• Caracas (Venezuela)

Papel literario

Al instante

Un aire a Duras

Retrato de Marguerite Duras / Fotografía tomada de Internet

Retrato de Marguerite Duras / Fotografía tomada de Internet

“Quizás pueda describirse la escritura de Duras como una escritura cansada: una escritura cansada, cansada desde antes de empezar a escribirse, desde antes de hacerse escribir. Cansada, pero sin descanso. Cansada, pero incansable, inagotable, persistente”

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Para el que escribe, o quiere llegar a escribir, la escritura de Duras puede ser peligrosa: nos hace creer que es fácil y, al hacerlo, nos engaña. En esto estriba en buena parte, por otra parte, la fascinación que ejerce su escritura en los que escriben, o en los que quieren escribir, pensándose, sintiéndose escritores. Voy a escribir así, se dice uno. Puedo escribir así, se dice. Con esta suerte de dejadez, de displicencia, de desgana de la que, no se sabe cómo, se saca una fuerza, un empuje, un aliento, una llama que prende, que pica y se extiende y ya no puede parar.

Se trata de acumular frases, parece. Se trata de acumular frases aisladas, brillantes a veces como destellos, absurdas a veces, clarividentes a veces, redondas como guijarros contundentes, pulidos por un agua de borde, tranquila, persistente, inquieta. Se trata de acumular frases, de acumularlas y de repetirlas, de repetirlas rítmicamente, espaciadamente, convirtiendo cada párrafo en una aglomeración de frases escandidas, como si se escribiera un poema espasmódico, de respiración entrecortada, como bajo los efectos de una especie de asma que obligara o provocara una sintaxis fracturada del discurso, una sintaxis minada, llena de blancos y de vacíos, de pausas, como en un poema vasto y acribillado, lleno de agujeros que, poco a poco, paso a paso, se anulara, se aniquilara, se liquidara a sí mismo y se hiciera nada en la nada, nada de nada.

Uno se dice: se puede escribir así. Se puede comenzar a escribir así: como si uno estuviera cansado ya de escribir antes de comenzar a escribir. Escribir con este cansancio anticipado, con este ritmo de cuerpo convaleciente que se despereza lentamente, parsimoniosamente de su inmovilidad, de su torpor, de su pesantez. Escribir así, como si se comenzara a caminar con el cansancio de no haber caminado nunca. Y escribir así, puede ser que no nos lleve a ninguna parte, a nosotros que nos parece fácil, a primera vista, escribir así, proceder así para escribir, como procede Duras. Pero sólo ella conoce el secreto de ese proceder, sólo ella logra algo procediendo así. Y llena y llena cuartillas, cansada desde siempre sin cansarse, escribiendo cansada incansablemente. Quizás pueda describirse la escritura de Duras como una escritura cansada: una escritura cansada, cansada desde antes de empezar a escribirse, desde antes de hacerse escribir. Cansada, pero sin descanso. Cansada, pero incansable, inagotable, persistente.

La escritura de Duras, tal vez, tiene el ritmo de una respiración de fumadora empedernida, de bronquios obstruidos. Asfixia y parataxis. Cadencia de una respiración gangosa, perturbada por bitúmenes de nicotina y flemas.

A esta escritura de respiración cortante, de respiración tajante, pareciere que le viene bien, y se aviene bien con ella, la estructura espaciada, abierta, del diálogo o, mejor dicho, la estructura de un diálogo que es en realidad la cadencia y la decadencia de un monólogo compartido, entrecortado. A esta escritura de pasos interrumpidos, repentinamente detenidos y luego reanudados, le viene bien la estructura de un monosílabo sobresaltado: las palabras sueltas, el período muy corto, el destierro de las conjunciones, el casi silabeo que parece un tartamudear, un balbucear. A esta escritura le viene bien, y se aviene bien con ella, entonces, tal vez, el molde acotado y seco de la acotación.

Quizás la escritura de Duras pueda describirse más o menos fielmente si se la describe como la prolongada acotación de algo que no se dice porque no se decide; de algo que no se dice porque no puede decidirse a decirse y se desdice, diciendo que no se dice, sin llegar a decir, sin decidirse a decir; la prolongada acotación, pues, de una acción que no llega a producirse nunca realmente, una acción que sólo, siempre, se insinúa, se anuncia, se describe, se pretende, pero no se llega a dar; como si la escritura de Duras, indecisa, indecidida, anduviera siempre rondando, haciendo rondas en redondo, dando rodeos alrededor de un punto que se aleja, alrededor de un espacio inabordable, inatrapable, que se escurre. Quizás, sí, la escritura de Duras adquiere la forma de una acotación. ¿Acotación a qué? ¿Acotación de qué? No se sabe. La escritura, para Duras, se diría, es una aproximación infinita hacia un punto que siempre se desplaza. Ese punto no se alcanza nunca y la acotación asume la forma de una persecución en el vacío. ¿Qué acota esta acotación? Nada. O no se sabe a ciencia cierta, nunca, qué. Por eso, la escritura de Duras se aviene bien con el discurso espasmódico, seco, percutido, imperativo de los guiones de cine, de los libretos de teatro.

Savannah Bay es eso, un libreto de teatro, donde no hay realmente diálogo sino, más bien, un monólogo a dos: el monólogo entreverado de dos voces que se interrumpen entre sí, se imantan oscuramente, se atraen y se repelen, se convocan y se excluyen, parece que se acercan y confluyen y coinciden para luego separarse violenta, inesperadamente; como si dos que hablaran entre ellos, incluso con afecto, afectados, no pudieran hablarse sino interrumpiéndose, dejando a medio hacer, a medio pronunciar las frases que nacen cansadas, dejadas de sí, descuidadas, como dichas al garete, como por no dejar, a la buena de Dios, sin correspondencia con nada, como si dieran vueltas sobre un asunto que ambos desconocen o que conocen y es tan abrumador que no pueden referirse a ello sino aludiéndolo, eludiéndolo, posponiendo su confrontación. Este rasgo le da a la escritura de Duras su característico tono reticente, sentencioso y, también, su capacidad, muy fuerte, de exasperar a quien la lee, siempre enganchado al ritmo incierto de ese decir que se desdice continuamente, de ese proferir que parece que se arrepiente de repente y deja en ascuas al que lo atiende y no lo entiende. Así está escrita, también, Savannah Bay.

No hay acción en Savannah Bay; no hay acción sino retención; retención y reticencia. Dos mujeres recuerdan a duras penas algo que no pueden saber o que no saben o que, sin saberlo, no quieren recordar que saben. Una de ellas insiste, la más joven, la muchacha; insiste; insiste en recordar; insiste en incitar a la otra, la que puede ser su madre, o quizás su abuela, la actriz, Madeleine, la actriz de teatro, la actriz de cine, retirada, recluida, tal vez olvidada de sí misma, alejada de sí misma, sin memoria de sí misma, casi perdida para sí, casi perdida de sí, en sí misma, casi loca o medio loca, para que se acuerde y se recuerde de lo que no quiere o no puede o no debe o no sabe ya acordarse, de lo que no quiere o no puede o no debe o no sabe recordarse ya.

Dos mujeres recuerdan a duras penas algo que no pueden o no saben recordar: la que debe recordar ya no recuerda y la que quiere recordar no puede porque no son sus recuerdos los que quiere recordar sino los recuerdos de la otra, la que no puede recordar, la que no sabe ya cómo se recuerda porque no tiene qué recordar, la que recuerda que recuerda pero no sabe lo que recuerda, de quién, de qué son los recuerdos que recuerda, los recuerdos que la hacen recordar sin acordarse, recordando que recuerda, pero recordando mal, la actriz, obligada a remontarse en su memoria para volver a contar una historia que se repite sin apenas hechos que contar, sin apenas acontecer que referir; una historia que sólo puede contarse desmigajada, a tropezones, a trompicones, a punta de traspiés: con vacíos, con baches, con lagunas, con dudas; indecisa, imprecisa, deshilvanada. ¿Qué ocurrió en realidad en Savannah Bay? ¿Quién es el hombre? ¿Quién es la chica del traje de baño negro sobre la piedra blanca en medio del mar? ¿Quién muere? ¿Quién llora? ¿Quién nace? Todo se insinúa y nada se dice. Así es Savannah Bay, un dúo monosilábico, un ir y venir de insinuaciones y alusiones entre dos voces dando coces. Un tartamudeo escandido por una canción de Edith Piaf que habla, cuándo no, cómo no, del amor: C’est fou c’que j’peux t’aimer / C’que j’peux t’aimer de fois / Des fois j’voudrais crier. Porque Savannah Bay, para variar, es una variación más de la Duras sobre el amor, sobre el inabordable, el intratable amor del que, tal vez, hablan todos sus libros en un incansable e inagotable ritornelo. Tema con variaciones. El amor, el amor, el amor. Y dale y vaya y venga la Duras con el amor. El amor, siempre el amor, en Duras. El amor, siempre, y la muerte. El amor y la muerte en Duras. La muerte y el amor. Siempre. Sin parar. Una y otra vez. Como el disco de la Piaf girando y girando y girando y girando, volviendo a comenzar; la eterna, la interminable historia de amor de la Duras, duradera en la Duras, incansable, vieja de amar, por donde quiera que vaya, sin parar, hasta el final: C’est fou c’que j’peux t’aimer / C’que j’peux t’aimer des fois / Des fois j’voudrais crier / Car j’n’ai jamais aimé / Jamais aimé comme ca / Ce je peux te l’jurer

 

SAVANNAH BAY

Marguerite Duras

Traducción: Adalbert Salas

bid & co editores

Caracas, 2014