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Wenders en las ciudades

Alicia en las ciudades (1974), dirigida por Wim Wenders

Alicia en las ciudades (1974), dirigida por Wim Wenders

Narcisa García nos conduce por un viaje de pantalla alemana: el de Wim Wenders (Düsseldorf, 1945), cineasta reconocido por su obra vanguardista y simbólica. Su filme “Alicia en las ciudades” refuerza que la pasión por los viajes es un tema frecuente en su trabajo

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La idea del viaje se suele vincular con la búsqueda de la identidad. Diría que a Wim Wenders (Buena Vista Social Club, 1999) lo consideran un cineasta viajero porque buena parte de su filmografía sucede en el tránsito entre ciudades, tiene estética de western y personajes en paisajes amplios en los que se ve el horizonte, esa Ítaca del farwest. Es considerado en estilo el más norteamericano de su generación –Werner Herzog, Wolker Schlöndorff, Rainer Werner Fassbinder– la llamada Nuevo cine alemán, influida por el mayo del 68 y que tuvo su auge en los setenta. Parecería que se trata de un director cuya creación dependiese de perderse por ahí, de cuestionarse a sí mismo de vez en cuando. Tanto Alicia en las ciudades como las más conocidas El amigo americano (1977) o Paris, Texas (1984) podrían verse como viajes del mismo Wenders, quien se encontró muy temprano en su carrera ante una pregunta determinante a la que se refirió el historiador Mark Cousins y con la que Alicia en su viaje al país de las maravillas se topa inevitablemente: (si la generación de tus padres apoyó al nazismo) ¿quién eres tú?

Cuando te encuentres de camino a Múnich

En Alicia en las ciudades (1974) Philip Winter, un escritor alemán con una asignación que cubrir en suelo norteamericano, no tiene idea de qué va a escribir. De hecho, no ha escrito nada. Solo ha tomado fotos. Está sentado bajo un muelle viendo una fotografía del mar que acaba de tomar y no tiene idea –ni ganas, al parecer– de cómo va a resolver su encargo laboral. Nuestro protagonista, nuestro héroe, está perdido lejos de casa apenas arranca la historia. 

Luego de que su editor lo despide porque todo lo que le ha entregado son fotos, Philip decide que es hora de emprender su viaje de regreso a casa. Se va al aeropuerto de Nueva York –la historia transcurre en los setenta– y le informan que debido a la huelga de los trabajadores del aeropuerto, no hay vuelos directos a Alemania. Le ofrecen un viaje a Ámsterdam y lo toma. En el aeropuerto conoce a una chica alemana, Lisa, quien viaja con su hija, Alicia. No hablan bien inglés y le piden ayuda a Philip para que las acomoden también en el vuelo a Ámsterdam. Más adelante Lisa le pedirá otro favor: llevarse a la niña de nueve años, ella los alcanzará luego porque debe resolver algún asunto. Pero Lisa no aparecerá y Philip pasará un buen tiempo viajando entre Ámsterdam y Alemania del Oeste con Alicia, quien le ha pedido que la ayude a dar con su abuela. Para semejante tarea, la niña le da únicamente una pista: Wüppertal, el nombre de una ciudad que lejanamente le suena familiar. “¿Sabes el nombre de tu abuela?” Le pregunta Philip. Alicia le responde sucinta tras una pausa larga, cual Oruga del país de las maravillas: “Abuela”.

Este par emprende entonces un viaje por las carreteras alemanas y holandesas hasta las orillas del Rin. Ya en Wüppertal tras horas y horas de camino esperando que Alicia reconozca la casa de su abuela, la niña le confiesa que se ha equivocado, que en esa ciudad vivieron ella y su madre hace mucho tiempo, mas no su abuela. Phil ya no tiene dinero ni tiempo para seguir en este viaje, y entrega a Alicia a la policía, ellos sabrán mejor qué hacer con ella. Pero Alicia reaparece cual Conejo blanco para continuar el viaje: “Ya recordé dónde vive mi abuela”, le dice.

Desea que sea largo el camino

Esta vez Alicia tiene una foto de la casa que había olvidado y que llevaba consigo. Philip conduce por las ciudades preguntando si alguien reconoce la casa de la foto, parando solo de vez en cuando porque Alicia tiene hambre o sed, o para escribir en su libreta, revisarla, releerla. “Tus garabatos”, le dice la niña. También le hace saber que desde que pisaron Ámsterdam ha dejado de tomar fotos.

La foto de la casa representa la casa, y ellos la buscan a partir de la foto. Es decir, que buscan una realidad a partir de una imagen, cuando en los Estados Unidos Phil no podía concebir que la imagen de las fotografías que tomaba se pareciese siquiera remotamente a la realidad. Y hay algo en la presencia de Alicia en esas carreteras que hace que Phil vea por fin una realidad a la que la imagen sí se parece. Que la imagen es la casa, que ya la distancia entre ellas no existe, y que esta es una realidad en la que sí puede encontrarse.

Cuando Philip se ha dado cuenta de que, como en el país de las maravillas, su compañera, su Oruga, le ha preguntado y respondido de frente quién es –al sacarle una fotografía y mostrársela– es cuando decide volver a tomar fotos y cuidar de Alicia. Ha llegado al fin a una respuesta.

Al comienzo de la historia Phil quiere volver a casa. Al final, en el tren que los llevará allá conversan: “¿Qué vas a hacer en Múnich?” Le pregunta Alicia. “Terminar esta historia”, le responde. “¿Y tú?” La niña, que ya sabemos va a encontrarse con su madre, sin decir nada se vuelve hacia la ventana del tren y saca la cabeza, el viento le agita el cabello. No tiene que decirlo, lo sabemos, habrá otros viajes. Como si la libertad que alcanzan y que los llevará a ellos proviniese de que ya saben quiénes son.