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Una bienvenida a los extremos

Es cierto que aquellos tiempos no son estos y que sería una inexactitud gruesa extrapolar las circunstancias y los discursos

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Durante varias décadas los venezolanos teníamos un orgullo relativamente fundamentado en torno a las coordenadas que integraban las preferencias del electorado. Se pensó siempre que, asentada la alternabilidad política como un valor, las masas tenían simpatías por las propuestas progresistas, que el criterio “justicia social” siempre fue bienvenido; que los extremismos no tenían cabida en un panorama político tomado por el centro. Que, aún existiendo, con sus minúsculos márgenes, la extrema izquierda, estábamos, afortunadamente, desprovistos de una extrema derecha.

Las cosas han cambiado sustancialmente desde entonces hasta hoy. El chavismo tiene tomado poco más de la mitad de las preferencias del electorado, y su influencia ideológica entre las masas, no sólo es más robusta de lo que sugieren los análisis cotidianos, sino más radical de lo que muchos estarían dispuestos a aceptar.

Tomemos un dato al voleo: la casi totalidad de la dirigencia del MAS, el partido más grande la izquierda electoral de los años setenta y ochenta, está hoy en la oposición. Los dirigentes y formaciones que hoy acompañan a Chávez, no sólo se sienten continuidad histórica de la insurgencia guerrillera de los años sesenta, sino que, a posteriori, integraron los grupúsculos y formaciones universitarias que cuestionaron con inclemencia a la tolda naranja en virtud de sus debilidades “socialdemócratas”.

La Liga Socialista, Tendencia Revolucionaria, Ruptura, Vanguardia Unitaria Comunista, el PCV, fragmentos de Bandera Roja y el MEP. Con posturas abstencionistas, conspirando entre bastidores, participando en las citas electorales a regañadientes, de ahí vienen Nicolás Maduro, Alí Rodríguez, Rafael Ramírez, Jorge Giordani, Elías Jaua, Tarek William Saab, Guillermo García Ponce. El “chiripero” que integraba la izquierda no masista, hoy en el poder. Todos encontraron en Chávez un padrino tardío.

Es cierto que aquellos tiempos no son estos y que sería una inexactitud gruesa extrapolar las circunstancias y los discursos. A fin de cuentas el chavismo tiene un fuerte componente constestón y ha definido sus objetivos votando. Pero queda claro que quedan los sedimentos; un pasivo histórico, una solución de continuidad, una metodología para enmascarar y reconstruir todos los días la realidad, empapelada en el empleo de una jerigonza con vocablos en desuso, como “la burguesía”.

Cerca del 20% de los votantes venezolanos pertenece al denominado “chavismo duro”: son personas que admiran a Mario Silva, pueden contemplar las nueve horas de Aló Presidente y no estarían dispuestos a entregar el poder, salvo que medie una circunstancia mayor. En Venezuela tiene rato sucediendo lo que ahora pasa en Grecia: el descalabro institucional radicalizó el panorama político.