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Nuestro amigo común: Los Increíbles

Fotograma Los Increíbles / Foto cortesía

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A propósito del 20 aniversario de Pixar

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La contraseña de acceso al plan malvado de Síndrome, el villano en Los Increíbles (2004, Brad Bird), es Cronos, hijo de Urano y Gea y primero en rebelarse contra el padre, por demás por motivos políticos, por poder. Cronos, el joven titán, se niega a que su padre detenga el devenir titánico: lo castra y este los maldice, a él y a sus hermanos. De su horrible crimen nacerán las tres Erinias.

Bob, Helen (es decir, Míster Increíble y Elastigirl) y sus hijos llevan años tratando de parecer normales y encajar en la sociedad. En sus días de gloria, Míster Increíble y muchos otros superhéroes fueron demandados por daños colaterales a sus actos de heroísmo: muy bien que salven vidas, pero dejan reparaciones demasiado costosas pendientes. En esa ola de acciones legales el ciudadano de a pie, furioso, exige que los súper vivan una vida en la que sus poderes no se hagan públicos, es decir, lo más cercana posible a las suyas mediocres. La palabra erinia deriva de un verbo griego que significa enloquecer de furia. Las Erinias, diosas de la venganza y la locura, infunden odio y resentimiento para conducir al sujeto a la venganza y la locura. También la castigan.

Síndrome, en ese entonces Incrediboy, insiste en ser el ayudante de Míster Increíble. El problema es que el niño complica el trabajo del superhéroe con su ansiedad y torpeza ingenua. Su presencia en los lugares de acción ha llevado a que un villano importante se escape. Míster Increíble le dice que regrese a casa; él se encargará de los malhechores. Se gestaría entonces Síndrome, un asesino de superhéroes que pretende hacer creer que es uno de verdad frente al ciudadano común, pues por supuesto, nunca le interesó realmente ser un guardián de la seguridad y el orden, solo ser aclamado por el pueblo.

Dos ojos por uno

Los motivos de la venganza y el desquite pueden o no ser reales. Orestes mata a Clitemnestra, su madre, porque esta asesinó a Agamenón, su padre. En Los imperdonables, William Munny mata a Little Bill porque este mató a su amigo Ned y exhibió su cadáver en la entrada del bar. Adolf Hitler y sus seguidores llevan a cabo el Holocausto por sentirse disminuidos, casi regañados, por haber perdido la guerra y firmado el Tratado de Versalles; los espartanos se ofenden por el muro que construye Atenas durante su época de gloria y atacan la ciudad dándole inicio a la Guerra del Peloponeso; y la Unión Soviética instaura un Estado de terror tras la Segunda Guerra al seguir siendo tratada por Occidente como un outsider (y no ha cambiado mucho). Los últimos tres casos no parecen coincidir con el “ojo por ojo”. Hay más.

La ofensa de Míster Increíble casi no es tal, pero las Erinias no solo aparecen cuando se trata de ofensas y crímenes graves. Hera, prisionera de sus celos, envió a las Erinias a atormentar a una amante de Zeus. El trío está también al servicio de la irracionalidad y el ataque violento y caprichoso. Cuando esas reacciones, en principio pequeñas, impulsivas, se las reprime y rumea en el tiempo, solo hace falta esperar que las leyes y el Estado se debiliten y fragmenten en grupos rivales, pues es la oportunidad idónea para darle rienda suelta a las venganzas e impulsos individuales reprimidos (la revolución lo hace siempre). La venganza no tiene por qué ser violenta, pero la revolución sí, por aquello de que va al inicio, de que pretende construir desde cero negando la realidad, “destruir para construir” (como escuché hace poco en la boca de un pobre tonto muy peligroso). Por eso la venganza y el terror en revolución son necesariamente violentos y crueles.

Como Cronos con Urano, Síndrome vio posible una relación padre-hijo con Míster Increíble, y la negativa del superhéroe a darle su aprobación lo llevó infantilmente a vengarse. Síndrome no solo busca la satisfacción de su resentimiento por esa ausencia de aprobación paterna. También quiere la igualdad: bajo pretexto imaginario de que Míster Increíble no lo quiere porque no tiene poderes, Síndrome desarrolla desde un volcán (“le atrae el poder”) artefactos de alta tecnología para volar (un deseo infantil que le presume a su figura paterna), tener súper fuerza, rayos paralizantes y más. Quiere cuando esté viejo regalar todos sus inventos a la gente común para que cualquiera pueda ser súper. Quiere acabar con la excelencia. Su mediocridad y sus impulsos reprimidos se han concentrado con el tiempo para darles cauce con la venganza. Así como los poderes de cada súper reflejan sus personalidades, los de Síndrome, inevitablemente, destruyen. Y es su infantilismo lo que lo derrota (Edna, la diseñadora-oráculo, anunciando el destino insiste en que los nuevos trajes de los Increíbles no lleven capa). La misma destrucción infantil que procura el resentimiento termina, por supuesto, destruyendo también al resentido.

Los poseídos

En este país, la excelencia, la Universidad, ese único lugar donde las Erinias aún no hacen fiesta, hace el intento de resistir al arrebato aunque se encuentren en ella algunos de aquellos poseídos y endemoniados, portadores de odio y estupidez. Los increíbles existen, por más que Síndrome y una cantidad frustrante de gente que no quiere entender nada no lo acepte. Pues la Razón representada en el dios Apolo intercede en el juicio a Orestes, y logra que la locura que producían las Erinias se desvanezca. Bird lo sabe y Ratatouille (2007, Bird) también lo desarrolla. Que el resentido enfrente con entereza que siempre los habrá mejores que él.