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Victoria de Stefano: todo va conectándose

Victoria de Stefano | Foto: Archivo

Victoria de Stefano | Foto: Archivo

Victoria de Stefano (1949) es narradora y ensayista de reconocida trayectoria en ambos territorios. “Lluvia” la novela a la que se remite este ensayo, fue publicada por primera vez en el año 2002

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Se topa con un borracho. Tiene años merodeando por la zona. Quita la tapa de su botella. Está cubierta con un papel marrón y arrugado. Las miradas se tocan. Ambos asienten. Cada quien sigue su camino. Ninguno de los dos, como en otras ocasiones, quiso lanzar la primera frase. Por alguna razón, el episodio la descoloca. ¿Qué tedios ocultos pudo haber activado una mirada casual? A la mano, una enorme colección de turbaciones (“y estoy aún bajo los efectos opresivos de un espeluznante sueño escenográfico”). El paseo, de pronto, tenía otro fin: ventilar el ánimo tras una jornada de escritura, entrar al supermercado, fumar un cigarro al aire libre, ver las tramas de luz que se cuelan desde la copa móvil de los árboles y entablar alguna ligera conversación sobre el clima y el caos.

Ella tiene la facultad de confundirse cada vez más con la escritura. Sus manos van sacando grandes, complejísimos nudos narrativos, como si se tratara de encontrar el finísimo hilo que comunica el mundo tangible de las cosas con otro, subterráneo. De esta manera, el perplejo lector asiste a una enigmática polifonía: voces se desdoblan y agolpan en una sola que a su vez busca su expansión. Así va mimetizándose, en un juego que mucho tiene de calidoscópico, la existencia de la Clarice que aparece en Lluvia con de Stefano. Ambas podrían compactarse, momentáneamente, en un símbolo vibrante que dé cuenta sobre una intensa y prolongada experiencia literaria. “Es impresionante cómo el embrión de un relato puede surgir de cualquier parte. Todo lo que se requiere es prestarle atención  a lo que salta unos centímetros por arriba o por debajo del fondo familiar de las rutinas”.

Clarice, entonces. Sus recorridos van dando las claves para ver cómo va apareciendo la imagen independiente de su creación anterior. Mientras tanto, en otro arranque de melancolía, seguramente pasajero, anota. “No estoy de humor para expandir los maravillosos brotes de mi fantasía, dentro de mí nada repica, todo retrocede falto de color y de sustancia, todo retrocede y se sale del foco: renuncio a mi terapia de supervivencia, renuncio por incapacidad, por cansancio”. Por eso, pide paciencia. Es el sutil juego de la ventriloquia. La torre, la habitación, la sala de estar, la cocina, el cuaderno de notas, el teclado y las manos, apenas son escenas móviles que estimularán las más diversas corrientes de la consciencia. Ella, ya no importa cómo se llame, ni de dónde viene, si de la realidad o un libro, está solo allí, expectante, vibrátil, atenta a los llamados del paisaje para hacerlos entrar en su escritura. El relato asalta, basta con estar atento. Asediada por la anterior certidumbre, retorna, suelta las bolsas de mercado como si fueran un estorbo. Apresuradamente, anota un pensamiento que tenía días, meses, años, vidas, quién sabe, elaborándose en alguna trastienda. Solo faltaba el detonante. ¿Lo encontró en su paseo? “En su Biografía literaria Coleridge escribe que para Wordsworth la facultad suprema del espíritu estaba en crear asociaciones. En el arte de la escritura es donde el triunfal impulso contrapuntístico de las transposiciones se encuentra mayormente en su elemento”. Pausa, qué tiene que ver –piensa con el oído puesto sobre la voz de un cantante que se cuela por la ventana– el coletazo de una vieja lectura con lo que ahora está pasando. ¿En qué punto se origina todo ese sistema de conexiones que mantiene en pie una voluntad artística? “En el arte de la escritura”, la frase sale como una liberación largamente contenida en alguna esquina de sí misma, “es donde mejor se revela la interconexión del yo del mundo con el sujeto ampliado del conocimiento progresando. Sin pausa y sin centro”.

La mano busca hilos que se tocan y fugan. Juego de transposiciones, avasallante ritmo de una mente entregada al vértigo de su pensar. Al fondo, suena el teléfono, esa cada vez más lejana aria insiste. El paseo, el hombre de mirada distraída, sus rasgos carcomidos por el alcohol, el instante de la escritura, cuánto en el mundo hay dispuesto al mágico juego del contrapunteo. Solo falta una mirada que sepa engarzar su deseo en la trama. Es lo que busca “Clarice” en sus anotaciones, así como en las citas que va transcribiendo. Diálogo entre el yo y el mundo, viaje mental y físico. Un ritmo, el de una marcha empujada por el goce de la digresión. Se detiene otra vez. El lenguaje encuentra nuevos susurros. Su necesidad es doble: anotar lo que va ocurriendo y simultáneamente conectar todas las ideas que desfilan a su alrededor. Por si fuera poco, colmo de las exigencias, se empeña en alcanzar una prosa sobria, precisa. Detrás de cada frase, hay otras sepultadas. Si pudiera ir rebanándolas, como el jamón que se trajo del supermercado, lo sabe, podría encontrar a Bajtin, Woolf, los románticos ingleses y alemanes. Clarice los alojó en su cabeza. Los maestros, sí, también las voces que acompañan las horas de sueño, el olor de una taza de café acompañada por un montón de humo (Only connect…es la línea de E.M. Forster que rebota desde algún lugar lejano y guía su faena diaria). Pactar con ese flujo narrativo, relatar los mínimos y angustiosos instantes que componen el discontinuo y avasallante ritmo de los días.

“Para expresarse –remata– basta el grito”. Pero esto no tiene mucho que ver con desgarros ni llorantinas. Es, más bien, un ánimo templado, estoico. Sabe que son malos tiempos, vendrán peores y trabajar, cómo no, cansa. Entonces, hace lo que puede: dejar huellas, rastros de memoria. Así, fragmentos van y vienen, dispersándose y ensamblándose, Clarice ha entrado en la lúdica, sensual danza de una escritura paleográfica y vagabunda. “Este. Oeste. Norte. Sur. Ir sin una meta definida. Suelta este último pensamiento con un dejo sonriente, sabe que en el fondo hay mucho más, su Ítaca puede ser un horizonte que puede disolverse en la música exacta de una frase, combinar el azar y las imprecisiones, desentenderse del apuro por llegar a un lugar determinado.

¿Qué debe ocurrir para adentrarse en este ritmo que puede ser demorado y trepidante? Ser tomado por el entusiasmo, ejercitar la lentitud, dejarse arrastrar por la corriente de imágenes y su muy particular poética de la ensoñación. ¿Será posible?, me parece escucharla, mientras va enmendando los costados de alguna frase –sí, momentos de la más alta cavilación. ¿Y qué pasa cuando la bruma se instala en el pensamiento y baja por las manos? No, esta vez no. “Para volar en imaginación sólo hace falta dar un pequeño paso, principalmente si ese paso se da asomándose a la ventana sin ninguna otra intención más que contemplar la noche, la noche deslizando sombras, aquí y allá, en los muros fronteros, bajo la bóveda nocturna iluminada por la hoz o el círculo de la luna”.

Su escritura puede adquirir las más variadas modulaciones: pianissimo, alegretto, crescendo, forte, como si se tratara de encontrar en su “fraseo” la forma de navegar la corriente incesante y salvaje de los días, las horas, los instantes, mirados detenidamente, fijados, meditados, transmutados. “No hay otro recurso, ninguna otra salida. Ahí está la polifonía, la verdad del coro. Una palabra llama a la otra, una idea a otras ideas, una zona clara a otra más oscura”, suelta una frase cuya única respiración está en los puntos y el lápiz pareciera resbalarse de las manos que parecen temblar –de pronto caen en una ligera levitación– antes del remate: “toda la faramalla de la miseria de la vida al milagro del devenir de la vida. Para hacer tolerable la vida es necesario que esté dirigida por el esfuerzo y la excitación de una mirada que la supere”.

Sus marchas: pasión por encontrar conexiones entre los fenómenos más dispersos, siempre oscilando entre la cercanía y la distancia crítica. Solo así, a partir de una muy intensa autobservación que busca disolverse en las más diversas narraciones, es su certidumbre, al menos mientras llena una hoja tras otra, “Clarice” podrá lograr “expandirse del tiempo en la fugacidad de la duración triunfante que los filósofos antiguos llamaban instante, vívido instante de eternidad”. En el otro extremo de su ánimo, hay bajones, momentos desazonados, lejanos de cualquier paroxismo, con demasiadas preguntas, acaso una forma de tomar aire sin dejar de escribir. No siempre las manos pueden bailar la música del pensamiento. Puede aceptarlo, por oficio, sin escándalo. Las fuerzas del tedio piden su cuota. Moverse entre esos dos inmensos campos magnéticos no es poca cosa y Clarice, pese a sí misma, puede dar cuenta de esos sutiles, delicadísimos movimientos.

Ella sospechaba lo mismo que Italo Calvino: la imaginación es un lugar donde llueve. El agua es una metáfora de la mentalidad abierta a la ductilidad y plurivalencia. La escritura intenta dar cuenta de eso. Quizá lo anterior también lo llegó a pensar, pero en un instante de distracción, qué remedio, el hilo también puede volverse invisible. Se le escapó como una bocanada demasiado veloz. Ahora recuerda las bolsas dejadas al pie de las escaleras. Ve la hora. Son las cinco de la tarde, se le olvidó preparar el almuerzo. Antes de soltar por un rato sus papeles y empinarse escaleras abajo, hace otra anotación, casi una requisitoria contra sí misma. Allí, el germen de nuevos relatos. “¿Por qué esta curiosidad enfermiza e intrusiva por lo que está más allá, por debajo y por detrás de las vidas de los demás? En especial de las vidas de todo tipo de apestados, vagabundos, pordioseros, borrachines, dementes de los que hay un buen surtido en el territorio de este enclave comprendido entre tres panaderías y la iglesia: esto es, entre el pan y la limosna”.