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De la aporía y la desmesura

Gabriel García Márquez, fotografía tomada en 1983 | Sandra Bracho

Gabriel García Márquez, fotografía tomada en 1983 | Sandra Bracho

“García Márquez nos da una nueva representación del asombro y una nueva lógica de lo fantástico y lo maravilloso. Para los escritores europeos de lo fantástico, lo real está al servicio de la imaginación; para García Márquez, la imaginación no supera las posibilidades de lo real y, sobre todo, de lo real americano”

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Uno

“Solo muere en verdad lo que se ama –dice la sabia reflexión de María Zambrano– lo que no se ama no muere, solo desaparece”. Recuerdo estas palabras en la profunda pena por la muerte de Gabriel García Márquez, el Gabo, y en la certeza de que esa pena recorre de manera entrañable los corazones de los hombres y mujeres de América y de gran parte del mundo. 

Alcanzaríamos un unánime decir si calificamos al Gabo como un genio, en el sentido kantiano del término. Genio como Cervantes, entre otras cosas, en los hilos de la parodia y en la tristeza festiva de la melancolía; como Shakespeare, en el juego de equívocos del destino; como Einstein, inclusive, en los prodigios de la ficción trazando la curvatura del espacio –tiempo, trazado sin embargo que tiene la atmósfera de la más inmediata cotidianidad.

El prodigio de una obra con millones de fervorosos lectores, siempre in crescendo, que celebran en cada línea, en cada frase, la genialidad en el seno de la transparencia; que celebran una obra que es a la vez como un juego y como un espejo posible de “llevar a lo largo del camino”: la cotidianidad iluminada por la hipérbole; arco ficcional entre la fiesta y la melancolía, entre la irreverencia y la poesía; la ficción como expansión de la frase; como síntesis del universo; como lugar para las preguntas; y el lugar de los más sorprendentes reconocimientos.

Dos

Oscar Wilde decía que no merece ni siquiera una mirada un mapamundi en que no se encuentra el país utopía. Creo de igual forma que ya no es posible un mapa de América latina que no registre la existencia de Macondo. La fundación, historia y destrucción de Macondo, que se abre como un gran arco temático y de representaciones desde los primeros textos y que tiene su punto de confluencia en Cien años de soledad, en el diagrama de las siete generaciones de los Buendía, se expande a partir de allí hacia el hallazgo de nuevas formas, alejándose incluso de la referencia espacial macondiana, pero conservando la densidad de una misma atmósfera donde la soledad es siempre la primera de las representaciones, en la intensa recurrencia de la experiencia amorosa y de la desmesura y crueldad del poder;  de crear un mundo que muchos críticos han visto como una alegoría de la historia de América Latina e, incluso, de la historia de la humanidad. “La historia de América Latina –ha señalado el autor– es también la suma de esfuerzos desmesurados e inútiles y de dramas condenados de antemano al olvido”. Esa “Suma de esfuerzos desmesurados e inútiles”, esos “dramas condenados de antemano al olvido”, se expresan en la ficción de García Márquez en el movimiento pendular entre el escepticismo de una oportunidad vivida y precipitada en el deterioro y el fracaso; y el optimismo de una exaltación de la vida, en una suerte de poética de lo cotidiano donde el asombro rinde sus armas ante esa endeble forma de la pureza que a falta de otro nombre podríamos llamar la ingenuidad de las asunciones de mundo por lo popular y lo colectivo.

Tres

La ficción de García Márquez, como antes la de Rulfo, nos representa el ruido sordo de la sequedad, de la carencia, del deterioro; ruido que al atravesar la subjetividad de los personajes asume la dimensión cósmica de la soledad, como condición universal del ser, ciertamente, pero también de una cultura.

El temor al incesto y el deterioro del tiempo serán marcas de la soledad en Cien años de soledad, sólo como una primera instancia que revelará después que la soledad también se imprime en una cultura con las poderosas fuerzas del amor y el poder. Estas dos fuerzas crean una de las importantes tensiones narrativas de la novela, que se separa de la razón para dar cuenta de una sucesión de prodigios en una representación de lo insólito que podríamos llamar fantástica, siempre que observemos que no estamos ante una reproducción de los modelos de lo fantástico que la modernidad romántica europea propone en su resistencia a la razón cartesiana. No. Aquí la representación de lo insólito, cuando se expresa como sentimiento de lo fantástico, lo hace en un proceso de inversión donde lo insólito es asumido como natural y lo que sería lo normal es asumido como insólito. No quiero caer en la tentación de describir analíticamente la novela, actividad que ha hecho copiosamente la crítica por  décadas. Sólo quisiera destacar cómo Cien años de soledad junto con ahondar en las inflexiones del género y de la ficción, caracteriza la representación de una cultura, de su imaginario y de sus maneras de concebir lo real, en la representación de una “lógica” de lo fantástico e incluso de lo maravilloso que obedece a parámetros distintos a los que rigen este tipo de literatura en Europa.

Fundación, historia y destrucción de Macondo abren un arco de la creación que puede corresponderse con los mismos de la humanidad, de allí quizás la fascinación que la novela ha causado en todo el mundo; pero el horizonte de escritura de García Márquez va naturalmente más allá de esta novela, en una intensidad de recurrencias que dibujan un texto más amplio donde caben sus otras búsquedas y hallazgos. “En general –ha señalado– un escritor no escribe sino un sólo libro, aunque ese libro aparezca en muchos tomos con títulos diversos”. Ese libro no es el de Macondo. Es el de la soledad. Del amor. Del poder. Y esto, en lo que podríamos llamar una poética de la cotidianidad. Esta poética, enclavada en la representación de una intersubjetividad, a distancia de los límites de la racionalidad, nos representa “otra” lógica que no es exactamente la del mito frente a la razón, sino un lugar distinto, el lugar de lo colectivo, donde concurren el mito y la razón, ciertamente, pero sólo para subordinarse a una sabiduría y una afirmación de la vida, marcadas por la heterogeneidad. Dentro de esta poética, por ejemplo, García Márquez desencadena, en un juego de belleza estética, las imprevisibles lógicas que nacen de una ingenuidad paradojal, atravesada contradictoriamente por los signos de la sabiduría. En ese desencadenamiento, en un prodigio permanente de síntesis narrativa, coinciden los más extremos sentimientos y pasiones: el amor y la crueldad, el horror y el extravío. Esa ingenuidad se expresa, por ejemplo, en la terquedad de José Arcadio de querer “obtener una prueba científica de la existencia de Dios con el Daguerrotipo de Melquíades”; se expresa en la falta de asombro ante hechos insólitos (alfombras voladoras, regresos de la muerte, etc.) y el asombro ante hechos normales (el hielo, el imán, etc). Esa ingenuidad recorre la ficción de García Márquez como uno de sus estallidos de belleza. Esta representación de la ingenuidad produce incesantes cruces de lo real y la ficción, y produce acaso uno de los más fascinantes hallazgos de esta narrativa: el tratamiento del asombro, que se somete al rigor cotidiano como un potro salvaje sometido por cuerdas a punto de reventar. García Márquez atribuye a la enseñanza de la abuela, quien “contaba las cosas más atroces sin conmoverse”, y a la de Kafka, en especial la lectura de La metamorfosis, el hallazgo de esta forma de tratar el asombro, acaso una de las características posibles de observar en la vida cotidiana de nuestra cultura.

Cuatro

Ese libro de la soledad es el libro del amor y el poder, pasiones de la desmesura, de los hiperbolismos. El amor, haciendo de la realidad una ficción, imponiendo la soledad como un ansia del otro, haciendo de la vida un horizonte de esperas y catástrofes. El poder, haciendo del despojo o de la separación del otro el inevitable despojo y separación de sí mismo. Así, similares y distintas, la inmensa soledad del coronel Aureliano Buendía, del patriarca, del general en su laberinto. Y esa desmesura de la soledad se muestra con diversas inflexiones pero con igual fuerza en “Isabel viendo llover en Macondo” como en Cien años de soledad, en El otoño del patriarca y en El general en su laberinto, en El amor en los tiempos del cólera y en El amor y otros demonios; y se expresa en un juego de hiperbolismos y certezas. Es fascinante observar que la desmesura en García Márquez sorprende siempre con una cifra que, en el desbordamiento y la desmesura, un signo de contención: una semana de lluvia en “Isabel...”, y cuatro años, once meses y dos días en Cien años.... Así, para colocar un sólo ejemplo, entre innumerables: “el Coronel Aureliano Buendía promovió treinta y dos movimientos armados y los perdió todos. Tuvo diecisiete hijos varones de diecisiete mujeres distintas, que fueron exterminados todos en una sola noche, antes de que el mayor cumpliera treinta y cinco años. Escapó a catorce atentados, a setenta a tres emboscadas y a un pelotón de fusilamiento”. Este y otros párrafos, leídos y releídos por millones de lectores en el mundo, que expresan una voluntad, la de los personajes, capaz de jugarse en destino en un instante, repetido al infinito, ha segregado una retórica que ha sido recogida por escritores y escritoras menores que sin embargo aseguran ventas de sus libros.

Cinco

García Márquez nos da una nueva representación del asombro y una nueva lógica de lo fantástico y lo maravilloso. Para los escritores europeos de lo fantástico, lo real está al servicio de la imaginación; para García Márquez, la imaginación no supera las posibilidades de lo real y, sobre todo, de lo real americano. Así, en su discurso en la Academia se referirá a América Latina como a “una realidad descomunal” como “un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza”. Dirá: “Todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle un poco a la imaginación porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida”. Y señalará: “Frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida”. En estas apreciaciones se expresa una ética y una estética, que constituyen una de las aporías del autor: la asunción de un compromiso, celebración de la vida en la fiesta de la desmesura; y representación ficcional de las razones no sólo culturales sino también ontológicas de la soledad. Esta aporía, por ejemplo, permite romper la noción de espera esperanzada de Kant, para quien, “hay razones para la esperanza si aprendemos a esperar”, y representa, por ejemplo, en El coronel no tiene quien le escriba, esa espera sin objeto que años más tarde, Beckett representará en Esperando a Godot, como una de las escenas emblemáticas de la postmodernidad. Así como también creará una metáfora para hacer posible la felicidad imposible, al final de El amor en los tiempos del cólera. Esa aporía creará grandes metáforas para significar el despojo por parte del poder, tal la imagen de los vagones transportando los cadáveres de las trabajadores para echarlos al mar, en Cien años, o la imagen de la venta del mar, en El otoño..., en oposición a otras metáforas como la de los gallinazos removiendo el tiempo estancado en el inicio de El otoño..., en el instante en que el “nosotros” colectivo toma no sólo el palacio sino también la palabra, en la novela.

Aporía y desmesura que devela la aporía y la desmesura del poder, su crueldad rasgando todas las cosas. El otoño del patriarca, esa novela portentosa sobre el poder, es el espejo de nuestra cultura a lo largo del camino. La realidad, como lo intuyera Wilde, no hará desde entonces sino imitar lo que en el arte de la ficción del Gabo se expresa. Señalemos un solo ejemplo: “…cuando Bendición Alvarado vio a su hijo en uniforme de etiqueta con las medallas de oro y los guantes de raso que siguió usando por el resto de su vida y no pudo reprimir el impulso de su orgullo materno y exclamó en voz alta ante el cuerpo diplomático en pleno que si yo hubiese sabido que mi hijo iba a ser presidente de la república lo hubiera mandado a la escuela, señor”.

Esta aporía quizás explique la fidelidad de este autor pantagruélico con lo real. De allí su permanente indicación de su formación periodística; de allí las crónicas que pueden desplazarse hacia la densidad novelística sin perder su condición de testimonio de una realidad concreta. Así el libro sobre Miguel Littín en Chile; así ese libro duro y humano, Noticia de un secuestro. De allí la fidelidad a la transparencia y a la sabiduría de la experiencia de lo cotidiano, de allí la obsesión por el desciframiento, acto que al final de Cien años... une ficción y realidad.

Seis

Esta ficción de prodigios y desmesuras, de presagios y premoniciones, de voluntades capaces de cambiar el curso del tiempo pero finalmente sometidas a su fatum, nos muestra lo que Lezama llamaría la imagen evaporada de la cultura: sus paradojas y transparencias; sus carencias y desmesuras, su humor y su tragedia; su violencia y su capacidad de amor: las infinitas formas de su soledad. Quizás los Buendía, nuestra estirpe condenada, no tenga una segunda oportunidad sobre la tierra, como dicen las deslumbrantes y escépticas últimas líneas de Cien años de soledad, pero quizás, como diría el autor tiempo después en una hora de optimismo, quizás después de todo si tengamos una segunda oportunidad sobre la tierra, pues si la virtud de Remedios fue la de ser profundamente bella y volar entre sábanas, quizás la única virtud de la esperanza sea la de una desmesurada y pantagruélica terquedad.