• Caracas (Venezuela)

Papel literario

Al instante

William Shakespeare, uno y múltiple

William Shakespeare | Foto: GDA

William Shakespeare | Foto: GDA

“¿Qué tiempos fueron entonces aquellos de Shakespeare en los que buceó con tanto acierto en el alma de los protagonistas de su época tan parecida a la nuestra?”

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

El elenco del teatro The Globe, del que uno de los dueños fue Shakespeare y en el que se representaron en su tiempo y con un aforo para 3000 espectadores la mayor parte de las obras de este dramaturgo, se dio a la tarea, bajo la dirección de Tom Bird, de llevar la representación de Hamlet a las regiones de mayor conflicto durante los dos años previos a la conmemoración de los 400 de la muerte del dramaturgo más importante de todos los tiempos. Tom Bird pasa por ser uno de los directores de mayor relieve en la actualidad.

Tom Bird se preguntó un día si sería posible repetir una experiencia semejante, con un cierto sentido de tolerancia al menos, en esa espantosa zona de incertidumbre en que se han convertido las cercanías del Estrecho de Calais donde una masa humana, formada por refugiados, espera acceder en algún momento al Reino Unido. Con estas prevenciones se presentó el Hamlet. Y sucedió que quienes presenciaron la representación –una mayoría de ellos, por vez primera–  viendo en escena cómo un hijo dispuesto a vengar la muerte de su padre se equivoca de culpable, se sintieron gratificados. ¿Hubo en este acto, calculado azarosamente, la idea de que una entidad tan importante como el teatro The Globe los tomara en cuenta como personas capaces de interesarse por la cultura? Tal vez. ¿O fue simplemente el hecho de confrontar su situación con la del espíritu trágico que Shakespeare confirió a la obra?

Algo parecido suele pasar por la mente de quien sabe qué es lo que está pasando en un país para que más de un millón y medio de de sus ciudadanos se encuentren en exilio y un once por ciento de la población que ahí vive –tal es el caso de la Venezuela actual– esté dispuesto a abandonarla, si pudiera. De modo que escribir algo que no contribuya a sugerir, cuando menos, alguna posibilidad de remedio a esa situación, parecería carente de sentido. Pero la vida es un proceso que se hace hacia delante, de forma que escribir sobre los 400 años de la muerte de Shakespeare podría servir para recordar que hubo una época en la que este dramaturgo escribió sus propias obras de cara a las injusticias sin cuento y al hecho de estar situado frente al abismo que representa el odio cuando fracasa la convivencia. ¿Contribuyeron a fomentar la esperanza, aunque nada más fuera como un rayo de luz que se filtraba a través de la niebla? Parece que ni entonces ni en ninguna otra época. Por otra parte, sobre la situación venezolana, tanto como denuncia como en referencia al posible remedio, hay mucha gente que escribe y lo hace bien.

¿Qué tiempos fueron entonces aquellos de Shakespeare en los que buceó con tanto acierto en el alma de los protagonistas de su época tan parecida a la nuestra?

 William Shakespeare nació en 1564 y de los cincuenta y dos años a los que se extendió el arco que tensó su existencia, es poco lo que de él se ha llegado a saber y absolutamente nada –ni una carta ni una simple esquela, ni algún otro rasgo biográfico– durante los siete años que trascurren desde los 21 a los 28 de su vida. Se sabe que abandonó la familia, que se enroló en una compañía de teatro residenciándose en Londres. Era hijo de un fabricante de guantes en la población de Stratford on Avon, una localidad que ofrecía escasas posibilidades para que alguien pudiera hacerse con los conocimientos que llegó a tener este hombre sobre lo que sucedía en la corte, no solo de su país, sino en lugares tan remotos para aquella época, como la de Dinamarca. Que dispusiera de conocimientos no solo de algunas de las lenguas europeas, sino de los idiomas antiguos en que se escribió el teatro de Sófocles, por ejemplo, es algo que no es fácil de entender.  

Sabemos que a su entrada en Londres le impresionaron las cabezas colgadas en algunas de las pilastras del Puente de Londres de delincuentes, conspiradores y de algunos jesuitas ejecutados por sedición. Fue la época en que Guy Fowles estuvo a punto de volar el Parlamento con el rey Jacobo I dentro. Y todo por cuestiones religiosas.

Shakespeare, por otro camino, captó en toda su dimensión el giro que había tomado la interpretación del concepto de autoridad en el Renacimiento. Las tesis renacentistas habían llegado a Inglaterra de la mano de Erasmo de Rotterdam que había terminado de escribir El elogio de la locura justamente en uno de los viajes para visitar a su amigo Francis Bacon. Estas tesis sobre la autoridad dependían del giro que había experimentado el deus humanus en sustitución del deus divinus, es decir, es al hombre a quien corresponde administrar su propio destino en lugar de dejarlo en manos de Dios. Ya habían sido colocadas quince años antes las 95 tesis de Lutero en las puertas de la iglesia Wittemberg, Montaigne había publicado los Ensayos y Miguel Ángel moría el mismo año en que nacía Shakespeare. Por otra parte, Walter Raleigh había completado su primera vuelta al mundo, se sabía a ciencia cierta que la tierra giraba en torno al sol y que un tal Galileo había establecido las bases de la que iba a considerarse la ciencia moderna. Todo ello en conjunto no era fácil de asimilar en un mundo gobernado por creencias, entre las que se tenía por seguro que la autoridad provenía de Dios. Los fundamentos de la Ilustración comenzaban a emerger, asimilados como si se tratara de una síntesis excepcional, por este dramaturgo que con tanta eficacia reflejó en su teatro.

Fueron tiempos de ejecuciones públicas, de luchas religiosas en las que la ambición convirtió las disputas por el poder en una suerte de pulsión erótica, la erótica del poder.

 ¿Pero todos estos conocimientos, esta lucidez de presencia la llevó a cabo durante  aquellos siete años de los cuales no hay rastro de los lugares y andanzas por los que se encaminaron los pasos de Shakespeare? ¿Lo hizo el solo? ¿E incluso existió alguien y el de Shakespeare -o la espada afilada- fue un seudónimo que encubrió a otro autor o autores en comandita?

Sobre su existencia existe su partida de nacimiento y la inscripción tomada de uno de sus sonetos en su lápida sepulcral, en la que invita al transeúnte –a los miles de los que  visitan hoy su tumba– a que sigan de largo y dejen en paz las cenizas de quien allí yace. De su existencia, en último término, habla el testamento que dejó a sus descendientes.

En 1857, Delia Bacon, una investigadora norteamericana, especialista en Shakespeare, se trasladó a Inglaterra para aclarar sus dudas sobre la existencia de este dramaturgo: ¿Es la obra de Shakespeare la obra de un solo hombre o hay otros u otro más? Todo ello la llevó, al finalizar sus investigaciones, a un estado de enajenación del que tuvo que ser tratada a su regreso a Estados Unidos.

Pero la duda ha seguido. Tanto Freud como Nietzsche la alimentaron. Sin embargo, de lo que parece estar fuera de discusión es que debió admitir colaboraciones para algunas partes de sus obras: diálogos, locaciones y tal vez historias y argumentos populares recogidos de la tradición.

Sean como sean las cosas, al final del Julius Cesar (de quien asegura que había perdido la audición del oído izquierdo) hay algo que es necesario tener en cuenta: El cobarde muere varias veces antes de que lo haga realmente. El valiente lo hace una sola vez.

Según uno de los mejores biógrafos de Shakespeare, Stphen Greenblatt, Shakespeare pasó los dos últimos años de su vida en la localidad que le había visto nacer formando parte vecinalmente de la vida que llevaban allí sus paisanos. Al parecer, hay un documento en el que demanda a un vecino por no pagarle una suma de dinero que le había prestado. Cambió, por tanto, el divismo por la campechanía.

Y esta podía ser hoy una de sus lecciones: el abandono del divismo artificial de esas llamadas revoluciones ficticias por la campechanía de la vida entre vecinos que fue anteriormente una de las características de la bonhomía venezolana, en el caso de tratar de dar algún sentido a esta nota.