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Bárbara Hoyo | Foto: Cortesía

Bárbara Hoyo | Foto: Cortesía

“Hoy me dijo una amiga que la distancia no se quita ni con diez cobijas. Y tiene razón, porque la distancia no siempre es fría”

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Ocho mil novecientos kilómetros no es precisamente la distancia que me separa de casa, sino la medida de mis raíces. Cuando uno decide recorrer ese número de kilómetros tiene que dejar el miedo sobre la mesita de noche y despedirse de las dudas. Tomar riesgos se vuelve el pan de cada día. Extrañar, un tema de sobremesa. Y la nostalgia, un lugar común. Se sale de casa con la esperanza en la mochila y los recuerdos en los bolsillos de los pantalones. Se sale de casa con la curiosidad sobre los hombros y la sorpresa bajo la manga. Pero se debe salir de casa. Porque afuera es donde todo sucede, donde todo pasa. En casa todo se queda, se guarda. No podemos convertir al mundo en refugio pero sí podemos refugiarnos bajo cualquier techo, en cualquier rincón sobre el planeta. Y ese es un gran consuelo. 

Hoy me dijo una amiga que la distancia no se quita ni con diez cobijas. Y tiene razón, porque la distancia no siempre es fría. Hay distancias cálidas que nos ayudan a acercarnos a quienes en realidad siempre estuvieron lejos. A quienes la comunicación les fluye sin la necesidad de vernos a los ojos, sin la necesidad de enfrentarnos, sin la necesidad de nuestras verdades cotidianas, que muchas veces es mejor tenerlas como una historia que sucede en un país muy lejano. Como un relato que se puede disfrutar con el primer café de la mañana, ese en el que solamente cabe uno mismo. Ese que nos separa del mundo y nos lleva de la mano para poder estar, por lo menos con el pensamiento, con todos aquellos que se han ido. Hoy me tomo un café brindando conmigo por los que se fueron y no volverán, por los que están lejos pero se sienten cerca. Por los ausentes, siempre presentes. Y por algunos presentes, más ausentes que los que se quedaron en casa. A ocho mil novecientos kilómetros de distancia.