• Caracas (Venezuela)

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Una apuesta que perdimos

Adalber Salas / Foto Manuel Sardá

Adalber Salas / Foto Manuel Sardá

“Adalber Salas Hernández es uno de los poetas jóvenes de lengua española más destacados en lo que va del siglo XXI. El mundo de experiencias e imágenes que su escritura ha recreado lo dotan de innegable representatividad en el contexto venezolano”

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La inclusión en antologías, el recibimiento de importantes premios y un número ya considerable de títulos –La arena, el vidrio: ascenso en tres movimientos (2008), Extranjero (2010), Suturas (2011), Heredar la tierra (2013), Salvoconducto (2015) y Río en blanco (2016)– convierten a Adalber Salas Hernández en uno de los poetas jóvenes de lengua española más destacados en lo que va del siglo XXI. El mundo de experiencias e imágenes que su escritura ha recreado lo dotan de innegable representatividad en el contexto venezolano. Su obra, de hecho, se caracteriza por un realismo menos referencial que patente en la expresión, lo que implica una tendencia a la oscuridad y al pathos anclada en lo que ha sido la vivencia nacional de entre milenios. Ni siquiera la prosa lírica de Río en blanco, especie de diario de pesadumbre que evoca el suicidio de Paul Celan en París, se disocia tajantemente de una Venezuela alienada y volcada a la extranjería: no otro es el efecto de la datación con que se cierra el volumen, resaltada en página aparte como si fuese uno de los poemas, “Caracas, 2012-Nueva York, 2014”. En esa melancólica norma, con todo, hallamos un sistema regido por el claroscuro anímico y conceptual. Tal vez el poemario que mejor ilustra los contrastes a los que aludo sea Salvoconducto, merecedor del premio de poesía Arcipreste de Hita de Alcalá la Real (Jaén) en 2014 y editado en España (Valencia: Pre-textos, 2015). En él me detendré. Dados los trastornos económicos y sociales que padece nuestro país, se trata de otro de los libros imprescindibles de autores venezolanos aparecidos en los últimos meses que podría pasar inadvertido entre los que habrían de ser, por razones obvias, sus lectores inmediatos.

Como ocurre en sus primeras colecciones de poemas, esta abreva en el imperio de lo sombrío, desde hace lustros frecuentado por diversos poetas y narradores nacionales. A diferencia de la agresividad abstracta, casi metafísica, del Salas previo, la que surge desde los versos inaugurales de Salvoconducto negocia, no obstante, con la mimesis y sus estallidos neoexpresionistas calcan la pavorosa fisonomía del objeto cantado:

Caracas, los que van a morir no te saludan.

Ya no tienen manos que levantar,

se las han cortado, se las han arrancado

los perros que caminan patas arriba por la noche

o las han perdido en alguna apuesta imprudente

y cruenta con tu nombre […]

Respiran tu humo, tu olor a capín melao

y carne descompuesta y plomo

caliente bajo el sol, que les llena

los bronquios, les arrasa el paladar. Olor ingrato

a camiones de basura y asfalto arrepentido.

Caracas, todas las bocas secas son tuyas.

Te dejamos la infancia endurecida

en unas pocas calles, en el sabor del pan,

en el primer atraco, la primera madrugada

ahuecada por los disparos y la lluvia (pp. 17-18).

La violencia no se agota en la contundente entrada en materia. Poema a poema, Caracas se erige en suprema fuente de náusea y abyección, descrita con una lengua coloquial cuyo tono relajado depara, imprevistamente, el supremo horror:

Mire, la verdad es que yo tampoco

sé mucho. Las noticias que pasan en la tele

apenas hablan del asunto. Los periódicos

se están quedando sin papel y tienen que

economizar espacio, así que imprimen

los casos más jodidos, ¿me entiende? Los más

cabilla. Pero por ahí siguen las balas y cada

una tiene nombre, apellido, cédula de identidad. Eso

no sale en ningún titular. Al muerto apenas lo velan

con café y cachitos de jamón hasta que se destiñe […].

Nadie quiere enterarse del trabajo quebradizo de los números,

¿me sigue? Pero igual termino preguntándome cómo

lo logran. Cómo cuentan esos gramos de

pólvora, impactos de bala,

avemarías y señortenpiedad, kilos de carne

inmóvil, litros cúbicos de sangre aturdida sobre el asfalto.

[…] ¿Por qué insisten en seguir

registrando, echando cal sobre el lomo del tiempo para disimular

esa carne que se pudre? (pp. 23-24).

En una de las composiciones finales la ciudad se vuelve, sin rodeos, espacio onírico no por ello carente de un tenor político. Lo anterior se percibe en la sátira bestializadora del entorno, según las reglas de género a las que un fatídico y brutal Esopo parece entregado: “Llueve […] El agua / cae con una intensidad que solo pertenece / a las fábulas o los sueños. / […] / Nadie puede / decir a ciencia cierta cuándo la lluvia perdió a la ciudad. / Escarabajos ruedan torpemente por las aceras, zamuros vigilan / el tráfico en sus horas de ocio, cuando dejan de redactar / leyes y toman un descanso” (pp. 87-89).

Efectivamente, en la Caracas de Salvoconducto se reescribe el mayor clásico de la poesía política: el Inferno, aunque el inframundo, a decir verdad, no siempre acoge a los condenados por nuestro poeta; en sus habitaciones reside, asimismo, la lírica de lo oscuro que Salvoconducto representa. Allí encontraremos a Góngora (p. 33), a Heráclito de Éfeso (p. 52) o a “San John Coltrane” (p. 63). Y no olvidemos que los vecinos del apartamento de arriba que no dejan dormir al hablante son, ni más ni menos, Paolo y Francesca, que “todas las / madrugadas cogen, gritando hasta que la voz / los desgarra por dentro” (p. 61). El infierno se impone como la única realidad posible y, por lo tanto, en medio de sus suplicios, se descubre, junto a brotes de hermosura, la capacidad de risa que alberga el sujeto lírico, antes rara vez explotada en los escritos de Salas. Dos de las piezas más memorables de este conjunto de poemas –y acaso de la poesía venezolana en lo que va de siglo– se caracterizan por el humor salvaje que resulta del aprovechamiento de la intertextualidad. En un caso, “Sonatesco y ripioso”, el blanco satírico es demasiado claro para hacerlo evidente con la mención del nombre, pero nótese cómo el régimen sonoro tomado de una aliteración dariana, Prosas profanas, sirve para diluir la referencialidad casi frontal en un más allá de la razón, una casi inconsciencia vigorosa y verbal: 

El presidente está triste,

¿qué tendrá el presidente?

¿Será que las transnacionales ya no lo quieren,

o lo quieren demasiado, con el ahínco mineral

de excavadoras, de taladros, de extractoras? […]

¡Pobre presidente preso de sus oros negros!

¿Algún ministro le habrá revelado por error

que una bandera no sirve para contradecir la lluvia, para

ahuyentar los perros del frío?

¿Por fin habrá descubierto que país es el nombre de una huida?

¿Será que le desafina el pulso, que tiene arritmia

el himno patrio?

¿Habrá subido de peso? Tal vez el uniforme militar

ya no le queda como antes.

¿La corbata le aprieta, la charretera le da calor?

¡Pobre presidente protoplásmico, preso de sus predios,

proclive a la procacidad, a la prodigiosa

perífrasis sin pudicia, a la prevaricación,

preguntándose si será pasteurizado,

postulado como prohombre prehumano! (pp. 34-35).

Incluso tratándose de literatura política, el lenguaje del buen poema sigue siendo, como lo pedía otro modernista, José Martí, “jinete del pensamiento, y no su caballo”.

En el segundo caso al que me refería, “Carta de Jamaica”, la voz del prócer, si bien sirve de vehículo inicialmente al esperpento heroico –“Yo, Simón José Antonio de la Santísima Trinidad / Bolívar y Ponte Palacios y Blanco. Yo, / rey de Tebas” (p. 82)–, pronto recibe una insoslayable dosis de la alteridad dantesca que, como he sugerido, gobierna el resto del poemario y coincide en el desaliento y la distancia con el Bolívar histórico:

                       Muy señor mío:

Me dirijo a v. m. desde la maldita circunstancia del agua

por todas partes, desde la médula tenue de la vida, que

llaman exilio […].

Mi país es un error de la geografía. Una promesa banal un

paraíso inventado por sordos. Un amasijo de cuerdas y tendones,

un revoltijo de carne con madera. La cuna de los ripios de los plagios […].

No es una patria; es una apuesta que perdimos (pp. 82-83).

Pese a la indignación a veces no contenida, en Salvoconducto, insistiré en ello, lo que cuenta son las vidas paralelas de mundo y lenguaje, la confluencia de esos dos polos de la experiencia del poeta. Y la pieza final del libro, que le da título, lo plantea a su manera, confundiendo la violencia del horizonte nacional y los dispositivos con que el poema la aborda: “Una madrugada de estas, las palabras van a forzar / la puerta de tu casa. Caminando sin hacer ruido, irán a / buscarte a tu cuarto / […] /  No podrás hacer nada, tendrás una / capucha sobre la cabeza y el peso de un hierro en la frente” (p. 90). Sin embargo, puesto que he descrito la lírica de Salas como sistema de contrastes, también ha de observarse que el poema que así comienza termina con su correspondiente refutación: 

Las mismas palabras que te pusieron contra la pared y te

rompieron la nariz. Las que no tienen arrepentimientos

ni penitencias. Las que suenan a tiros, ambulancia, patrulla,

padrenuestro. Las que te brindan a veces un cigarro para

espantar el hambre. Las que no están en ningún pasaporte,

en ninguna cédula, partida de nacimiento o defunción, las que

te roban el nombre para venderlo de contrabando.

Ellas serán tu salvoconducto (p. 91).

Como puede apreciarse, hay algo feroz en los gestos de este joven poeta, lo que no impide que en su decir se disciernan preferencias no menos fascinantes y sorpresivas. Entre otras, cierto anhelo de redención; una esperanza cuya tímida luz persevera a lo lejos.