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Y ahora, extiéndeme al sol, notas de presentación

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En su ensayo sobre “Cómo leer la poesía” dijo Hanni Ossott que el lector de poesía tenía que tener, “por una rara conjunción”, la edad del poeta: no la cronológica, por supuesto, sino la edad anímica, psíquica. Siguiendo su consejo, al leer cualquier poema, sería ideal que nos preguntáramos por la voz poética, por la edad de quien allí se expresa. En este poemario que presentamos hoy, Y ahora, extiéndeme al sol (bid & co, 2014) de Ana Lucía de Bastos, sentimos que la voz poética es joven y a la vez muy antigua. Lo cual, valga aclarar, no es una paradoja. Quizá se debe, más bien, a que cada uno de los 29 poemas que conforman el poemario están escritos en el tiempo del mito y nos remiten a él. Como sabemos, en el tiempo mítico, a decir de Cesare Pavese, “las madres son a menudo las hijas, y viceversa”. Es decir, es un tiempo otro, continuo: distinto al cronológico y diferenciado. En uno de los poemas de este libro, que se titula, por cierto, “Herencia”, Ana Lucía nos revela justamente lo que hay de continuidad en la vida: lo que hace del tiempo vital memoria, heredad y nos conecta con lo más próximo que suele venir de muy lejos.

Lo que quiero decir es que en este poemario se nos revela la fuente, muy antigua, de la vida, en una voz joven: ¿no podría ser ésta una definición del mito?Y ahora, extiéndeme al sol está conformado por cuatro partes. No es de extrañar que en la primera parte, antecedida por un epígrafe de Roberto Calasso que dice: “La repetición es señal majestuosa, el sello de la necesidad”, se nos presente un conjunto de “mitos fundadores”. Éste es un poemario muy consciente de las formas y sabe que todo origen reside allí. Necesariamente, esos mitos fundadores de la primera parte son los que señalan la aparición de la segunda, en la sentimos que no es sólo la voz, sino todo el cuerpo el que se expresa. En el umbral entre una y otra parte percibimos una iniciación: la de la muchacha en la noche, la del descubrimiento del cuerpo y de los sentidos. Quisiera permitirme, para invocar ese umbral iniciático en este momento, leernos el poema “¿Quién va con pirañas?”, el primero de la segunda parte del libro.

¿Quién va con pirañas?

Cuando, veinticuatro

sentí que me nacía la muerte. Me convertía en cuerpo extendido,

sangre, piel y músculos

finitos.

Claro, era de noche,

estaba lejos

                y amaba.

 Hasta entonces me consideraba aire

La noche, la lejanía y el amor traen a la muchacha del aire a la tierra. Toda la gravedad del libro podría estar contenida en ese momento en que aparece el cuerpo donde se siente nacer la muerte: ese cuerpo dispuesto a ser, ahora, “extendido al sol”.

La tercera parte del libro, como sello de modernidad, está dedicada a la reflexión sobre la escritura: la voz joven y antigua de los mitos fundadores, del hallazgo del cuerpo, se mira ahora escribir, decir, se pregunta por los límites de la palabra. También la escritura, en este libro, tiene un origen oscuro, mítico y corporal: las palabras, aquí, nacen “bocadentro”.Probablemente es esa pregunta sobre la escritura, sobre el extrañamiento de la creación, la que hace nacer una voz otra: los poemas de Francisco Cávilas de la cuarta parte del poemario. Una voz otra: otra posibilidad. Al fin y al cabo, como dijo Roberto Calasso, “Escribir es aquello que, como el eros, hace oscilar y vuelve porosos los límites del yo”.

Pero al hacer esta distinción entre las cuatro partes del libro no quisiera dar la falsa impresión de que ellas son de algún modo inconexas. Todo lo contrario: si he dicho que éste es un poemario muy consciente de las formas es porque al leerlo se siente cómo todos los poemas van tejiéndose en torno a las mismas preguntas, cómo es un mismo hilo el que los va bordando. El hilo quizá, donde, como dice una de las frases del primer poema, “la palabra se convierte en frontera”, esto es: entre la extranjería y el arraigo, en la lejanía y el deseo.

Si hay algo en lo que los buenos críticos literarios suelen estar de acuerdo es en lo inasible de la poesía: los lectores podemos comentar las formas, los temas, pero hay algo que siempre se nos escapa en el razonamiento: nada menos que eso que hace que un poema deje de ser palabras y encarne la poesía, eso que permite la aparición de la imagen poética que resuena en nosotros, que nos emociona. No voy a tratar yo de desentrañar ese misterio ahora: no podría hacerlo. Pero me gustaría, para terminar, fantasear un poco al respecto.

A principios del siglo pasado, en pleno furor vanguardista, el poeta César Vallejo se atrevió a criticar a quienes olvidaban que la poesía, además de ritmo, es ritmo vital: no experimento sino experiencia. “Hacedores de colmos –exclamó el poeta peruano– ¡qué poco habéis muerto!”. Pues bien, creo que uno de los grandes valores de este poemario es, justamente, lo mucho que ha vivido y muerto su poeta: esta voz a la que me he referido es, ante todo, la voz de la sinceridad. Y la duda, la ternura, el temor, el asombro, el amor, todas las emociones, en fin, allí expresadas han sido –puedo asegurarlo sin temor a equivocarme– vividas, sentidas. Y más aún: vueltas a vivir y a sentir en la escritura. Quizá por eso sus imágenes resuenan, repercuten en nosotros cuando las leemos. Sentimos que esos poemas son nuestros. Hablo de mi experiencia pero en tercera persona: estoy segura de que cada uno de ustedes, al leer Y ahora, extiéndeme al sol, encontrará su poema. Espero que, diciendo esto, logre transmitir la profunda emoción que sentí al leer este libro, que ahora me acompañará siempre.