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Víctor Valera: siempre será para siempre

Víctor Valera / Manuel Sardá

Víctor Valera / Manuel Sardá

Esa consustanciación con el trabajo creativo lo prolongó hasta el final de su vida misma. Tanto así que prefiguró el legado de su última muestra en sus detalles más exhaustivos

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Entre la vida de Víctor Valera y su obra hubo una asombrosa relación isomórfica. Él fue, a la vez, un hombre transparente y directo, irónico y generoso, recio y sutil, vertical y delicado, contundente y caballeroso, reflexivo y emocional. En fin, lo apolíneo y lo dionisíaco se conjugaban en la esencia misma de su conducta y de su creación. Lo admirable es que esas características, de manera constante, fueron transferidas a sus esculturas y pinturas. Por eso ellas convertirán sus estatutos abstractos en una extraña palpitación orgánica que recordaban que su autor era insobornable y que, por lo tanto, ellas no podían dejar de ser insoslayables.

Esa consustanciación con el trabajo creativo lo prolongó hasta el final de su vida misma. Tanto así que prefiguró el legado de su última muestra en sus detalles más exhaustivos. Casi sesenta obras reposan hoy en su taller con el destino de compartir con sus admiradores el resultado de su búsqueda más postrera. Lo que quizás no advirtió fue que, en lugar de ser la última –como lo habíamos anotado–, esta exhibición será la primera de muchas otras que se prolongarán mucho más allá de su presencia física.

Pero también hay otro rasgo que hace singular al conjunto de piezas que  deja. Nos referimos a que estos cuadros se condensan, con ascendente logro, en la escala de su reafirmación como creador y de su madurez como artista. Si algo se advierte es el atrevimiento de quien dominó un lenguaje constructivo y de quien, además, se atrevió a combinar códigos armónicos que trascienden la previa existencia del alfabeto geométrico, así como la frialdad del abstraccionismo octogonal. No se inhibió en el más mínimo grado para liberar la impronta de fantasías cromáticas que alcanzan un superlativo grado de autosuficiencia y unas lúdicas composiciones que revelan el espíritu rejuvenecido hasta donde más no se podía. Es posible que se adviertan muchas derivaciones de sus registros pretéritos, también es posible que se identifiquen relecturas de antecedentes remotos, así como reafirmaciones de hallazgos más asociados con sus obras recientes. Pero más allá de cualquier interpretación ortodoxa, sesgada o rebuscada, se imponen las presencias de unas pinturas que agigantan la claridad luminosa del trópico, que reactivan la fortaleza de un impacto persuasivo, y que, sobre todo, promueven la expansión de ondas afectivas que se apoderan de los contextos de cada realización. El sol de su Maracaibo, así como la sensibilidad prístina de una emoción alegre y el dominio de unos recursos tan sedimentados como pletóricos, se dejan ver con los ojos de una resonante vivencia estética.

El testimonio materializado en estas últimas pinturas, demuestra que Víctor Valera se despidió con el mismo compromiso con el que vivió: hasta en  el momento que no admitía más allá, nuestro artista reafirmó que siempre se resistió a dejar de ser un joven creador. Vivió con el espíritu innovador de un niño y prolongó esa decisión hasta su despedida definitiva. Nunca dejó de ser un indagador rebelde. Fue trabajador, perseverante, sincero, valiente y fértil. Parafraseando al poeta Cadenas, podríamos afirmar que, si en vida Víctor Valera hacía más vivo el vivir, ahora su muerte hará que la relación con su obra sea más entrañable y conmovedora.

En este punto de nuestra evocación, no resistimos la tentación de compartir un testimonio: siempre hemos creído que una de las formas supremas de satisfacción personal procede de escuchar decir al otro que lo hemos hecho feliz. Y eso fue lo que experimentamos, cuando hace algunos años le trajimos de Argentina  una reedición del libro Voces de su poeta preferido, Antonio Porchía. En esa ocasión nos abrazó expresando que se sentía el hombre más feliz sobre la tierra. Ahora, en esta ocasión, resulta oportuno recordar que uno de los aforismos contenidos en ese libro, expresa: “Se vive con la esperanza de llegar a ser un recuerdo”. Pensamos, en efecto, que Víctor Valera se convertirá en un recuerdo. En un recuerdo que, seguramente, estará registrado en la memoria cerebral, al igual que estará en la memoria perceptiva y en la memoria de la ocasional intuición. Pero también, él y su obra, permanecerán fraguadas en la memoria del corazón, es decir, en ese lugar donde el tiempo y el espacio relativizan cualquier interpretación y se sobreponen a cualquier convencionalidad.

Por todas esas razones, Víctor Valera, siempre será para siempre, ya que será imposible no tenerlo presente cuando veamos cualquier obra de cualquier exposición. Víctor Valera, siempre será para siempre, porque no podrá estar ausente en cualquier historia que se reseñe sobre la plástica venezolana del siglo XX. Víctor Valera, siempre será para siempre, porque deja una herencia imborrable. Víctor Valera, siempre será para siempre, porque sus amigos aceptaremos que él estará siempre presente, aunque de otra manera.