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Vuelve Venezuela, política y petróleo

Rómulo Betancourt | Archivo/ El Nacional

Rómulo Betancourt (1908-1981) / Fotografía de Enio Perdomo, Archivo El Nacional

Pertenece a la categoría de las obras imprescindibles para entender el siglo XX venezolano. En dos tomos, la Editorial Alfa presenta la extraordinaria visión de Rómulo Betancourt sobre Venezuela. De ella publicamos el prólogo que el mismo Betancourt escribiera en 1955, así como un precioso material de nuestro archivo: la conversación sostenida entre Jesús Sanoja Hernández y Elías Pino Iturrieta sobre la vida del fundador de la Democracia en Venezuela, que publicamos en marzo de 2005

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Rómulo Betancourt

Prólogo a la primera edición

Este libro ha tenido un proceso de elaboración tan accidentado como la propia vida de su autor.

Lo escribí por primera vez entre los años 1937-1939, mientras eludía la policía política, en la clandestinidad. No se publicó entonces porque ningún editor venezolano podía correr el riesgo de imprimir un libro de quien se encontraba en situación comprometida, y comprometedora. Y si en épocas posteriores no se editó fue porque en los álgidos años que condujeron a Acción Democrática de la oposición al poder (1941-1945) todo mi tiempo y atención los absorbía la diaria faena partidista; y, ya en el gobierno (1945-1948), resultaba más útil al país, y más acorde con mi propio temperamento volcado a la acción creadora, contribuir a implantar el programa desarrollado en esas páginas que trabajar en rehacerlas y actualizarlas para su publicación. La única copia en máquina de ese libro que tenía estaba entre mis papeles personales y desapareció junto con ellos cuando el 24 de noviembre de 1948, al ser derrocado el gobierno constitucional, una patrulla de soldados saqueó la casa donde habitaba. Por esa circunstancia, no se han podido utilizar para el libro que ahora se publica sino algunos datos del primer borrador, los incluidos en el folleto Una República en venta, impreso en 1937.

Venezuela, política y petróleo se ha escrito con las dificultades inherentes a la condición del exilado, y del exilado trashumante, por añadidura. Papeles, libros de consulta, apuntes, han viajado conmigo de los Estados Unidos a Cuba, de Cuba a Costa Rica, de Costa Rica a Puerto Rico. He debido esperar largos meses para reemprender la labor, mientras las cajas que contenían ese material hacían su demorado tránsito marítimo. Me faltaron documentos que solo en Venezuela hubiera podido consultar. Y, además, he realizado este trabajo conjugándolo con la atención a las inaplazables tareas de quien ha entendido el destierro como obligación de lucha permanente y no como etapa de contemplativo retraimiento.

No obstante esos factores adversos, he procurado documentar todas y cada una de las apreciaciones que se hacen en estas páginas. En ese empeño, así como en el de evitar que se incurriese en errores de hechos, me han ayudado con el mayor desinterés personal muchos compañeros de partido. Otras personas, compatriotas americanos, leyeron los originales y me hicieron observaciones valiosas. Tantos cooperaron conmigo en este trabajo que correría el riesgo de ser injusto olvidando a algunos al citar sus nombres. Ha quedado comprometida mi gratitud con todos.

Considero un deber prevenir al lector de que no leerá páginas escritas con tersa serenidad. Están algo distantes del elevado tono profesoral. Personas de toda mi amistad, sinceras en su preocupación, quisieran verme escribiendo en prosa más fría y aséptica. Parece que haber sido jefe de Estado compromete a utilizar el cauteloso lenguaje de los estadistas. No he podido complacerlos. Escribo como pienso y como siento. Llevo a Venezuela en la sangre y en los huesos; me duelen sus dolores colectivos, y cuando se trata de hablar de ellos sería un farsante si jugara a la comedia de la imparcialidad. De allí la pasión confesa con que analizo los problemas de mi país. Dirán algunos que con esa actitud nada se “saca”. Y podría contestarles con palabras de otro gran apasionado, don Miguel de Unamuno, a quien también le dolía su España: “Pero es que no vamos a sacar, sino a meter; a meter, a enfresar nuestra alma en la de los que la tienen dormida, o acaso muerta, y que viva allí, y allí, hecha como óleo, arda y alumbre. Que no hay luz sin fuego”.

Pienso, con íntima frustración, que no podrán leer este libro compañeros y amigos míos que ya no viven y quienes me estimularon a escribirlo. Leonardo Ruiz Pineda, en altos de su azarosa vida de conductor de la resistencia clandestina a la dictadura, me instaba a terminarlo. Alberto Carnevali alcanzó a trabajar conmigo, en Cuba, algunos de sus capítulos. Antonio Pinto Salinas y Luis Troconis Guerrero me enviaron, desde sus escondites en Venezuela donde hacían vida de topos, datos y referencias que les solicité. En mi casa de La Habana, Andrés Eloy Blanco, el gran poeta, y Cástor Nieves Ríos y Víctor Alvarado –dos hombres del pueblo, sin lastre universitario– escucharon juntos la lectura que en cierta ocasión les hiciera yo de algunas de estas páginas. Con Mario Vargas, militar civilista y civilizado, discutí en su casa de desterrado, en Washington, acerca de un Ejército exclusivamente profesional y al servicio de la democracia, y no amenaza permanente para ella, ideas que se esbozan en uno de los capítulos. Valmore Rodríguez, desde Quilpué, su última estancia en la tierra, alcanzó a trasmitirme observaciones suyas a originales que le había enviado en consulta. Todos murieron ya, unos en el exilio, otros en la cárcel, otros victimados a balazos por la Seguridad Nacional. Ellos, y otros muchos más, han caído en la trinchera del deber ciudadano, en este “tiempo del desprecio” que se inició en Venezuela el 24 de noviembre de 1948. Al dedicar este libro a su memoria lo hago a plena conciencia del compromiso que adquiero. Merecería el repudio de mis conciudadanos y el juicio implacable de la historia si desertare alguna vez de los ideales y objetivos por los cuales ellos lucharon y murieron.

Creo que “los muertos mandan”; y no en el sentido que le han dado los reaccionarios de todas partes a la frase del escritor francés. Mandan, cuando murieron por un ideal de superación humana, obligando a quienes les sobreviven a jalonar las etapas que ellos dejaron truncas, cuando se les fue la vida. Es la misma interpretación porvenirista que del sacrificio de la existencia por una causa justa hacía José Martí: “La muerte da jefes, la muerte da lecciones, la muerte nos lleva el dedo por sobre el libro de la vida”. O la más reciente de Nehru: “La vida nace de nuevo de la muerte, y los individuos y las naciones que no saben morir tampoco saben vivir. Solo donde hay tumbas hay resurrecciones”.

Con la actitud sin arrogancia de quien no practica la autosuficiencia y rechaza toda forma de dogmatismo, entrego este libro a la discusión y al análisis de los que se interesan por los problemas sociales de nuestro tiempo.

Puerto Rico, diciembre 1955.


Venezuela, política y petróleo

Dos tomos

Rómulo Betancourt

Editorial Alfa

Caracas, 2013