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Vivimos en la fisura: Conversación con Harry Almela

Harry Almela

Harry Almela

Hace algunos días, el libro “Contrapastoral” (Premio Bienal de Poesía Abraham Salloum 2014), se presentó en los espacios de la Feria del Libro de Chacao. Es el motivo principal de esta conversación con Harry Almela (Caracas, 1953), donde el autor plantea su visión acerca de su oficio y del país. Aquí nos habla del poema como fisura y como alternativa ante la neolengua

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Con la publicación de Instrucciones para armar el meccano (Caracas: Fundación para la Cultura Urbana, 2006), intuimos que vendrían quiebres temáticos, semánticos y formales en tu poesía. La patria forajida (Caracas: Editorial Actum, 2006), Silva a las desventuras en la zona sórdida (Maracay: Ediciones Estival, 2012) y Contrapastoral (Caracas: Bid&Co, 2014) nos mostraron dichos cambios. ¿Qué te llevo a elegir esos quiebres?

 −Bueno, uno no elige sus perversiones, como tampoco lo que llaman la voz. Lo que sí puedo decirte es que en algún momento y en algún espacio, comenzó a presionarme lo que ocurre en Venezuela. Era inevitable. Creo que a lo que venía haciendo, le faltaba país, paisaje, historia. No me encontraba ni me sentía cómodo en lo que escribía, en la narración que venía construyendo…

−¿País, paisaje, historia?

−Sí, claro. Estaba narrando desde un yo ensimismado, sin contactos con la historia personal y colectiva. Un yo, digamos, heideggeriano, y valga acá el lenguaje académico. Vengo, como muchos venezolanos, de una formación provinciana, digamos, de una época de cuando la gente se sentaba en taburetes de madera, por las tardes, a conversar, a jugar Bingo. Un espacio de campesinos, circular, marcado por la oralidad, que de pronto se vio arrasado por la modernidad industrial, que rompió esa circularidad, proponiendo a sus anchas sólo una línea recta.

Para no perder el contacto con lo que he sido, con esa parte antigua de mí, me obsesioné por conocer el devenir del país de donde procedo, por saber qué nos había pasado, en qué sitio y cómo se rompió el hilo del papagayo. Esa dinámica me llevó a pensar en la otra gente, ¿sabes?, en lo otro y en los otros que son mis coetáneos y mis paisanos. Además, parte de mi infancia estuvo cercada, amurallada, por lo militar. Y muy cerca, en mi casa. Me di cuenta, por otra parte, de la omnipresencia del paisaje en nuestra poesía, entendido como construcción cultural, como pedazo de país ofrecido y presentado en un lenguaje, plástico o literario. Es una marca de origen, desde Bello para acá. Esto se sabe, pero no se dice lo suficiente.

Todo esto me llevó a hurgar en la historia de nuestra modernidad, de cómo pasamos de ser un país agrícola a ser un país industrial y básicamente petrolífero. Nuestra generación es heredera de los bienes culturales que se derivaron de esa dinámica: la democracia, el igualitarismo universitario, el acceso a los bienes culturales. Todo eso comenzó a derrumbarse el Viernes Negro. Me interesa más la modernidad entendida en estos términos que en los muy cerrados e insuficientes de la literatura, que además siempre apuntan a mirarnos como continuación de las estéticas europeas.

Los quiebres de los que hablas, probablemente provengan de allí, de la necesidad de narrarme de una manera más fértil, digamos, más cercana a lo que soy y de donde provengo. 

−El poema es una fisura por donde entra la esperanza…

–Creo en lo de la fisura, pero no necesariamente en que por allí entra la esperanza. Porque no solamente puede entrar la esperanza. Además, ya no tengo esperanzas, lo que es una forma de ejercer la libertad, me parece. Ese sustantivo sugiere un trance en pasivo, un esperar algo que está en el porvenir. Todo eso está lejos de mí en estos momentos. Y además, en la poesía, como nos recuerda José Emilio Pacheco, no hay final feliz. Necesito aclararte que todo esto no me hace un pesimista, un sufridor de oficio. Yo no soy César Vallejo. Me hace simplemente un espectador en un teatro donde además asumo el rol de uno de sus personajes. Ni más, ni menos.

−¿Cómo construyes dicha fisura en tus últimos cuatro libros? ¿Cómo resuelves la muerte de muchos verbos, que históricamente definían nuestra cultura?

–Me suena bien eso de la fisura. Es importante, pero desde el punto de vista del lenguaje. Para decirlo en el fastidioso argot de Jakobson, el vínculo entre significante y  significado se ha roto. Acerca de eso, Rafael [Cadenas] ha venido hablando con mucho más propiedad que cualquiera de nosotros. Ese desplazamiento del signo lo vivimos a diario, lo padecemos (más bien) no sólo por la elaborada neolengua contra la cual navegamos día a día, sino también en la vida. El Ávila caraqueño es otra cosa, tiene un nuevo significante, el paisaje ya es otra cosa, ya no significa, por lo menos para mí, ese ensueño falsificador de la Pequeña Venecia, o de la Tierra de Gracia donde vivimos demasiado tiempo. Ya no estamos en el Canoabo de Gerbasi, o en el Escuque de Palomares. Ya no hay certezas. Vivimos en la fisura. Cuando escribo, quiero que esa fisura esté allí, porque me narra, me pone en un equilibrio inestable con el mundo, creo.

−Estamos viviendo los últimos años de la cultura petrolera.

−Bueno, eres optimista… Yo estoy convencido de que ya entramos en la era postpetrolera. No tenemos cómo competir con los esquistos, con eso que llaman el fraking. Hace algunos meses, la Standar Oil anunció la venta de todos los activos que tienen en combustibles fósiles, para mudarse a los no fósiles. ¿Te imaginas eso? Los Rockefeller, los inventores del kerosene y de la gasolina, abandonan el mercado. Arabia Saudita y Kuwait nos informan que es hora de que vayamos acostumbrándonos a los bajos precios del petróleo. ¿Sabes por qué? De esa manera intentan retardar la migración de inversiones a combustibles no fósiles. Se nos pasó la hora. Desde hace años, por defender los precios en vez de subir la producción, dejamos de ser un país petrolero para ser sólo un país petrolífero. Hemos llegado tarde a un sitio donde hace rato ya no pasa nada. No es que entramos ahora en el período de las vacas flacas. Es que simplemente ya no hay vacas. Y no hay posibilidad de retorno, a Dios gracias, y con estos líderes de la alternativa democrática, más preocupados por ver cómo salir mejor en la foto, no le arrimo ganancia a lo que nos espera cuando salgamos de esto.

−Sé que te interesa ese tema.

–Me sumo a quienes piensan que ése es el gran tema. La historia del país, de 1920 para acá, pasa por saber quién maneja la renta petrolera y cómo se maneja. Y eso también tiene qué ver con los objetos estéticos. En cuanto al amplio tema de la cultura petrolera, quien ha dibujado de mejor manera los tiempos que ya concluyeron, ha sido José Ignacio Cabrujas, cuando habla del país de campamento minero convertido en  hotel, en cuya puerta cuelga un letrero que dice Bienvenido, disfrute lo que pueda y trate de echar la menor vaina posible. Pero ese país de Cabrujas ya no existe. Y por eso ya está bueno de citar la frase de Uslar Pietri, discurso que siempre escondió el sesgo populista de todos nuestros gobiernos. Una de las cosas buenas que nos ha dejado estos quince años de El Proceso es que por fin Uslar Pietri ha dejado de tener vigencia. Hace rato que fuimos petróleo, como dices. Y es conveniente y sano que vayamos dándonos cuenta.

–Somos producto de eso. Es nuestra tragedia. Creo que mucha de la poesía intimista publicada en Venezuela en el Siglo XX y lo que va del XXI es una manera de evitar esa tragedia.

–Es probable que lo que digo suene extraño para algunos, pues se supone que quien escribe no debe hablar de nimiedades de la realidad, de la historia, de la política. Olvidan que la escritura, en el fondo, también es un acto político, en cuanto el poema proviene de la polis, es su producto, es un producto de la lengua que es un bien colectivo que busca responder las grandes preguntas celestes de las que habla Antonio Cisneros. Y esto incluye a los que llamas poetas intimistas. Es su manera de ser y de estar en ese escenario. Cada quien llega a la isla con los remos que tiene.

Más que el pasado, ahora me preocupa hacia dónde vamos. Y vamos, me parece, a la dimensión desconocida. Será necesario construir un relato que va a reclamarnos una actitud, no diferente, sino nueva, lo que resulta más complicado. Y allí, en vez de reclamar derechos, tendremos que atender los deberes. Muchas veces, cuando camino sobre el basurero de las calles de Mariara, me pregunto qué pensaban los berlineses a comienzos de mayo de 1945. Estamos exactamente en el mismo sitio, caminando sobre escombros, velando el cadáver de un país. La Constitución, todas ellas, hablan de derechos, y uno siempre los reclama, pero nadie habla de deberes, porque en los derechos está el individuo solo consigo mismo, a la espera. En los deberes está el Otro, el paisano.

–Dentro de poco diremos Fuimos petróleo. ¿Qué dirá el poema?

–¿Qué poema nos espera? ¿Cuál nos narrará de la mejor manera posible? Ni idea, en verdad. Por ahora, solo sé que ya no hay país, que por suerte ya no tengo pertenencia ni acto de fe qué proclamar, que vivo en la fisura y que, por lo pronto, nos toca testimoniarlo.

–¿Cómo es la cultura en la zona sórdida?

–Esbozo solo algunas cosas. Generaciones de venezolanos crecimos creyendo que el amarillo, azul y rojo de la bandera que nos dejó Miranda en 1806, significaban nuestra riqueza, el mar que nos separa de España y la sangre derramada por nuestros libertadores. ¿Cuál riqueza había en Venezuela a comienzos del siglo xix? ¿Por qué celebrar en una bandera el mar que nos separaba precisamente de nuestros opresores? ¿Cuál sangre, si la guerra comenzó en 1810? Mitos. Las malas lenguas dicen que Miranda se inspiró en el cabello rubio, los ojos azules y la boca muy roja de la rusa Catalina.

El 5 de Julio se celebra con un desfile militar, desde hace años, mucho antes de esta locura, cuando todos sabemos que la declaración de independencia fue un acto absolutamente civil. Mitos. Venezuela se llama así porque Américo Vespucio encontró semejanzas entre los palafitos del lago de Maracaibo y los palacios venecianos. Habrase visto semejante locura. Mitos. Nuestros blancos criollos, igualados con los negros y los indios después de la Independencia, necesitaron del Manual de Carreño para comenzar a parecerse a gente educada. Se vivió en el mito del país fértil, rico, maravilloso. Eso nos llevó a seguir cultivando mitos en el siglo xx: las telenovelas, el Miss Venezuela, el tá barato, dame dos. Queremos que se respeten nuestros derechos, pero si puedo colearme en la gasolinera, mejor. Eso nos tranquiliza a la hora de comernos la luz roja. Y todo el tiempo estamos en eso, buscando la manera de comernos la luz roja. Eso es lo que somos. Un país eternamente buscando la manera menos complicada de comernos la luz roja, mientras Uslar Pietri está allí, como el personaje deEl Otro Yo del Doctor Merengue, hablándonos del país y de sembrar el petróleo.

Todavía hay gente que cree que la Vinotinto puede llegar a alguna parte, a pesar de que le escamotean los patrocinadores. Todavía hay gente que aplaude los éxitos de Dudamel. Fácil olvidamos que mientras dirigía la orquesta en La Victoria, en febrero pasado, asesinaban a estudiantes en las calles de Caracas. La mejor imagen del país actual, del momento actual, se vio en la última edición del Miss Venezuela. Un pasatiempo alicaído, ¿sabes?, como de Acto Cultural de Cabrujas, todo descosido, guasón, faramallero, arrocero, parejero, la suma del kitsch. A comienzos de año, asesinaron en la autopista de Puerto Cabello a Mónica Spear. Nada se dijo acerca de eso. Toda Venezuela está pendiente de una noche tan linda como esta. Y al final, como colofón, sacan volando para una clínica al rey de la fiesta en una camilla. Esa es la situación cultural del país. Un apocalipsis. Un gozoso apocalipsis que anhela ser cantado y contado.

–¿Cómo son los sentimientos y los afectos en la región de la sordidez? ¿Allí, cómo sucede el poema?

–Los sentimientos y afectos, como todo, se han quebrado, cuando no se han transformado, tanto en lo individual como en lo colectivo. Lo público ha inundado lo privado. Es complicado el poema desde allí. Creo que debe atender y reparar el enorme daño que nos ha causado la neolengua y desde allí narrar esos destrozos.

−Si un poeta vivo sabe de las tragedias de un país es el polaco Adam Zagajewski. Él plantea que la poesía no debe estancarse en el simple testimonio del mal, sino que debe ir más allá. Ir a los lugares de la fisura. ¿Qué quisiste decirnos en Contrapastoral?

–Bueno, no quise decir nada. Simplemente dije. Si salió bien o mal, es otra cosa.

Ese libro es el testimonio de una terapia, del complicado ejercicio de constelar una incubación, como dice Rafael López-Pedraza, que en fin de cuenta eso es la poesía. Se venía incubando una visión del paisaje en decadencia. Se venía incubando la fisura. También está allí mi reciente cercanía con la poesía sefardí contemporánea, particularmente con los poemas de Margalit Matitiahu, cuyos vocablos me sitúan a veces en la niñez, cuando oía palabras semejantes en boca de los campesinos de Mariara. También estaba incubándose, aunque a primera vista no lo parezca, Franz Kafka, que llevó a los extremos el arte de la autobiografía. Y en el fondo, el país, esa patria forajida de la que hablabas al principio.

–A la luz de todo lo anterior, ¿qué percibes que está ocurriendo en la poesía de este país, siempre negado a ser moderno, siempre seducido por las armas y el lenguaje de la barbarie?

–Bueno, de entrada no creo que nos hayamos negado a ser modernos. Creo más bien que el proyecto de modernidad fracasó en este país. Fracasó nuestro gran metarrelato, como diría Lyotard. Aunque, claro está, nuestra modernidad no debía parecerse al proyecto del resto de Occidente. En nuestro continente son otras las líneas de la Historia. Hemos negado, por vía de los hechos, aquella afirmación de Hegel de que no somos Espíritu, sino Naturaleza. Lo atractivo del asunto es que nuestra poesía se niega a ser escrita en lenguaje bárbaro. La poesía en Venezuela va en sentido contrario a las marcas que supuestamente llevamos en la piel. Te pongo un ejemplo. Somos, de alguna manera, hijos de la Contrarreforma y del Barroco español. Nuestras prácticas religiosas son particulares. Nuestra naturaleza es asaz provocadora. Sin embargo, la poesía de Rafael Cadenas se opone a lo barroco, al temor al espacio vacío, porque exactamente aspira al espacio vacío y a una religiosidad laica.

Los poetas más jóvenes lo tienen más complicado, me parece. Es difícil centrar la atención en el ombligo cuando los árboles están ardiendo en las calles. Por otra parte, encontrar libros se ha convertido en un arte de prestidigitación. Publicar es cada día más espinoso. El circuito literario ha cambiado. Publicaciones periódicas, talleres, concursos, editoriales, han desaparecido casi por completo. ¿Dónde confrontan? ¿Qué leen? No lo sé. Supongo que irán encontrando el camino que les pertenece. Lo interesante de nuestros espacios literarios, y esto ya lo he dicho, es que existe más continuidad que ruptura. Acá, desde siempre, es posible que escritores maduros y jóvenes converjan, sobre todo ahora en los pocos espacios que quedan. Espacios que, como el bosque de los sobrevivientes de Farenheit 451, están llamados a preservar la literatura mientras pasa esta tormenta.

–Decía Auden que si algo nos ha mostrado la Historia es que podemos vivir sin amor, pero no sin agua. ¿Le está haciendo falta a los escritores venezolanos, sobre todo a los poetas, atender esa afirmación?

–Esa frase de Auden me lleva a lo que creo es el conflicto de fondo, la vieja pelea entre Platón y Aristóteles. Hemos sido, creo que en demasía, atentos seguidores de lo platónico, en detrimento de lo aristotélico. De allí proviene ese hálito romántico de gran parte de nuestra poesía. Es un mal de Occidente, me parece. Claro, esta afirmación necesita muchas notas a pie de página. Pero en verdad, en Venezuela somos capaces de morir de amor, pero no pensamos que es más fácil morirnos de sed. Aunque hay quienes viven con las dos cosas, con el amor y con el agua. Amados por el Rey Filósofo que les volvió a abrir la puerta de La República, y sin sed. Aunque sólo beban arena, pues no beben agua nunca.

Creo que a los poetas no les hace falta atender ninguna afirmación. Creo que funcionan como los pararrayos, mientras aprenden a oír. Están allí, a la intemperie, exiliados de todo, atentos, como dice Paz, y esto sí me parece un deber, a su conciencia y a la palabra. Creo que no hay estética sin ética. En eso, como en otras cosas, el maestro Heidegger andaba equivocado.

Al final, la muerte es quien tiene allí algo qué decir. ¿Quedaremos en la memoria como testimonios de nuestro tiempo? ¿Quedaremos en la memoria como testimonios del Ser? ¿Quedará alguna huella de esta discontinuidad que somos? Ni idea. La palabra, nos recuerda Cadenas, no es el sitio del resplandor. Pero insistimos, insistimos, nadie sabe por qué.