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El antisemitismo, a babor

El antisemitismo / Créditos: Natalie Behring/Reuters

El antisemitismo / Créditos: Natalie Behring/Reuters

Ahora mismo se registra otro repunte del antisemitismo en Europa

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El siempre recurrente antisemitismo recuerda a ratos la famosa primera frase de Anna Karenina, aquello de que “todas las familias felices se parecen, pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada”. Tan ubicuo y proteico como la familia, no hay sociedad que no haya en mayor o menor grado cultivado el antisemitismo y padecido sus consecuencias, que son siempre graves y no sólo para los judíos, sino para todos sus miembros. Eso sí, por más que las diversas formas de antisemitismo guarden, redundantemente, un aire de familia, no puede decirse que haya un antisemitismo arquetípico, a la manera de las tolstoyanas “familias felices”. Porque nada hay que se parezca a un “antisemitismo feliz”, desde luego, pero sobre todo porque si el antisemitismo se mantiene y perdura, es debido a su capacidad para mutar y adaptarse a las circunstancias del momento. Sobre todo, a las políticas. Lo que es otra manera de decir que el antisemitismo a secas no existe desligado de sus manifestaciones históricas. El apotegma de Tolstói, por cierto, también admite una lectura suavemente irónica: esas familias felices, de existir, no presentan el menor interés; sólo lo tiene, siempre, cada caso individual considerado en su unicidad, claro, pero una unicidad que no excluye y es aun tributaria de circunstancias compartidas por los otros ejemplares de su especie.

Como sea, el hecho es que para reconocer, conocer y analizar el antisemitismo, lo de ponerse a detectar réplicas de los terremotos del pasado no parece que sea el método más eficaz. A veces pierden esto de vista quienes justificadamente denuncian las actuales manifestaciones de antisemitismo, con el lamentable efecto de perder también el tiempo desmontando viejas granadas inservibles, en lugar de centrarse en desactivar las bombas a punto de estallar. Véase el quijotesco empeño en sacar del Diccionario de la Real Academia la voz “judiada”, que tanto recuerda, por cierto, los afanes de las feministas más ultras en expurgar de la lengua todo rastro de supuesto “machismo”, que las lleva aun a confundir género biológico con género gramatical.

El neoantisemitismo en Europa

Lo cierto es que ahora mismo se registra otro repunte del antisemitismo en Europa. Pero antes de repetir voces gastadas (“es el viejo antisemitismo de siempre”, “los europeos, ya se sabe, no han dejado nunca de ser antisemitas”) conviene recordar algo que Tony Judt, con la agudeza que le caracterizaba, señaló hace casi una década en un artículo (1) sobre aquel otro brote de antisemitismo que, al calor de la segunda intifada, afectó de manera especial al Viejo Continente. Judt llamaba la atención sobre la distancia entre Europa y Estados Unidos a la hora de valorar el neoantisemitismo (o la nueva judeofobia, en la más certera expresión de Pierre-André Taguieff): “El antisemitismo, hoy, es un problema real. También es un problema ilusorio. Distinguir entre lo uno y lo otro es uno de los asuntos de actualidad que más dividen a Europa y Estados Unidos. La inmensa mayoría de los europeos aborrece las recientes agresiones a judíos e instituciones judías y las toman muy en serio.

Pero en Europa se considera que estos ataques son por lo general el producto de circunstancias locales, y que están estrechamente relacionados con la evolución política de los acontecimientos en Europa y Medio Oriente (…) Desde Estados Unidos, sin embargo, se considera que Europa (y especialmente la “vieja” Europa occidental) se ha entregado al vicio de la reincidencia, que está reviviendo su arquetipo, por así decirlo. (…) entre las elites estadounidenses, pero también para el resto de la población, se da por sentado que Europa no ha aprendido nada de su pasado, y que el antisemitismo ha vuelto a inundar la vieja casa europea”.

Es preocupante, sin duda, que partidos políticos declaradamente antisemitas tengan hoy representación en Parlamentos democráticos de países europeos y por primera vez, además, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial; es el caso de Jobbik en Hungría, Amanecer Dorado en Grecia, y Libertad en Ucrania. Es aconsejable, sin embargo, no perder de vista el hecho de que esos partidos, y algunos otros que hoy sientan plaza en la política europea, no son sólo antisemitas. Muchos de ellos también estigmatizan y persiguen a los gitanos o a los homosexuales, y todos ostentan un agresivo ultranacionalismo, son opuestos a la Unión Europea y abominan del “cosmopolitismo”.

No sólo países “periféricos” de Europa registran hoy nuevos brotes de la vieja dolencia: Francia, el país de Europa occidental con la comunidad judía más numerosa (500.000), acumula casi un cuarto de siglo de neoantisemitismo, desde el negacionismo de Jean-Marie Le Pen, declarando en 1987 y repitiendo en 2005 y 2008 que las cámaras de gas fueron “un detalle” de la Segunda Guerra Mundial, hasta el asesinato, en 2012, de un maestro rabino y tres niños judíos en el ataque a la escuela Ozar Hatorah de Toulouse por un francés islamista. El más reciente informe anual sobre antisemitismo (2) elaborado por el Centro Kantor para el Estudio del Judaísmo Europeo Contemporáneo de la Universidad de Tel-Aviv, documenta 30% de aumento en 2012 en agresiones y actos vandálicos antisemitas en todo el mundo, después de dos años de descenso de este tipo de violencias; y en este contexto, Francia registró el mayor incremento respecto de 2011 (60%) y exhibe 28% del total de las contabilizadas globalmente. Que Francia también sea el país europeo con el mayor número de musulmanes (entre 5 y 6 millones) entre su población es apresuradamente considerado por algunos como un factor determinante en el agravamiento de las violencias antisemitas en este país. Es verdad que el número de agresiones a judíos cometidas por franceses musulmanes se ha disparado en la última década, pero si se toma en cuenta que en su mayoría éstos se declaran laicos o no practicantes, uno de los catalizadores del brote de antisemitismo entre franceses musulmanes, más que el confesionalismo o aun el fundamentalismo islámico, parece ser el hecho, revelado en un reciente estudio de la Fundación Jean-Jaurès, de que votan mayoritariamente a partidos de izquierda. De hecho, por primera vez en la historia electoral de Francia, los musulmanes han pasado a constituir el electorado de base de estos partidos, desplazando a los obreros (que, según este mismo estudio, votan mayoritariamente al Frente Nacional de Marine Le Pen).

La izquierda postcomunista, semillero de antisemitismo

Que el antisemitismo en Europa ha dejado de ser patrimonio de la extrema derecha y que hoy funda su legitimidad en el discurso de la izquierda radical, debiera bastar para disipar ese espejismo retrospectivo que Judt detectaba en la mirada de los estadounidenses sobre Europa. El antisemitismo, una vez más, demuestra su capacidad de mutación y adaptación al entorno. Sí, hay antisemitismo hoy en Europa; no, no es un torniamo all’ antico, sino el reflejo de una realidad compleja y cambiante, que pilla por sorpresa sólo a los ingenuos, a los desinformados o a los hipócritas. Aquello de que ser de izquierdas es incompatible con la xenofobia, el racismo y el antisemitismo, si alguna vez fue una verdad inconmovible, hoy ha devenido en un fantástico mito negativo. Descontada esa rémora de los tiempos de la Guerra Fría que es el antiamericanismo, si un factor hay que unifique hoy las diversas familias de la izquierda política es un antisemitismo cada día menos vergonzantemente disimulado tras el de todos modos transparente velo del antisionismo militante. Y no, no es que no se pueda criticar a Israel, como hacen, sin ir más lejos, los mismos israelíes, y además con una constancia y un vigor fiscalizadores que pocos ciudadanos de otros países manifiestan ante las políticas de sus gobernantes. El antisionismo militante, seña de identidad de las izquierdas postcomunistas, se manifiesta en la sistemática deslegitimación del derecho de Israel a existir, a menudo acompañada de la nauseabunda costumbre de equiparar cualquier medida de orden público y cualquier acción militar adoptada por los gobiernos democráticos de Israel con los planes genocidas del III Reich. Aprovechando –claro que por la más pura de las meras casualidades– el hecho de que quienes los padecieron en primerísima instancia fueron los judíos.

Y por si se piensa que esto es una exageración, pregúntese el lector venezolano por qué su país ha conocido las primeras agresiones contra judíos y recintos judíos de las que se tiene memoria en más de un siglo, precisamente cuando gobiernan Venezuela un partido y unos políticos que se ufanan de representar las esencias de la izquierda postcomunista.

NOTAS
1 “Goodbye to all that”, Prospect, 18 de diciembre de 2004.

2 Puede descargarse aquí: http://www.kantorcenter.tau.ac.il/general-analysis-2011.