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Victoria en silencio

Victoria De Stefano, escritora venezolana / Archivo

Victoria De Stefano, escritora venezolana / Archivo

Los lectores de esos libros nos damos cuenta de que esas reuniones tienen mucho de trámite espinoso: los vínculos entre los personajes que interactúan allí son tensos, casi obligatorios, como si las circunstancias que los acercaran fueran la secuela de un escarmiento

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En varias novelas de Victoria de Stefano, la charla parece por contraste el preámbulo de la creación. Una comilona o una fiesta tienen, paradójicamente, la condición gregaria de la parálisis: por ellas se pospone lo único que vale como acción –la problemática eventualidad de la escritura. Los lectores de esos libros nos damos cuenta de que esas reuniones tienen mucho de trámite espinoso: los vínculos entre los personajes que interactúan allí son tensos, casi obligatorios, como si las circunstancias que los acercaran fueran la secuela de un escarmiento. Sentarse a comer en compañía, compartir unos tragos o pasarse un chisme fresco terminan siendo las formas sociales del hastío. Por suerte, más adelante el penitente será reivindicado: en un espacio ordenado a su gusto y conveniencia, esa persona encuentra el desahogo de las letras.

El escritor de La noche llama a la noche no asiste a la cena de la familia de Matías en el capítulo IV, pero su presencia en las secciones que la preceden y la siguen son señal de la disparidad. Lo que ocurre entre Ramón, Cecilia, Carlos y la abuela es un modelo de disfuncionalidad: se relata recuerdos de viajes, se admite la falta de memoria para ciertas cosas, se habla del vino, se critica al ausente, se lamenta el tener que estar ahí… En montones de películas hemos visto esa escena –grave, cómica, desesperanzada. Antes, el hombre que debe restaurar la historia de Matías ha dado fe de la dureza de escribir y, como signo de espera e impaciencia, fuma hasta que la colilla le quema los dedos; luego, nos enteramos de que el hijo pródigo ya se suicidó –suponemos que la narración del hecho cumplido está firmada por ese mismo hombre, que pronto reflexiona sobre la dificultad de su tarea: “El problema está en querer escribir de una manera imposible, como si la escritura pudiera, además de atrapar las sutilezas de la significación –es decir al otro, aquel para quien hablamos y a quien presumimos revelarnos–, corresponderse con los modos del ser y del conocer”.

El contrapunteo entre cháchara y meditación es una modalidad de ese gesto imposible. La virtud de Victoria de Stefano consiste, justamente, en saber intercalar las dudas y nociones de su oficio en los márgenes de la ficción; con ello arma una estructura cuya complejidad es inducida, porque se ha renunciado de antemano a la comodidad del realismo psicológico y a los consejos de “narradores puros”. Una frase de Musil puesta en el sexto capítulo es muy clara: “La historia de esta novela viene a ser que no se cuenta la historia que debía ser contada”. La afirmación revela una mínima apostasía de cara al legado de la narrativa, pues con la constante interrupción de lo subjetivo y lo teórico evade el exclusivo deber de relatar. Habría que inventariar todos los momentos en que de Stefano incluye fragmentos de diarios y cartas que lidian con los conflictos del arte; la sumatoria sería explícita en relación con la fuerza del pensamiento estético.

En El lugar del escritor, la idea de la obra aún invisible también flota sobre la celebración de cumpleaños del inicio. Claudia, la protagonista, deambula por el apartamento de Julio como un comprometido holograma: las convenciones la han empujado a asistir, pero cada conversación tiene en su anverso la compulsión dolorosa e ineludible del encuentro con un work-in-progress. Crear consiste en vindicar un espacio sin el boato de una agrupación de individuos. En Lluvia se constata algo similar: la apoteosis de un cuarto propio es la marca de un sujeto que ha transformado cada manuscrito en un efecto orgánico. La dialéctica de lo literario se funda en esa sucesión obligatoria de parloteo a abstracción. En cónclave no se puede hacer literatura; lo comunitario se rememora y existe como fondo, pero el cadáver exquisito que va de mano en mano para Victoria de Stefano es un simple despojo. Sólo apartado puede alguien lograr la energía de todo libro importante –ni más ni menos, cada uno de los suyos.