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Nuestro amigo común: El idiota

El filme es dirigido por Yuri Bykov / Foto cortesía

El filme es dirigido por Yuri Bykov / Foto cortesía

“La nostalgia por el comunismo se sigue alimentando en muchos rusos que no han querido comprender que la maldad de sus compatriotas –y la propia– existe al margen de la forma de producción económica pero no de la ideología”

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En la rusa El idiota (2014, Yuri Bykov) un hombre común –plomero, estudiante de arquitectura, padre de familia– se enfrenta a la sociedad con la esperanza de salvar cerca de ochocientas vidas y de que quienes las han puesto en peligro paguen por ello. Dima Nikitin (Artyom Bystrov) es aquel personaje que cree que una persona hace la diferencia y que hay sistemas corruptos que deben ser denunciados para ser condenados y otorgarles la oportunidad de rectificar. Pero hay algo más. Dima apuesta por la bondad y el agradecimiento de la masa.

Fedotov, uno de los jefes de la nomenklatura municipal en la ciudad rusa donde todo ocurre, le pregunta a Dima cuando este aparece –con las malas nuevas de que un edificio con alrededor de ochocientos habitantes al que ha ido a verle las cañerías está por colapsar en las próximas cuarenta y ocho horas–, por qué ha venido a revolver la mierda. Al parecer esta expresión es antigua y frecuente entre los rusos: una nota en el New York Times sobre la hija de Stalin, Svetlana, la describe explicándole a su interlocutor que en Rusia hay un dicho popular difícilmente traducible al inglés, que dice algo parecido a “no toques la mierda y no apestará” (prácticamente la respuesta del gobierno de Putin a la declaración del experto inglés acerca de su presunta vinculación con el envenenamiento del espía Litvinenko). Y es que el edificio en cuestión está en condiciones pésimas y peligrosas por una razón cercana a Putin y sus compinches: se robaron todo el dinero y solo pintaron la fachada. Dima lo sospecha y sale a alertar a la mitad de la noche a la cúpula gubernamental (alcaldesa, jefe de la policía, jefe de los ingenieros y jefe de los bomberos) quienes, borrachos de poder y de vodka, celebran un cumpleaños.

La crítica de Bykov no se limita a la corrupción de los gobernantes. Los ochocientos y tantos en peligro en realidad son pandillas de adolescentes drogadictos, viejos borrachos que solían pertenecer a la mafia, prostitutas y malhechores agresivos que golpean sin piedad a sus mujeres e hijas hasta que sangran. La masa a la que Dima quiere salvar es soberbia, estúpida y mala como lo es una buena parte de los miembros de la nomenklatura. El mal gobernando al mal. Deja ver además la mezquindad y banalidad de aquellos responsables, quienes pierden el tiempo acusándose unos a otros entre riñas infantiles e intrascendentes mientras, literalmente, el edificio se les viene encima. Sabemos quiénes son los idiotas.

Si bien pareciese que quien se salva de la condena de Bykov es el propio Dima (y un personaje más que no lo parece, pues la película no está exenta de cierta moralina), verlo poner en peligro su vida para salvar a los ochocientos no solo presenta a un Dima que cree que se debe al bien de los otros, sino que sin duda confía en la solidaridad y la bondad de las víctimas. No contar con la maldad de la gente al querer ejercer autoridad en una sociedad como la rusa (y la nuestra) contemporánea puede llevar a la conclusión inesperada que vive Dima en El idiota. Como si Bykov quisiera decir que, de funcionar de otra manera la sociedad –sin la codicia que procura la corrupción de los gobernantes y la miseria de las clases bajas– otra sería la historia. La nostalgia por el comunismo se sigue alimentando en muchos rusos que no han querido comprender que la maldad de sus compatriotas –y la propia– existe al margen de la forma de producción económica pero no de la ideología. Declaraciones de una secretaria del Partido en la Unión Soviética, Yelena Yúrevna, dejan ver que setenta años de totalitarismo no pueden pasar en vano: “El poder soviético ha sido desmantelado. ¿Y qué se nos ha ofrecido a cambio? Un ring de boxeo, la selva… el gobierno de los gánsteres” (en El fin del Homo sovieticus, de la nobel Svetlana Aleksiévich). Palabras muy preocupantes que con seguridad escucharemos más adelante de los mismos trasnochados de siempre. Me interesa más otra frase de Yúrevna que revela una condición de los personajes de El idiota, de nuestros tiempos y de la que quizás, lamentablemente, no escaparemos: “Dar libertad a los rusos es como proporcionar anteojos a una comadreja. Nadie sabe qué hacer con ella”.