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Nuestro amigo común: La dolce Anita

Fotograma de La Dolce Vita / cortesía

Fotograma de La Dolce Vita / cortesía

“Anita Ekberg dijo una vez que fue ella quien hizo famoso a Fellini, y no al revés. El gigante Federico estaba de acuerdo”

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Anita Ekberg murió y se podrían escribir las notas más tristes esta tarde. Murió a comienzos de este año tras haber enfermado, y habiendo perdido su casa en Roma luego de que esta ardiese en 2011. Nunca tuvo un matrimonio exitoso ni relaciones largas con quienes fueron sus amantes. La mayoría de las notas de prensa alabó sus atributos físicos, en una suerte de himno a sus mamas mayúsculas.

Anita Ekberg dijo una vez que fue ella quien hizo famoso a Fellini, y no al revés. El gigante Federico estaba de acuerdo. Le comentó al editor de cultura Constanzo Constantini (en Fellini. Les cuento de mí, Sexto piso) que para él La dolce vita (Federico Fellini, 1960) se identifica con la actriz sueca más que con cualquier otra cosa. Su belleza monstruosa, portentosa, dijo Fellini, era algo que no había visto nunca. Y Marcello (Mastroinanni) tampoco. La noche que la conoció le dijo al director que esta bomba sexual le recordaba a un soldado de la Wehrmacht.

La primera vez que se ve La dolce vita –dada la magnitud de la fama de los protagonistas y el director–, se espera la llegada de Anita Ekberg como la brisa de verano, y cuando esta sucede es todo y más de lo que se podría desear. Sylvia, su personaje, se bambolea aquí y allá para complacer a los paparazzi. Para la famosa escena en la Fuente de Trevi Ekberg se internó en el agua helada con su escote magnánimo y permaneció allí inmutable. “Marcello, come here!”, le gritaba Sylvia feliz al personaje de Mastroianni desde la fuente, mientras Marcello –el actor, no el personaje– no paraba de beber vodka para soportar el frío. Es incomprensible cómo no se tiró de cabeza en la fuente al verla llamarle. Las secuencias son mágicas, espléndidas. Anita se adueña de la pantalla con magnetismo ineludible.

Muchos hablan del impacto del Cristo elevado en helicóptero del inicio de esta película de Fellini. Pensándolo bien, la verdadera impresión, la imagen más memorable en La dolce vita –a pesar de aparecer durante menos de un cuarto de la duración total de la película– es la Ekberg. También nosotros correríamos como Marcello tras ella escaleras arriba en la cúpula de San Pedro, así como caminaríamos por las calles solitarias de Roma de madrugada para buscarle un plato de leche a su gato, y sin duda, la seguiríamos embelesados a la Fuente de Trevi titiritando.

Es la belleza. Umberto Eco aclara que el sentimiento de lo bello no está nunca ligado al deseo. Lo bello lo es en sí mismo, independiente de las ganas de posesión. Rik van Nutter, Tyrone Power, Dean Martin, Frank Sinatra, King Vidor, Fellini, Mastroianni, son solo algunos de los caballeros que prefirieron a esta rubia y que con seguridad habrían estado en desacuerdo con Eco. Muchos fueron sus amantes, otros compañeros de trabajo, y siempre dijeron lo mismo sobre Anita. Era bella, y su belleza era inverosímil. Estar frente a algo semejante parece ser arrebatador: se abandona cualquier situación por la contemplación, lo mundano por lo trascendental. Reconocerlo tal vez sea que aún en estos tiempos algo cautiva el espíritu en estas sociedades inmersas en el infantilismo de un selfi.

El Hollywood de hoy parece haber perdido algo de su glamur. Ya no las hay como Anita en el cine, excepto, tal vez, por Scarlett Johansson, quien le bajó al platinado de su cabellera como renunciando a la insistencia del público en compararla con otras rubias en apariencia más bobas y en definitiva más inmortales. A cincuenta y cinco años de la primera proyección de La dolce vita, las imágenes de Anita Ekberg bailando y adentrándose en la fuente siguen siendo aquellas con las que se reconoce y presenta la película. Y aunque Marilyn sea en realidad el mito de la mujer rubia, hay bellezas ante las que no se puede sino sentir fe. Goodbye, Anita.