocimiento sobre la sexualidad de Parra se origina en la censura que sufrieron sus diarios de mano de Velia Bosch. En las páginas de los mismos diarios que rescató Bosch para la edición de Biblioteca Ayacucho de Parra, aquella eliminó varias referencias a Lydia Cabrera, así como omitió locaciones bastante sugerentes. En una entrevista que le realizó Patricio Lennard a Molloy, por ejemplo, la autora argentina cita que en cierto pasaje, “Hoy Lydia fue a la ópera y cuando volvió se acostó en mi cama y hablamos de Tristán e Isolda,” Bosch censuró la cama compartida de las mujeres. Así, la gran serie de ediciones críticas que ideó Ángel Rama fue entonces sometida al provincialismo cultural venezolano que tanto criticó.

Ah… la Biblioteca Ayacucho, ¿qué más podríamos decir sobre la misma en el hoy?  Aunque se ha digitalizado y hecho accesible de forma totalmente gratuita cantidad de libros de la Colección Clásica, son demasiado pocos los que han conseguido una reedición (pienso en Felisberto, en Macedonio, ¡en el mismo Rama!). Y aunque Francisco Ardiles, director ejecutivo de la fundación, prometa de tanto en tanto que piensan editar a escritores como Roberto Bolaño, Andrés Caicedo, Ernesto Cardenal, Ludovico Silva, Rodolfo Walsh, entre otros, la página web de la misma fundación ni siquiera señala que editó en la segunda mitad del año pasado Lima la horrible, de Sebastián Salazar Bondy. Han optado por el mundo virtual antes que por la reedición, y así, han publicado espectros.

Incluso, creo que entre lo que se ha publicado, tanto en la Colección Clásica como en Claves de América y La Expresión Americana, cierto provincialismo se mantiene en la línea editorial de Biblioteca Ayacucho. Algunos dirían que hasta se ha exacerbado. No tanto por las plumas que han activamente censurado, sino por las que han descaradamente ignorado en sus catálogos para dar pie a autores más apegados con la revolución cultural propuesta desde el 2001. La omisión que se le ha hecho a autores como Rafael Cadenas y Adriano González León, ciertamente mucho más importantes en el desarrollo de nuestras letras que Ramón Palomares y, a pesar de su gran labor como crítico y escultor, Juan Calzadilla –estos últimos, apegados al bolivarianismo desde sus inicios–, me recuerda a la censura o al rechazo que recibía el mismo Rama en sus tiempos de profesor de la Central por su condición de extranjero. Pareciera que el talante expansivo, crítico de la Colección Clásica, por citar la más importante, se ha reducido a una serie de obras a través de las cuales el proyecto chavista puede legitimarse, al menos retóricamente. Es posible que la publicación de Política y sociedad de Juan Bautista Alberdi pueda verse como la excepción a esto: las ideas del padre fundador argentino remiten antes a las de Hayek y Friedman que a las de Marx y Keynes (y de nuevo, vuelvo al “retóricamente,” pues a pesar del discurso bolivariano, no soy de quienes creen que los gobiernos de Chávez y Maduro han seguido la línea del autor de El Capital). Tal vez la clave de este libro coleado yazca en la visión que tuvo Alberdi sobre Bolívar, una eminentemente positiva, y en su rechazo al hispanismo.

Hemos de ver, entonces, que el borrador de Velia Bosch sigue haciendo efecto en aquel gran proyecto moderno que significó la Biblioteca Ayacucho. Cosa lastimosa, pues implica dos situaciones negativas. Primero, que la censura y la ideologización que a muchos les gusta apreciar en las políticas culturales del chavismo, no es propia de las mismas, sino que tienen sus antecedentes en cierto paradigma conservador del siglo xx. Y segundo, que “errores” como este, particularmente señalado en los noventa, han sido ignorados por la mayoría y lo siguen siendo en aras de una nostalgia consecuencia de la misma ideologización. Total, por más que intente demostrar lo fallido o medianamente logrado del proyecto del crítico uruguayo, una cuestión queda clara y, a la vez, confusa: ¿a quién le importa luchar por la sociedad cuando la política se sobrepone a ella?, ¿cuál es el valor que tiene la sexualidad de una artista ante el avance expansivo de los gobiernos?

Escrito esto, pido perdón por pecaminoso.