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Nuestro amigo común: Taxi

Jafar Panahi en Taxi (2015) / Foto cortesía

Jafar Panahi en Taxi (2015) / Foto cortesía

Las personas más variopintas suben y conversan con el conductor, que no es otro sino Panahi, quien no cobra pero sí graba

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Jafar Panahi hace cine desde finales de los ochenta. Su película El círculo (2000) expuso la lucha de las mujeres para hacerse un mejor lugar en la sociedad iraní, un asunto que no entraba en conflicto con las propuestas de la era de las reformas del expresidente Mohammad Jatami. Fuera de juego (2006), sobre la exclusión de las mujeres de asistir a los estadios de fútbol, fue la primera película de Panahi durante la Revoluciónra película de Panahi bajovolucigos de fra de las reformas de Jatam iran o salir del pa y, desde entonces, ha sido víctima de la vigilancia del Estado. Tras haber sido condenado en 2010 a no hacer más cine por veinte años aparece su respuesta al régimen: Esto no es una película (2011), rodada en casa y traficada fuera de Irán en una memoria USB escondida dentro de un pastel de cumpleaños. En 2013, el mismo año en el que finalizaría el periodo de gobierno de nuestro amigo cercano, organizador y promotor de la Conferencia Internacional para la Revisión de la Visión Global del Holocausto en 2006, Mahmud Ahmadineyad, Panahi presenta Closed curtain, la historia sobre un escritor aislado y una fugitiva del régimen. Taxi (2015) es su película más reciente.

La cámara está sobre el tablero del taxi. Las personas más variopintas suben y conversan con el conductor, que no es otro sino Panahi, quien no cobra pero sí graba, confinado la mayor parte del tiempo en el vehículo. Taxi es la historia de un hombre que sabemos encerrado y vigilado en Irán y que, burlándose de las sentencias absurdas del régimen, se convierte en taxista y cineasta al mismo tiempo para enseñarnos a la sociedad iraní en un puñado de personajes y hablar de la censura. Recorre Teherán con una maestra que discute sobre la pena de muerte, una abogada sumergida en acusaciones y defensas en casos como el de Panahi, o un vendedor de películas piratas simpático, único vínculo para que algunos cinéfilos de la ciudad puedan hacerse con el cine de Woody Allen. Una de las intervenciones más importantes llega con Hana, la sobrina de Panahi, quien está haciendo una película para el colegio y complementa el material de su tío con el suyo propio: sujeta su cámara durante buena parte del recorrido mientras conversa con Panahi sobre los parámetros de los maestros para la hechura de dicha película. Entre ellos, reglas como alejarse del realismo sórdido, así llamado porque no se trata de la “realidad realidad”: si es oscuro o desagradable, no puede mostrarse.

Resistencia y humor

Bajo el lema “Es posible y nosotros lo podemos hacer” (a tomar nota en España) el régimen de nuestro aliado y camarada Ahmadineyad encarceló a Panahi el primero de marzo de 2009 alegando que no se hacía “por razones políticas” sino por “hacer una película en contra del régimen acerca de los eventos que siguieron a las elecciones”, según declaraciones del ministro de la Cultura. Esta acusación fue desmentida por la esposa del realizador. Panahi hizo una huelga de hambre de diez días y con apoyo internacional y cerca de doscientos mil dólares de fianza fue liberado el 25 de mayo del mismo año. Sufrió interrogatorios con los ojos vendados, similares a los del periodista Maziar Bahari durante las revueltas electorales iraníes del 2009 representados en Rose water (2014, Jon Stewart), una historia basada en su encarcelamiento y tortura. El 20 de diciembre de 2010 fue nuevamente sentenciado a la cárcel por seis años y veinte inhabilitado para hacer cine, conceder entrevistas o salir del país. Panahi pierde la apelación y estuvo bajo arresto domiciliario, aunque según algunas fuentes el cineasta circula por Teherán. La sentencia se fundamenta en que Panahi “hizo propaganda contra el régimen y actuó contra la seguridad nacional”.

Lejos de la estética del cine de denuncia latinoamericano de los sesenta y setenta, como ese cine deliberadamente contestatario y agresivo del Cinema Novo, Taxi sucede entre el documental y la ficción sin caer en propuestas violentas visualmente, ni en ese montaje de fuerte influencia soviética. Con muchísimo humor y calma Panahi va dejando ver una sociedad a la que no compadece. Sin victimizarse o querer deshacer la complejidad de sus taras. En Taxi está una realidad que compartimos y que no tiene nada que ver con réplicas de espadas ni un enemigo común forjado a pulso de resentimiento: tras la enumeración de las reglas para hacer la tarea, Panahi le responde a Hana que “hay realidades que ellos no quieren que sean mostradas” a lo que la niña responde “no quieren que se muestren, pero las hacen ellos”.