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Estado de la lengua en Venezuela XI
Responde Sandra Caula

Sandra Caula / Foto Elvira Prieto. Cortesía

Sandra Caula / Foto Elvira Prieto. Cortesía

Siete preguntas conforman la serie que dio inicio el domingo pasado. Sandra Caula es Licenciada en Filosofía de la Universidad Central de Venezuela. Es escritora, editora, traductora y articulista. En 2009 escribió "Las artes de lo bello según Etienne Gilson"

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―¿A la crisis venezolana, se corresponde una crisis de la lengua en Venezuela? En otras palabras: ¿cuál es el estado en nuestro país, de la lengua en uso?

―El estado de la lengua en uso es casi tan deplorable como el del país. Veo a menudo tres muestras de ello. No son males nuevos, pero en este período se han profundizado de manera abismal. Tampoco es algo que solo pase en Venezuela, pero aquí el deterioro es muy agudo, quizás por los modelos que se ofrecen. La primera muestra es la pobreza en la capacidad de comunicación y de expresión de la gente, incluso de la gente que tiene cargos u oficios que requieren hablar para otros. Es bastante común un vocabulario pobre, construcciones equivocadas, palabras imprecisas, explicaciones ininteligibles o expresiones absurdas. La segunda: el tono inadecuado con que se suele hablar. Con frecuencia sentencioso. Muchas veces violento. Otras, sentimental y manipulador. Pero rara vez respetuoso, reflexivo, grave, que invite a intercambiar ideas y a conversar. La tercera, quizás la más significativa, es la inconsciencia que se siente cuando la gente habla. Uno a menudo se pregunta si quien dice algo sabe lo que está diciendo. Porque las palabras no parecen provenir de una vivencia sobre la que se ha pensado, sino que son como una repetición hueca de fórmulas que más o menos se sabe que funcionan, cosas que se dicen por ahí, para lograr algo o proyectar una imagen o simplemente de moda. 

―Los estudiosos señalan que una de las consecuencias, derivadas de la lengua totalitaria, es la alteración del vínculo de las personas con lo que llamamos verdad: con los hechos y con la lógica de los hechos. ¿Ha logrado la lengua del régimen y sus prácticas, alterar la percepción de la realidad por parte de los ciudadanos?

―No creo que sea el caso. El régimen ha tratado de hacer ver, con múltiples consignas y lemas, que somos un país socialista “lindo, bello y soñado” que tiene un enemigo (externo e interno) que lo sabotea. Pero no lo ha logrado. Es muy evidente que miente, porque nuestra experiencia cotidiana es tan brutal que es imposible disfrazarla y porque hasta el totalitarismo del régimen es chapucero.

Quizás lo que sí ha logrado, pero hay que decir que no lo ha hecho solo sino con ayuda de muchos que lo adversan, es armar un relato falso sobre los gobiernos democráticos que lo precedieron. Las expresiones peyorativas: “la cuarta República” o “el puntofijismo”, que usan por igual el oficialismo y sus oponentes, es un ejemplo de ello. Parece que no hay conciencia de que así la experiencia democrática más sólida de nuestra historia se convierte en un motivo de vergüenza. No sorprende entonces que la alternativa democrática quede casi sin piso político.

El régimen también ha logrado imponer –con un éxito notable– un modo de expresión en el ámbito público deliberadamente irrespetuoso y chabacano, como si esa forma de hablar representara lo venezolano, lo cual no es el caso.

―Chávez puso en práctica el uso reiterado del insulto a sus oponentes. ¿Cree que los insultos del poder deben responderse en los mismos términos?

―No, no me parece que se deba responder a los insultos con insultos. Yo esperaría que la política volviera a ser alguna vez un asunto caballeresco como lo fue en el pasado. (Lo “caballeresco” desde luego incluye a las damas, que ahora también gritan e insultan). Por eso lamento que a la alternativa democrática en Venezuela le hayan fallado las resistencias ante esas deformaciones que el régimen ha vuelto normales. Ver al presidente de la Asamblea Nacional mandoneando a los empleados o insultando a sus adversarios es penoso. Tanto como oír los discursos de algunos diputados de la MUD, retrecheros y a gritos. A veces tengo la impresión de que ese estilo (tampoco nuevo) que el chavismo ha explotado tanto, ha terminado por dominar la política nacional y que no importa si manda o deja de mandar, porque sus extravíos seguirán allí cuando no esté. Lo infame se ha impuesto en la vida pública. 

―¿Hay algún insulto, afirmación, eslogan o acusación lanzada por el régimen de Chávez y Maduro que le haya afectado personalmente?

―A uno no lo insulta quien quiere sino quien puede. Desde que oí hablar a Chavez y a sus seguidores, a comienzos de estos años lamentables, simplemente supe que no me interesaba, desde un punto de vista significativo, lo que decían. Porque su interés tampoco era comunicar algo para que se entendiera, sino imponerse.

Me puede importar lo que diga sobre mí alguien a quien estime como interlocutor y que me considere a mí como tal. Pero no lo que dice quien insulta a todo aquel que no se le somete y solo quiere rebajar a los demás para sentirse por encima. No, nada dicho por alguien que hable así me afecta “personalmente”. 

―Deseo pedirle que comente la frase que sigue a continuación, copiada de la cuenta oficial de Twitter del Ejército: “La lucha por la independencia continúa, Bolívar galopa con su espada desenvainada”.

―Me resulta sorprendente lo de la espada desenvainada, que tiene un doble sentido tan evidente. Eso es muy llamativo de ese discurso de nuestros machos de cuartel, que es como un inconsciente expuesto a cielo abierto. Luego, me parece que la frase es pueril. Estamos en tiempos de armas refinadísimas, ¿de qué batalla de soldaditos de juguete salió ese lema? ¿Quién se lo puede tomar en serio? ¿A quién se dirige? No puedo sino concluir que se usa para ocultar algo, sobre todo cuando la dice un ejército que no ha peleado ni una batalla en su vida. Por último, me recuerda el dicho popular: “dime de qué te jactas y te diré de lo que careces”. El mundo en el que vivimos es muy distinto y bastante más complejo que el mundo en el que vivió Bolívar. Hoy la independencia se logra principalmente con independencia económica, justamente la independencia de la que carece un país que nada produce, que no permite que nadie produzca nada y que dilapidó una inmensa fortuna, como caída del cielo, en malversación y corrupción (en las que, por cierto, parece haber participado bastante ese ejército “libertador”). 

―¿Es legítimo el uso de la palabra traición en la opinión pública? ¿Hay quienes han cometido traición? ¿En qué sentido ha ocurrido?

―Lo normal en los asuntos públicos debería ser que tengamos diferentes puntos de vista y percepciones distintas de lo que pasa o de lo que debe hacerse en determinado momento y que podamos discutir esos puntos de vista, contrastarlos, llegar a acuerdos y hasta separar nuestros caminos cuando disentimos demasiado, sin que eso signifique nada tan dramático como una traición. El uso de la palabra traición en ese contexto me parece eso: dramático. O quizás es el reclamo de una lealtad que solo se pide en bandas de delincuentes o grupos de mafiosos. Hablar de traición entonces sirve para justificar ataques violentos.

―¿Debe ser la lengua una política pública del Estado democrático? ¿Dirigida a qué objetivos?

―No creo que la lengua deba ser una política pública específica del Estado. La lengua es de los hablantes y son ellos quienes la regulan. Su deterioro es un síntoma de otro deterioro más profundo.

Lo que hemos visto en estos tiempos en Venezuela, incluído el deterioro de la lengua, se debe en buena medida a que el Estado no se ocupó de la educación como corresponde ni puso al alcance de la gente alternativas recreativas y culturales apropiadas.

Dejaron a las mayorías en manos de pésimos canales de televisión y emisoras de radios, casi como única forma de recreación, permitieron que una visión positivista del progreso barriera las bases culturales que le daban piso los venezolanos, no invirtieron suficientes recursos en educación y aceptaron que los oficios de maestro y profesor se convirtieran en unos de los peores pagados y con menos reconocimiento que se puedan concebir en Venezuela.

Así no hay manera de que un país salga adelante. Para formar verdaderos ciudadanos, la educación y la cultura –amplias y variadas– son fundamentales, también el conocimiento y el aprecio de la historia y de las tradiciones propias. Además es necesario favorecer el desarrollo de criterios personales.  La lengua es la que hace posible esa formación –ella permite la transmisión de conocimientos y de formas de vida, tanto como su crítica– pero a su vez se hace rica y auténtica en la medida en que la acompaña.