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Nuestro amigo común: ¡Al fuego, bomberos!

 Fotograma de “¡Al fuego, bomberos!” / Foto cortesía

Fotograma de “¡Al fuego, bomberos!” / Foto cortesía

“Cuando se organiza la proyección de la cinta de Forman, las mentes brillantes censoras decidieron que sería mejor hacerlo en la localidad donde fue filmada la película, pues aseguraban que allí los bomberos se verían a sí mismos ridiculizados por el cineasta y sentenciarían furiosos la cinta al desconocimiento” 

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La ironía y el humor checos podrían ser consecuencia de que fueron invadidos por el nazismo y luego por el comunismo soviético, justo cuando pensaban que ya había pasado lo peor. La llamada Nueva ola checoslovaca sucede entre 1960 y 70 y convierte a ese país en objeto de las miradas neoyorquinas y parisinas interesadas en el cine de los países socialistas. Milos Forman, uno de sus máximos exponentes, dirige ¡Al fuego, bomberos! (1967), una sátira que cuenta lo que sucede en la fiesta de un departamento de bomberos en la Checoslovaquia de los años sesenta.

Sortear la censura

Forman ha contado esta historia muchas veces: venía del éxito que le produjo Los amores de una rubia (1965) y estaba decidido a superarlo. Forman y sus coguionistas Ivan Passer y Jaroslav Papousek se encontraron con muchas calles ciegas durante la escritura del nuevo guion, y para despejarse decidieron acudir a una fiesta del departamento de bomberos local. Al día siguiente, cuenta Forman, no podían dejar de hablar de lo horrible que les había parecido. Crean el guion a partir de estas experiencias y cada vez que se les complicaba el asunto, regresaban a jugar a las cartas y conversar con los bomberos. Estos serían los actores de la película.

Una vez filmada ¡Al fuego, bomberos! debía pasar por los ilustres censores del partido comunista. Dice Forman que para entonces se daba la Primavera de Praga y la manera de censurar se había relajado bastante. Ya no consistía en la orden directa de prohibición de parte de algún jerarca pesado e inepto, sino que se trataba de una suerte de censura light en la cual se convocaba a una proyección para el pueblo donde este daría sus impresiones y decidiría el futuro de la película. La proyección, cómo no, contaba con los acostumbrados infiltrados que pedían la palabra para quejarse de lo insultante que resultaba la película para la clase obrera, o cualquier excusa comunistoide similar, condenando muchísimas películas a permanecer bajo llave por décadas.

Cuando se organiza la proyección de la cinta de Forman, las mentes brillantes censoras decidieron que sería mejor hacerlo en la localidad donde fue filmada la película, pues aseguraban que allí los bomberos se verían a sí mismos ridiculizados por el cineasta y sentenciarían furiosos la cinta al desconocimiento. Incluso aconsejaron a Forman que no asistiese: podía ser atacado por la masa enardecida. Se enteró luego de que habían hablado los infiltrados y su reacción tuvo eco en la pequeña audiencia, hasta que un bombero local de los que aparecían en la película tomó la palabra: elogió la verosimilitud de la trama recordando que una vez llegaron tarde a un incendio porque estaban borrachos, u olvidaron parte del equipo, y otras torpezas semejantes. Aun así fue vetada y Carlo Ponti, el productor italiano que dio parte del dinero para esta sátira, pidió su inversión de vuelta tras haberla visto pues coincidía con los censores.

La película ya terminada en 1967 tuvo que esperar para ser estrenada hasta que se reintegrase el dinero de Ponti. Forman entonces sacó la artillería pesada: proyectó la película para su amigo Francois Truffaut en París, quien pagó la deuda e hizo que la película llegase lejos, hasta el Festival de cine de Nueva York de 1968. Con la llegada de los tanques rusos a Praga ese mismo año la película fue “prohibida para siempre” por los soviéticos. Forman diría que afortunadamente para los comunistas, “para siempre quiere decir veinte años”, y la película pudo exhibirse después. Ah, el humor checo.   

Hermanos socialistas

¡Al fuego, bomberos!, una de las mejores películas de la historia del cine, cuenta el antes y el durante de una fiesta que hacen los bomberos para homenajear a un compañero que está por jubilarse. Se prepara una rifa con objetos y alimentos que escasean –jamón, una torta de chocolate, etcétera– y se exhiben en el salón del festejo. Desde el inicio todo sucede con mucha torpeza. Mientras la gente bebe, conversa y se roba una que otra cosa de la exhibición (porque “quien no roba se lo quita a su familia”), el politburó bomberil se reúne en una oficina para organizar un concurso de belleza por el que las chicas más lindas no tienen el menor interés. El escenario es grotesco, patético y muy gracioso. Cuando se enteran de que hay un incendio cercano y salen bebidos a atenderlo se les atasca el camión en la nieve y otras metidas de pata similares. Es el sistema comunista soviético y sus maneras; “no tenía el propósito de rodar una alegoría política” dice Forman, “es solo que en esta historia de la tómbola robada los representantes principales del partido comunista se identificaron consigo mismos”.

El rock star de la filosofía Slavoj Zizek señaló una escena de esta película checa para hablar del trastorno de la figura del líder de un totalitarismo como el soviético. ¿Cómo es posible subvertir con humor la solemnidad alrededor del líder todopoderoso? Zizek responde que no es suficiente burlarse de él, que cualquiera puede hacerlo. La subversión real se da ridiculizando al pueblo que lo apoya y lo hace posible. Así sucede en la escena del desfile para el concurso de belleza y en trampas y triquiñuelas que rayan en lo risible por vergonzosas y ruines (propias de otros politburós por desgracia mucho más cercanos). Solo quien ha superado la nostalgia y el trasnocho sesentoso puede reír de aquel chiste en el que un checo y un ruso encuentran un cofre lleno de oro, y el ruso le ofrece compartirlo como hermanos socialistas, a lo que el checo responde “como hermanos socialistas no; a la mitad”.