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Nuestro amigo común: Timbuktú

Fotograma de “Timbuktú” / cortesía

Fotograma de “Timbuktú” / cortesía

“El fútbol, como el cigarrillo, la música, el sentarse en las entradas de las casas, el que las mujeres salgan sin calcetines ni guantes y un sinfín de actividades más, están prohibidas en la ciudad con la llegada de los yihadistas”

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Timbuktú (Abderrahmane Sissako, 2014) cuenta la historia de los pobladores de esta ciudad maliense tras la llegada del Estado Islámico. En esta película africana un grupo de muchachos hace estiramientos y calentamientos en un terreno. Uno de ellos viste una camisa del Barcelona, que detrás reza “Messi”. Se agrupan para jugar al fútbol, a la distancia se ve la meta. El fútbol, como el cigarrillo, la música, el sentarse en las entradas de las casas, el que las mujeres salgan sin calcetines ni guantes y un sinfín de actividades más, están prohibidas en la ciudad con la llegada de los yihadistas. La escena prosigue, los muchachos comienzan a jugar. Sin pelota. La pelota es imaginaria. Avanza el juego, se hacen pases, se defiende, se ataca, se hace gol. Un par de yihadistas se acerca en una moto (¿en qué más?) y rodea el espacio del partido. Armados, cubiertos salvo los ojos y las manos, observan de cerca que el balón no esté: ya han castigado a uno que por desgracia dejó a la vista el suyo que, asumimos, fue destruido. Tras un par de vueltas desaparecen y el juego continúa. Esta imagen podría levantar esta interrogante: ¿por qué no castigar si, a pesar de la obvia ausencia de la pelota, en efecto el juego se está llevando a cabo? Más adelante, en otra escena, Abdelkerim, uno de los islámicos, se esconde entre las dunas para fumar un cigarrillo. Y en una escena más, los yihadistas se reúnen entre los angostos pasajes de la ciudad para hablar del Barcelona y del desempeño de Francia en los mundiales.

 

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La muerte de Dios anunciada por los filósofos implica el vacío al que se refiere Terry Eagleton en Terror santo (Debate), aquel que se llenó con algo que los soviéticos llevaron a la práctica en plena consciencia de las consecuencias: la revolución. Ese Occidente reemplazó a Dios con el Hombre, dice Eagleton. 

El mundo islámico no pasó por las etapas de pensamiento que experimentó Europa. En él la idea del vacío no puede vivirse como en Occidente. Sin embargo, señala Hans Magnus Enzensberger (en El perdedor radical, Anagrama: lea un comentario en http://contrapunto.com/noticia/la-experiencia-de-leer-17058/) que el terror islamista y el comunismo manejan símbolos, ideas, técnicas y adversarios en común.  Para ambos, la historia es inflexible y los traidores deben ser descubiertos, dice Enzensberger.

 

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La respuesta a la interrogante en el primer apartado pareciese estar vinculada con las escenas mencionadas después de esta. El par de hombres que llega a merodear al partido de fútbol no ha entendido qué está sucediendo. No parecen estar en capacidad de asimilar que el juego pueda jugarse sin el balón. El islámico no puede con sus prohibiciones abarcar lo imaginario. Los muchachos en juego son libres. Cuando Abdelkerim va a las dunas a fumar se esconde pero, ¿de quién? No de Alá, Todopoderoso, sino de los hombres: como si Sissako quisiera decir que, en realidad, Abdelkerim no cree. En el juego de fútbol sin balón el dios de esos muchachos está muerto, y el vacío debe ser llenado con algo.

Un espectáculo occidental como el fútbol (Enzensberger comenta que existe la dependencia de los guerreros islámicos de las prácticas más ramplonas e infantilizantes de Occidente, como ese cine taquillero y chato de Hollywood, la publicidad y el fútbol, entre tantas otras cosas como la tecnología de las armas y la comunicación) procura un rating que ansían, que deben conseguir por medio de la performatividad. Así, en lugar de jugar al fútbol, el Estado Islámico ejecuta frente a las cámaras sus asesinatos, salvajismos, atropellos, destrucciones. Remplazar al enemigo, inconveniente, infiel, traidor, pelucón, y demás epítetos, por un hombre nuevo, es instaurar el infierno, pero nunca comparado con aquellos que no buscan siquiera el reemplazo. Solo la muerte.

 

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La mirada de Sissako toma distancia prudencial de las situaciones y personajes en armonía con el ánimo documental, respetando así esa ambigüedad de la realidad representada característica del cine neorrealista. Timbuktú construye un panorama de una ciudad ocupada, colonizada mediante una serie de personajes que irán exponiendo distintas formas de resistencia o aguante frente a lo prohibido, impuesto, reprimido. Y de cómo se huye sin descanso cuando quien persigue puede solo buscar el terror.