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El arte de la suspensión

Dos libros integran hasta la fecha la obra de Gabriel Payares / Manuel Sardá

Dos libros integran hasta la fecha la obra de Gabriel Payares / Manuel Sardá

Cuando bajaron las aguas (2008) definió una poética que lidiaba con el gran desafío de las letras del país durante los últimos veinte años: cómo abordar el convulsionado entorno con sostenida legitimidad estética

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Dos libros integran hasta la fecha la obra de Gabriel Payares. La brevedad de esta, lejos de confinarlo a una zona de promesas, basta para considerarlo uno de los nombres más destacados de nuestra narrativa reciente.

Cuando bajaron las aguas (2008) definió una poética que lidiaba con el gran desafío de las letras del país durante los últimos veinte años: cómo abordar el convulsionado entorno con sostenida legitimidad estética. Payares revelaba una vocación visionaria, cuyo talante simbólico e indeterminado frenaba la tentación de las claves testimoniales o de articular rígidas alegorías de la nación. La conducta de Payares, cuya misión primordial, pero no única, es mantener el decir en el dominio de la ficción, a su vez apartaba sus cuentos de otro precipicio en que ha caído más de un coetáneo: el magisterio de los mass media y los facilismos de la Red.

La calculada ambigüedad de Cuando bajaron las aguas se explica por su asimilación de las voces de un inconsciente para nada privado. Las tramas de varios relatos sin duda esbozan procesos de regresión, no sólo por las tensas relaciones familiares descritas, sino por las imágenes de inmersión en un universo líquido, amniótico y de seducciones edípicas que sirven de matriz argumental. Dichas regresiones suelen ser aterradoras. Pienso en el enjambre monstruoso que alcanza al protagonista de “Cuando bajaron las aguas”, algo “nocturno”, “hambriento” y “cansado de espiarme desde las ventanas del cuarto de mi madre” (p.38); el saco similar a una “barriga llena o un vientre abultado” que carga el protagonista de “El Duro” (p.39), con basura o –si adoptamos la perspectiva de la demencia– con niños; la intensidad del “olor húmedo y esponjoso” que “inundaba” la gótica residencia clausurada de una abuela difunta en “Con miedo a los perros” (p.55). Que las pesadillas puedan desgajarse de referentes individuales para proyectarse en vivencias compartidas se convierte en una posibilidad cuando nos tropezamos con alusiones a una patria “matrona avara y cruel” que envía inquietantes cartas (pp.19-21), inundaciones vividas como “más brutales que la Seguridad Nacional de los relatos del abuelo” (p.29), así como la violencia de la deteriorada modernidad venezolana, “este mundo tan feo de hormigón” (p.41). Tales lecturas, no obstante, se preservan en el nivel de lo virtual, ya que el onirismo impide los ejercicios hermenéuticos tajantes.

La condición de extranjería

El talante lírico, enemigo de la univocalidad, madura en Hotel (2012). El título de este volumen multiplica sus sentidos desde el principio, apuntando a un espacio donde, como intérpretes de la obra, sólo podemos alojarnos provisionalmente. Ello, por hacérsenos creer que se nombra el conjunto partiendo de uno de los cuentos, aunque luego advirtamos la conexión con un pasaje de la pieza que cierra la colección: “HOTEL, dicen las letras, recordándole al transeúnte lo transitorio y lo efímero del día, pero también de su vida misma” (p.138). De las convenciones culturales a lo textual y de allí a lo existencial progresa nuestra comprensión sin que se deshaga cada uno de los estadios interpretativos. El resultado es una relación casi cinética con la totalidad.

“Sudestada”, el relato inaugural, afianza las inquietudes introspectivas de los protagonistas de Payares sin liquidar nuestras opciones. La exploración de la psique del narrador es tan compleja que lo nacional o lo político quedan sitiados por la incertidumbre. El torbellino del inconsciente barre con todo: el Sur enigmático, del que salen los vientos a los que alude la historia, anuncia el universo de lo irracional y el fracaso de nuestra exégesis. La imaginería espacial insinúa enigmas que podrían desentrañarse a la luz de las reincidencias verificadas en Cuando bajaron las aguas: la patriarcal y muy fálica arquitectura del edificio moderno donde comienzan las acciones es visitada por mensajeros de lo materno que conducirán al protagonista a orillas del mar, aves o sirenas. De las profundidades femeninas en que se sumerge tal vez no vuelva el héroe, puesto que el desenlace cede la palabra a lo que está más allá de la vida: “En la orilla, sacudiéndose bajo el peso de cuero del maletín, el diario de la competencia me aleteaba una despedida. Sus páginas advertían la inminente y brutal sudestada” (p.39). Nótese que esa muerte-diario se vincula a peces y aves: aletea. Si a lo anterior agregamos las alternativas de odio y añoranza por un padre que “escogió el camino del encallamiento” (p.34) o la frustrante relación con la mujer, los elementos parecen disponernos a la psicología. Pese a ello, la última palabra la tiene un periódico: discurso público que replantea como destino plural lo que antes era individual. Las interpretaciones, por fortuna, nunca dejarán de “competir” en nosotros, invocadas por las rivalidades periodísticas de la trama misma.

En más de una oportunidad lo contado es el acto de contar. “Hotel” constituye quizá la más memorable de las metanarraciones de Payares, sardónico homenaje al Cortázar de “Continuidad de los parques”, pero también postulación del asunto que sigue en importancia a la producción de la experiencia y se constata en casi todos los cuentos: el desarraigo que acecha al hombre moderno. El extraño para sí mismo, alienado de lo que había juzgado real, convive en este libro con el desamparo de “Cuento-concierto”, emotivo, metonímicamente social, puesto que la posible decisión de emigrar que toma la protagonista no se desgaja de penosas manipulaciones sexuales. El autor igualmente se ficcionaliza aprovechando datos extratextuales que solapas y notas de prensa nos proporcionan: en “Epílogo: Londres, 1982” el juego con el referente autobiográfico ahonda en la condición del extranjero contrastando una tierra de nacimiento que concede pasaporte y otra que a un segundo pasaporte añade la nostalgia de orígenes desvanecidos cada vez que el desplazamiento geográfico los persigue. La relación del personaje con su lugar natal es como la del libro con el autor que lo engendra, complicada aporía –suplicio de Tántalo– donde el arte de la reencarnación al que incita una escritura que se ocupa de sus propias fuentes se entrecruza con los roces de las criaturas ficticias y quien las concibe.

La anécdota puede esperar

Aunque sus incursiones en el cuento de efecto en la tradición de Poe son impecables, como permite asegurarlo “Hotel”, acaso la cima del proyecto narrativo de Payares se avista cuando su prosa desacata el imperativo de la anécdota. El fraseo guiado por el empuje conceptista o epigramático no es para nada raro, con numerosos instantes en que la narración da paso a “objetos verbales puros e independientes” como los que Borges, alguna vez, distinguió en la prosa de Quevedo. El discurso meditabundo llega a su clímax en “Nagasaki (en el corazón)”, interesado menos en variar el argumento de Lolita que en trazar una atmósfera cuya perseverante vacuidad se manifiesta al final: “La repetición del error es la prueba misma de su inexistencia, el triunfo final del vacío: envejecer es cometer los mismos errores una y otra vez, despiadadamente consciente de ellos pero anhelando la trágica frescura de la juventud” (p.105). En la ternura laten dos catástrofes: una atómica, la del Japón del que proviene la muchacha deseada, y otra anómica, ya que a su generación nada le ocurre digno de legislación o recuerdo. La entrega al pensamiento o a la emoción perceptiva es la tabla de salvación del narrador: su dicción traduce la sensibilidad visual desplegada por el Resnais de Hiroshima mon amour, cuyos ecos el cuento revela. Arte de la suspensión en las cercanías del abismo: historias que exigen una comunicación más profunda que la del simple anecdotario y tienden puentes entre la imaginación del sujeto que crea y la del lector que se atreve a recrear equívocos sueños en principio ajenos.