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Vivir en la representación

Luisa Ritcher / Vasco Szinetar

Luisa Ritcher / Vasco Szinetar

Luisa Richter llegó a Venezuela en 1955. Fue docente del Instituto de diseño Neumann y fundadora de Prodiseño. Es Premio Nacional de Dibujo y Grabado y Premio Nacional de Artes Plásticas. En el año 2010 recibió un Doctorado Honoris Causa de la Universidad Simón Bolívar en homenaje a su trayectoria como creadora

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La mañana empezó, con toda la ansiedad del mundo murmurando sobre sus hombros. Una vía, una obstrucción, millones de sonidos retumbando afuera y adentro de un cotidiano infame, inhumano. La atrocidad de un tiempo que nos arrastra, nos lleva, nos hunde. El caos; pero más allá del caos la incertidumbre. Neblina cerrada a pleno sol, contradicciones de una vida que quiere llegar a alguna parte pero que siempre tiene que transformarse; cambios de ruta, justificaciones de un nuevo destino que en cuestión de segundos hay que retocar.

Vamos, sumergidos en las variables de lo que se pueda hacer, del quizás, del no se sabe, de un cómo y cuándo que no depende de la propia voluntad. Así llegué aquel mediodía a la casa de Luisa Richter.

—Llegas tarde.

—Esta ciudad…

—Tranquila. Siéntate. ¿Quieres un café?

Mientras me adapto observo el entorno. Las temperaturas de los objetos crean un movimiento que fluye entre lo que ellos con plenitud denotan y la energía atrapada que me embarga. La célebre casa de Luisa Richter a donde todos van. Una vida que es amplitud y riesgo, entrega constante, decisión y voluntad de interpretar y enmarcar la incandescencia serena del tiempo. Saco mi libreta.

—¿No quieres una hoja grande?

—Eh... la verdad no. Siempre escribo en cuadernos pequeños.

—Qué extraño. Si quieres puedo darte varias hojas blancas, grandes. Tengo muchas.

—No gracias, así estoy bien.

En rededor tiene columnas de libros y superficies de papel donde escribe y concentra sus reflexiones. Hay paquetes distribuidos por toda la casa como minúsculos rastros de un decir. Junto a ella, en la mesa, intuyo una selección especial que organizó para recibirme.

—¿Cómo está el trabajo?

—Escribiendo mucho y haciendo collages. Mira, aquí tengo un texto que redactó hace poco Mariela Lairet, para una exposición que hizo sobre los trabajos de mis alumnos…

Acentúa varias informaciones. La escucho con calma: arquitectura, filosofía, viajes, ilustraciones, matrimonios, exposiciones, hijos, bienales, reconocimientos, libros, poesía, la cátedra de diseño analítico y de pintura. Me detengo en un punto…

—“A su llegada a Venezuela la claridad e intensidad de la luz gestan en ella una gran fascinación. En el 59 realiza su primera exposición en el Museo de Bellas Artes de Caracas”.

Llegan el café y las galletitas.

—Lo que sucede es que viendo varias exhibiciones sobre tu obra que estuvieron hace poco en distintas instituciones, como una suerte de homenaje…

—No, no fue un homenaje, eran actualidades que repicaron al unísono. Creo que era pertinente porque hay que defender la pintura-pintura contra la high definition.

—¿Qué es exactamente la high definition para ti?

—Es la gran cantidad de reproducciones de hoy en día que se hacen con la tecnología, con la computación. Eso tiene relevancia en todo, se mete en todo.

—Claro, lo que yo pensaba cuando vi tus muestras es…

—¿Cuál viste?

—Vi varias, la del Centro La Estancia y la del Museo Cruz Diez, y lo que quería decirte es que tenía esa sensación de estar frente a la obra de un artista integral, una situación que estuvo muy presente en esa generación que llegó a Venezuela en los cincuenta junto a las que se formaron aquí. Ustedes eran arquitectos, diseñadores, pintores que también conocían las técnicas gráficas, escribían, tenían un conocimiento completo.

—Totalmente.

—Y tuve cierta preocupación porque cuando vi esos trabajos, en especial las piezas gráficas que estaban exhibidas en el Museo Cruz Diez, sentí de inmediato la fuerza increíble de un pensamiento y una emoción que estaba viviendo en todo el orden de la materia y que cuesta encontrar en la actualidad.

—Es la indospección.

—¿Qué es la indospección?

—Que tienes confianza en tu propio yo. En la actualidad nosotros estamos sobrecargados de todas estas informaciones que saturan y es algo muy triste. Aquí en Venezuela todavía las etnias indígenas se pintan sobre su piel líneas y dibujos que les sirven para conectarse con el cosmos. Yo escribí: “la sustancia invisible es el volumen de lo desconocido”.

—¿Dónde?

—Ahí, a tu lado.

La frase está en uno de esos montones de azares que en apariencia forman parte del mobiliario. Levanto la hoja, entiendo.

—Claro… ¿Y lo tienes siempre allí?

—Siempre.

—Detrás de mí escribí otro… léelo.

Sobre un lienzo pequeño recostado en la pared dice: “El instante es el umbral entre origen y futuro el yo, indicio entre la voluntad y lo fugitivo”.

—Es así.

Me quedo callada. Luego de este intercambio comienza un silencio amable que sólo se altera con el cálido aroma del café y las dulces galletitas kosher. La casa comienza a moverse, cada módulo se transforma en un lapso suspendido y vivo, una reflexión fundamental que ella ha querido localizar allí, en alguna parte del espacio habitable. Las conoce de memoria, sabe sus niveles, sus texturas, sus partes. Mientras me desplazo por otras zonas de pronto me apunta que levante una revista debajo de un libro o un pequeño papel que está a mi derecha; ella sabe de mis pasos aunque no pueda ver donde me encuentro.

—¿Qué piensas sobre lo que está pasando en el país?

—Nunca me meto en política.

—A veces uno no quiere pero en ocasiones es inevitable. Has vivido muchos episodios en la política venezolana…

—Nietzsche escribió sobre el eterno retorno… Eso escribió Nietzsche, el eterno retorno. Allá en la terraza tengo el libro. También tengo un cuaderno de filosofía que podemos leer, pero primero vamos a leer lo que escribí.

No me resisto. En el balcón la luz resplandece sobre los verdes de una vista alterable que se extiende en la amplitud de sus dinamismos. Las guacharacas forman parte del contexto, deambulan por entre las ramas, llegan a la ventana, viven en los reveses de un marco de concreto que se levanta sobre la parte del fondo, muy cerca de los apuntes de filosofía. Luisa comienza la lectura de papeles donde escribe su propia historia, surge la importancia de investigar, la necesidad de la creatividad, la metafísica, la escuela del expresionismo alemán, los pigmentos que ante la carencia de materiales los estudiantes hacían luego de la posguerra…

—¿Cómo fue cuando llegaste a Venezuela?

—Te lo estoy leyendo. Escucha: “Observó la tierra, gozó la intensidad de la luz caribeña, la atmósfera que regala el mundo tropical y que produce felicidad enfrente del viento. Durante todas las épocas de la historia surgieron diferentes opiniones sobre el por qué de un cuadro. Cuando uno pinta abstrae algo del universo que lo rodea”.

Al escucharla recuerdo esa fascinación que Luisa ejerce sobre los jóvenes. Los que la han encontrado se desvanecen en un asombro que no logran descifrar. Ella sabe sus ritmos, maneja su tiempo, tiene delineada a la perfección su autonomía dentro de los territorios del arte. Cualquiera de ellos que haya soñado con ser artista esperaría tener una vida así. Tal vez Luisa sea una de las pocas creadoras que ha logrado hilvanar una contundente tejedura poética entre la vida y el arte, delicado cedazo que abriga a la palabra pero que también respira en el gesto de su pintura.

—Luisa, ¿dónde está tu taller?

—Aquí mismo, al lado. Le dices a mi asistente Néstor que te lleve. Mi taller es fantástico, allí trabajé toda mi vida; aquí también trabajé mucho pero en ese estudio pasaba gran parte del día, me encantaba estar allí.

Llega la hora de la comida. Todo se ha dispuesto para el almuerzo en la mesa redonda a donde muchos acuden, pues según narran los encargados las visitas no paran en esa casa. Se conversa con ánimo mientras comemos juntos. Afuera las guacharacas también almuerzan. Luisa asegura que antes había 33 y que ahora solo quedan 15. Antes de irme voy al taller. De alguna forma el tiempo ha adoptado un extraño modo de ser en ese espacio y en toda la casa. Podría parecer que está detenido pero no es así. El transcurrir se congrega aquí a sus anchas, expandido y pertinente. El instante, los relojes, el piano, la máquina de escribir, los cuadros, la paleta de colores, el tablero de ajedrez, la palabra… nada se ha interrumpido. Cada segundo está dilatado en la eternidad de una esencia en extremo sabia de sí. Así es Luisa.

—¡Lorena! En Venezuela y en el mundo entero hay una simbiosis entre fantasía y posibilidad. Necesitamos producir una síntesis entre contemplación y reflexión. Mientras uno vive, discute sobre los procesos políticos y sociales acompañados con ruidos electrónicos que surgen de esquinas, sonidos terribles, músicas horrendas de teléfonos que no tienen nada sino siempre la repetición de lo mismo. Esa es la realidad de nuestra sociedad latinoamericana. Todo cae sin salida, así es el mundo de hoy. La gran pregunta es qué arte se mantiene por sí solo.

Vuelvo al camino. Afuera reparo en el nombre: Quinta El Marco. Por un momento pierdo mis coordenadas. Me alejo, con la sensación certera de que hay algo que Luisa no me ha dicho, algo que nunca me va a decir. Tal vez ya lo sé, pero no puedo verlo. Abajo me espera una ruta que maúlla su persistencia inclemente. Respiro. Me voy del marco con la esperanza de volver a él, entrar en la representación.