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Estado de la lengua en Venezuela VII
Responde Juan Carlos Chirinos

Juan Carlos Chirinos / Foto ©VascoSzinetar

Juan Carlos Chirinos / Foto ©VascoSzinetar

Siete preguntas conforman la serie, que dio inicio ayer. 12 intelectuales y escritores han respondido a las preguntas formuladas. El lector está invitado, desde el 17 hasta el 28 de julio, a seguirla diariamente en la página web de El Nacional

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¿A la crisis venezolana se corresponde una crisis de la lengua en Venezuela? En otras palabras: ¿cuál es el estado, en nuestro país, de la lengua en uso?

—Venezuela es un país de ricos giros lingüísticos; el gramático Jesús Olza llama al Diccionario del habla actual de Venezuela (1994), de Rocío Núñez y F.J. Pérez, «un diccionario en azul»; y, aparte de un homenaje al poeta Cruz Salmerón Acosta, usa ese epíteto porque está lleno de palabras venidas del mar, de marinerismos, pues marineros fueron los que llegaron a hacerse con el territorio: por lo tanto, aquí también caben las expresiones gruesas, como no puede ser de otro modo. Como el propio Francisco Javier Pérez explicó en un ensayo posterior (Un diccionario en negro), la expresión diccionario en azul «es una interpretación de la profusa y natural presencia del mar en el habla de Venezuela, cuya lengua española provino del mar y de los marineros, y se ha seguido haciendo del mar que la circunda, tanto en las playas del Caribe como en las del Llano o la selva, mares de otros colores». Sin embargo, siempre me ha parecido que la lengua que hablamos ha adolecido de cierta «inespontaneidad», de una necesidad de sonar más artificial de lo que en realidad es, como si la rectitud de la espina dorsal fuera señal de refinamiento y cultura. Supongo que se debe, entre otras cosas, al corsé impuesto por la Academia y a la necesidad de los hablantes de ocultar su «marca» social en las palabras que usan: nadie admite de buen grado que sus orígenes son intelectualmente humildes. En este sentido, era inevitable que al bajar el nivel educativo del país como ha bajado desde hace varias décadas, disminuyera la capacidad expresiva. ¿Qué es lo que está en crisis, en realidad? ¿La lengua, o la facultad de pensar, de razonar, cuyo espejo es el modo en que utilizamos esa lengua?; y digo más: ¿de qué clase de crisis hablamos, aparte de la lingüística? ¿Tiene acaso raíces en la propia (y tal vez fallida) búsqueda de una identidad como nación? Por otra parte, me parece que aquel –infausto o certero– hito establecido por Arturo Úslar Pietri cuando levantó la moralísima censura que pesaba sobre el vocablo «pendejo», usándolo en público, sirvió como pistoletazo de salida para una deriva que, en vez de poner a pensar al país en torno a cómo y de qué habla, como seguramente esperaba el de los amigos invisibles, lo colocó en el camino de la desconexión entre las palabras y las cosas. No fue un acicate para la adquisición de una verdadera consciencia de lenguaje, sino la espita bochinchera del «si lo dice el maestro, entonces todo vale», poniendo de nuevo en relieve, por cierto, la labor delicada e importantísima que tienen los que guían a la sociedad: los educadores.

De la lengua que usamos creo que se puede destacar otra característica que yo denominaría el diálogo de Laura y Hugo: entre el habla superficial de aquel personaje tan popular en los años ochenta (extraído de una canción cargada de ironía), Laura Pérez, la simpar de Caurimare, y el discurso autoritario y chabacano de Hugo Chávez, el teniente coronel, hay un secreto vaso comunicante cuya correa de transmisión tiene dos lados: la ignorancia  y la cursilería. Pues, ¿no pertenecen al mismo universo cognoscitivo, a la misma cosmovisión tosca y pueril –cursi, en definitiva– la perorata huera de la muchacha que se cree por encima de los demás y para quien San Francisco de Yare es un lugar «fu» (o despreciable), y el descortés «esta noche te doy lo tuyo, Marisabel» del fallecido presidente, entre tantas salidas de tono que tuvo y que sus palmeros le celebraban con gozo? Es la lengua que se usa cotidianamente la que sirve para establecer una filiación entre ambos extremos. Hugo Chávez y Laura Pérez pertenecen al cosmos de un habla que se ha empobrecido con los años y que sirve cada vez menos para desplegar un pensamiento que no sea el de los caprichos primarios.

Los estudiosos señalan que una de las consecuencias, derivadas de la lengua totalitaria, es la alteración del vínculo de las personas con lo que llamamos verdad: con los hechos y con la lógica de los hechos. ¿Han logrado la lengua del régimen y sus prácticas alterar la percepción de la realidad por parte de los ciudadanos?

—Lo han logrado, y con enorme éxito, como ha ocurrido en el desarrollo de todos los discursos totalitarios exitosos. Cuando a tu adversario político ya no lo llamas mi oponente, sino «ese oligarca» o «ese enchufado»; cuando ya el líder no representa al pueblo sino que es el pueblo mismo; cuando la historia ha sido completamente tergiversada y la educación es un instrumento de adoctrinamiento, no de liberación; cuando la polarización toma por asalto el habla cotidiana, porque es lo que le conviene al líder y su discurso totalitario, la lengua –y el pensamiento de que es reflejo– entonces tiene todas las de perder. La antigua sabiduría oriental enseña que cuando la barbarie se alza, el sabio se oculta. Pues bien, el discurso totalitario se ha hecho fuerte en Venezuela, y entonces el pensamiento regido por la sindéresis se ha ocultado, en espera de tiempos «menos interesantes». Pero atención: la «lengua del régimen» no solo la usa el régimen; su mayor perversión radica en que todos nos hemos visto obligados a usarla y nos hemos acostumbrado a ello. Yo no me sentí cómodo cuando uno de los principales diarios de oposición aparecidos durante el gobierno de Hugo Chávez, Tal Cual, hizo suyo el discurso chabacano del presidente («claro y raspao» es su lema) como estrategia para llegarle al pueblo. Desde el punto de vista mercadotécnico seguramente sería un acierto, pero tuvo el mismo peligroso efecto que el inocente pendejo usado por Úslar Pietri. Y en un país tan militarista y procerero como Venezuela —todo aquí, desde los billetes hasta el más inofensivo jardín de infantes, ha tenido que ver con la extenuante gesta independentista y sus dioses tutelares—, esa antinomia de la reflexión que es la invectiva ha encontrado fértil territorio.

Chávez puso en práctica el uso reiterado del insulto a sus oponentes. ¿Cree que los insultos del poder deben responderse en los mismos términos?

—Como he dicho más arriba, creo que no; es un error que se ha venido cometiendo. Los insultos solo pierden su eficacia bajo la suave llovizna de la inteligencia. Cuando el que insulta se encuentra ante el poderoso influjo de la eutrapelia, se queda solo con sus gritos, y se convierte en una figura patética. No se trata de despreciar al que insulta ni de ponerse por encima de él, sino de usar la fuerza bruta de su discurso contra él mismo, como en las artes marciales se hace con los golpes del contrincante. Supongo que es más complejo que un simple gesto. Ante la réplica airada que multiplica la fuerza del insulto, solo cabe la astucia del que tiene sus ideas firmes y su corazón tranquilo. Pero también es verdad que el matón es más fuerte entre matones: un país envilecido aplaudirá con más entusiasmo al que le lance más cieno y se burlará del que le parezca débil de palabra. Por eso el que insulta necesita una audiencia poco preparada para pensar. De allí el ataque a la educación y la tergiversación de la Historia que promueven tanto los líderes populistas como los totalitarios.

¿Hay algún insulto, afirmación, eslogan o acusación lanzada por el régimen de Chávez y Maduro que le haya afectado personalmente?

—Me molestan particularmente dos clases de insultos aparecidos en estos años aciagos: el que emana de la noción de escuálido (majunche, oligarca, etc.), por lo que tiene de falso (los opositores al chavismo somos millones) y soviético (menchevique significa miembro de la minoría, y se contrapone a bolchevique, o miembro de la mayoría). El otro insulto que me molesta especialmente es chaburro (y sus variantes), que se lanza contra Nicolás Maduro y su grupo, por las mismas razones que aduje en mi comentario anterior: el insulto no es la respuesta y, mucho menos, este tipo de insultos clasistas que hablan mal solo del que los enuncia. Y que conste que sé que el chavismo hace todo lo posible por avivar la polarización, y que sus insultos y humillaciones nunca se sacian, más aún ahora que está de salida. Aún así, habría que hacer un esfuerzo. De todas maneras, es triste constatar que el desprecio clasista en Venezuela sigue siendo una asignatura muy pendiente de resolver. La clave está en la educación, no me cansaré de repetirlo.

Deseo pedirle que comente la frase que sigue a continuación, copiada de la cuenta oficial de Twitter del Ejército: “La lucha por la independencia continúa, Bolívar galopa con su espada desenvainada”.

—Ya lo he dicho arriba: Venezuela es un país cuya historia está obcecadamente signada por la gesta militar de la independencia, como si fuera lo único valioso que hubiera ocurrido en 500 años. Bolívar es una figura señera, desde luego, pero ya basta de que sea el alfa y el omega de nuestro imaginario. La mitificación del héroe nos mantiene en la más inútil de las supersticiones. Hay Venezuela más allá de las espadas libertadoras, y eso hay que enseñárselo a los niños desde muy pequeños. El pasado es importante, pero tonto el que maneje solo mirando por el retrovisor.

¿Es legítimo el uso de la palabra traición en la opinión pública? ¿Hay quienes han cometido traición? ¿En qué sentido ha ocurrido?

—El que opina sobre Venezuela y sus asuntos no traiciona a su patria, sino el que la saquea impunemente.

¿Debe ser la lengua una política pública del Estado democrático? ¿Dirigida a qué objetivos?

—La lengua, y su exoesqueleto, la educación, deberían ser nuestras primeras necesidades. ¿Con qué objetivo? Con el objetivo de crear una ciudadanía que piense con criterio, que sea difícil de engañar, que se sepa liberar de cualquier tipo de cadena o superstición. La finalidad más hermosa del conocimiento es la de proporcionar libertad al ser humano. Libertad y compasión.