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Estado de la lengua en Venezuela VI
Responde Horacio Biord Castillo

Horacio Biord Castillo / Foto Omar Veliz

Horacio Biord Castillo / Foto Omar Veliz

Siete preguntas conforman la serie, que dio inicio ayer. 12 intelectuales y escritores han respondido a las preguntas formuladas. El lector está invitado, desde el 17 hasta el 28 de julio, a seguirla diariamente en la página web de El Nacional

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―¿A la crisis venezolana, se corresponde una crisis de la lengua en Venezuela? En otras palabras: ¿cuál es el estado en nuestro país, de la lengua en uso?

―Responder esas preguntas requiere una precisión de gran relevancia para comprender la situación no solo de Venezuela, sino de toda América Latina y acaso de gran parte del mundo. ¿A qué lengua nos referimos?

En Venezuela se hablan muchas lenguas, la mayoría de ellas en penumbra, como las lenguas indígenas, el alemánico de la Colonia Tovar y El Jarillo, las lenguas criollas de Güiria y El Callao, diversos idiomas traídos al país por inmigrantes recientes o lenguas coterritoriales, además de las distintas variedades de español que se emplean en el territorio de la República.

Esta precisión no solo tiene un valor sociolingüístico, sino político, en su más amplio sentido. Hablar de una lengua en singular absoluto por más que se refiera a la lengua mayoritaria no solo constituye una imprecisión lingüística, sino, aún más grave que ello, se trata de la manifestación de una terrible ideología que ha dominado por más de siglo y medio la legitimación del estado nacional.

El hecho de que una de las instituciones más antiguas del país, como lo es la Academia Venezolana de la Lengua, no incluya en su denominación el calificativo de Española, se debe a la ideología lingüística imperante en el momento de su fundación (1883) y a sentimientos ambivalentes sobre la herencia colonial. La propia corporación está consciente de esto y paulatinamente lo ha tratado de contrarrestar desde hace muchas décadas. Recordemos que aún en nuestro país se prefiere hablar de castellano en vez de español (como sucede en la educación primaria y secundaria frente a lo que ocurre en la educación universitaria, por ejemplo).

Esa misma ideología y contenidos asociados a ella han condenado a la invisibilidad social a grandes sectores de la población, han desmerecido sus manifestaciones culturales y han servido para afianzar sentimientos de racismo, discriminación, endorracismo y neocolonialismo. Esos fenómenos, ocultos debido a la fuerte ideología de la supuesta igualdad y la democracia mal entendida, dominante al menos entre 1940 y 1990, han contribuido a generar un rechazo hacia ciertos proyectos políticos como la democracia representativa y han abonado la adhesión a otros de carácter populista y autoritario. Si no, sería difícil entender el auge inicial del chavismo. Hablar en singular es, pues, condenar una gran diversidad sociocultural y lingüística (no solo en Venezuela, sino en Hispanoamérica, Iberoamérica y el mundo).

En Venezuela, las lenguas indígenas han recuperado visibilidad social en los últimos treinta años (desde, al menos, el decreto 283 sobre educación intercultural bilingüe del 20 de septiembre de 1979 del presidente Luis Herrera Campins). La Constitución vigente y otras leyes recientes (como la Ley Orgánica de Pueblos y Culturas Indígenas y la Ley de Idiomas Indígenas) estimulan su uso y le otorgan un carácter oficial a esos idiomas. Sin embargo, ello por sí solo no es suficiente para ganar un aprecio social y fortalecerlos como códigos lingüísticos.

En el caso del español en nuestro país, me temo que se esté produciendo una fuerte diglosia (o uso diferencial de dos formas de la lengua). En este caso, encontramos dos variedades: una formal, más cercana a la lengua estándar usada en la educación, la vida académica y la esfera administrativa; y otra más coloquial, que ha ido ganando terreno y que pudiera dificultar el rendimiento académico y desempeño profesional de muchas personas (con frecuentes incorrecciones como la confusión de la morfología verbal en estábanos por estábamos; arcaísmos no normativos como haiga por haya; empleo incorrecto del auxiliar ser por haber en fuera ido por hubiera ido; intercambio de las líquidas: arbañal por albañal o arcaldía por alcaldía; además del uso de innumerables expresiones muchas de ellas anteriormente tabuizadas y ahora desemantizadas –como las groserías– tal cual ocurre en las frases “vino un carajo y dijo…” o “los carajitos se quedaron en la casa”). Si bien esas formas dan cuenta de la evolución de la lengua y su estado actual, también pueden ser interpretadas como evidencia de una variedad subestándar en expansión que profundizaría diversas formas de discriminación social.

―Los estudiosos señalan que una de las consecuencias, derivadas de la lengua totalitaria, es la alteración del vínculo de las personas con lo que llamamos verdad: con los hechos y con la lógica de los hechos. ¿Ha logrado la lengua del régimen y sus prácticas, alterar la percepción de la realidad por parte de los ciudadanos?

―Toda lengua funda la realidad y todo uso lingüístico sesga la percepción de lo empírico. Se trata de un complejo fenómeno cultural, simbólico e ideológico, en sus más amplios sentidos, largamente estudiado desde la célebre hipótesis Sapir-Whorf. Más allá de las diferencias entre culturas, el lenguaje de las elites puede citarse como ejemplo.

El discurso del poder, por su parte, busca legitimarse y justificarse. En Venezuela, desde la década de 1990 al menos, muchos ciudadanos se sintieron incluidos socialmente y empoderados por un discurso que en sus inicios buscaba promover la participación popular y deslegitimar un régimen u orden de cosas que se consideraba contrario a ese fin de supuesto protagonismo social. Por supuesto, hay que cuestionarse los significados de “popular” y “pueblo” en ese discurso, pues connotan una precalificación de las realidades a las que intentan designar: un pueblo y un sentimiento popular solo en sintonía con una ideología, con un pensamiento, con una manera de entenderse a sí mismo y de entender al mundo y a los otros. El lema populista, autocrático y militarista del politólogo argentino Norberto Ceresole para referirse a Chávez y al proceso político venezolano lo describe muy bien: “caudillo, ejército y pueblo”, como entidades identificadas y transitivas en un proyecto nacionalista y autoritario: el caudillo tiene el apoyo del ejército para defender al pueblo, a los que ambos pertenecen y del que el caudillo es su mejor intérprete. Un discurso con tales énfasis hizo que muchas personas lo adoptaran y se identificaran con él.

En apoyo a lo anterior, puedo citar frases como las siguientes que he ido recogiendo durante los últimos años: “no puedo votar contra mi país” para justificar un hablante que votaría sí en el referendo aprobatorio de la Constitución el 15 de diciembre de 1999; o “no puedo hablar mal de mi país ni permitir que se hable mal de él” para evadir una evaluación crítica de la economía venezolana, aunque en el mismo acto de habla se argumentaba como válido y necesario que una persona cercana al informante –llamémoslo así– migrara a otro país de manera estacional para obtener una ganancia convertible a dólares que le permitiera enfrentar la inflación venezolana (esto fue en 2013). Otros ejemplos tienen que ver con el uso, evidentemente ideologizado, de términos y categorías como “pueblo”, “pobres” y “ricos”, más empleados en la lengua coloquial que otros como “imperialismo”, “guerra económica” o “derecha”, más cercanos, en cambio, a un análisis político.

Durante la campaña del referendo revocatorio de 2004 se utilizaron unos lemas muy engañosos, como esos de “hoy obrero, mañana ingeniero”, “hoy artesana, mañana médico” u otros similares. Son doblemente engañosos: primero, porque no constituye vergüenza ni demérito ejercer de manera honesta y eficiente un determinado oficio; y, segundo, porque un profesional con conocimientos sólidos no se produce en poco tiempo, sino que se requieren al menos entre 15 y 20 años de escolaridad y estudios sistemáticos. Estos, por supuesto, deben hacerse sin negar ni menospreciar saberes y haceres tradicionales, que también requieren años de dedicación para aprenderse cabalmente y aprehenderse su práctica de manera integral. Si no, que lo digan los chamanes indígenas en su doble rol de mediadores ante lo sagrado y practicantes de una determinada medicina, los campesinos y agricultores, los llamados cultores populares y los artesanos más reputados.

―Chávez puso en práctica el uso reiterado del insulto a sus oponentes. ¿Cree que los insultos del poder deben responderse en los mismos términos?

―Los insultos y la violencia solo generan más agresividad. Es muy difícil superar el actual discurso de descalificación y las ofensas reiteradas, pero creo que ello resulta cada vez más necesario e impostergable. Una escalada de intimidación y agravios sería terrible para el diálogo, el entendimiento y la restauración de un clima de concordia. Se requiere más miel que vinagre. Más comprensión y buenos modales que incomprensiones y desplantes ayudarían mucho en la actual circunstancia del país. Aunque un grupo político o un dirigente sean más agresivos que otros, el llamado a la cordialidad y a la educación es para todas las facciones y personas enfrentadas.

No debe olvidarse tampoco la violencia simbólica, separándola de la física y la verbal, como una manera de insultar al otro, de desmerecerlo, de restarle visibilidad y pertinencia a sus actuaciones sociales. Por ejemplo, el discurso colonial estaba lleno de esa violencia simbólica, de desmerecimiento al sujeto colonizado. Otro tanto sucede con la implantación de un pensamiento único, de una ideología excluyente. En el siglo XX, el nazismo y el comunismo, así como los nacionalismos militaristas y el fascismo, son buenos ejemplos de violencia simbólica (aunque no solo simbólica, desde luego). Similares resultan los fundamentalismos religiosos actuales, a pesar de que puedan tener una historia y una causalidad coloniales.

―¿Hay algún insulto, afirmación, eslogan o acusación lanzada por el régimen de Chávez y Maduro que le haya afectado personalmente?

―Todo el discurso del poder desde 1999 me ha parecido muy agresivo, aun en materias en las que pudiera estar de acuerdo (como el empoderamiento y la promoción de sectores excluidos y sujetos subalternos, así como la defensa de la sociodiversidad). No solo el discurso en sí mismo, sino el metadiscurso y los metalenguajes (los gestos, los contextos, los ornamentos y símbolos, la iconografía) me parecen poco amorosos o bonitos, como gustan calificar los sectores oficialistas al proceso que dirigen. Puedo entender que muchos de estos aspectos sean marcadores de énfasis, pero un discurso menos agresivo resultaría más convincente y generaría menos suspicacias o alienación.

Esa agresividad siempre me genera dudas sobre la construcción de la sociodiversidad a partir del poder y un Estado autoritario, ya que existe una contradicción entre el pensamiento único o las ideologías excluyentes y la defensa y promoción de la democracia, la pluralidad y la diversidad sociocultural, lingüística, religiosa y sexual, entre otras.

―Deseo pedirle que comente la frase que sigue a continuación, copiada de la cuenta oficial de Twitter del Ejército: “La lucha por la independencia continúa, Bolívar galopa con su espada desenvainada”.

―Esa frase alude a otra muy empleada en estos años (algo así como “La espada de Bolívar camina por América Latina”). Es un buen ejemplo de un discurso militarista y en nada civilista. Además constituye una distorsión del pensamiento de Bolívar, encerrado en sus propias contradicciones vitales. Lamentablemente la muerte se llevó al Libertador muy temprano y no logró vivir con plenitud una época civilista, posterior a la Independencia, a la que hubiera sin duda hecho grandes contribuciones, una vez concluida la beligerancia de la emancipación política.

Además del propio Bolívar, nos hace falta revisar figuras tan prominentes como Santander y Páez (a quienes cito de primeros por todo el descrédito del que han sido objeto por buena parte de la historiografía nacionalista), como Urdaneta, Bello, Miranda, Vargas, Mariño y Acosta, aunque este último sea posterior. En todo caso, los lemas militares y militaristas siempre me han resultado no solo afectados sino simplistas y poco significativos, como ese de “Volver a Carabobo”, empleado también por el Ejército, y aquel de la Guardia Nacional de “Trabajo, trabajo y más trabajo”, un tanto o más bien muy contradictorio (no por el mensaje en sí mismo, sino por la percepción social sobre los sujetos involucrados en él y sus reiterados abusos de poder).

La imagen de desenvainar la espada privilegia la violencia por encima del diálogo, el entendimiento y la diplomacia. Reafirma asimismo la guerra y el enfrentamiento. Por ello, en su momento, me parecía agresivo el lema de la gobernación del estado Bolívar, empleado en la temprana década de 1990, que rezaba “La gobernación que trabaja y lucha”. Quizá a mi percepción contribuían el diseño y los colores emblemáticos de los carteles. Sin embargo, debo reconocer que, a diferencia de otros gobiernos estadales y municipales, en ese caso no se le daba exceso de protagonismo al gobernador, lo que en casos contrarios ratifica la idea del caudillismo.

Denominaciones actuales en la praxis administrativa venezolana como “Unidades de Batalla” u otras semejantes, incluida esa de “Operación de Liberación y Protección del Pueblo”, refuerzan una idea belicista, que está en sintonía con la noción marxista de lucha de clases.

―¿Es legítimo el uso de la palabra traición en la opinión pública? ¿Hay quienes han cometido traición? ¿En qué sentido ha ocurrido?

―Una persona se puede traicionar a sí misma, incluso, a sus más caros y legítimos ideales. Un líder puede traicionar a sus seguidores si, ocultando quizá sus verdaderos intereses, se presenta como defensor de algo y en realidad busca otros fines, silenciados inicialmente por conveniencia política. Es el caso de dirigentes políticos, como Castro y Chávez, que al inicio de su carrera ocultaron su orientación ideológica marxista, por ejemplo. No era un detalle sino algo fundamental en sus proyectos.

Si estamos hablando de “traición a la Patria”, creo que se trata de una materia difusa y susceptible de ser interpretada ideológicamente. Quizá en tiempos de guerra o relaciones diplomáticas tormentosas se pueda identificar tal proceder en conductas que lesionan los intereses, difusos por ser colectivos, de un país. ¿Pero no sucede igual cuando un gobernante en nombre de sus ideas, proyectos e intereses compromete el bienestar de sus conciudadanos, pacta con agentes internacionales afectos a sus ideas, emplea en desmedro de la calidad de vida de los ciudadanos los bienes públicos y la riqueza para favorecer a sus aliados políticos (sean países, grupos o personas)? Es un tema complejo y creo que pudiera haber muchas formas de traicionar a la Patria, como subvencionar a un partido político extranjero pero afín ideológicamente en vez de comprar medicinas o insumos médicos para los hospitales.

Me parece inadecuado, empero, aplicar la idea de traición a la rectificación de un pensamiento o de las tesis de una ideología, lo contrario de ocultar algo con fines proselitistas. En todo caso, el empleo de la noción de traición, en el discurso político venezolano actual, parece no solo muy ideologizado sino tremendamente parcializado según los intereses coyunturales. Se emplea para descalificar sin más análisis, como a mediados del siglo XX se acusaba de “comunista” a quien defendiera la justicia social y los derechos de sujetos y colectividades excluidas y subalternas.

Finalmente, habría que distinguir entre la traición como una falta moral, relacionada con el plano axiológico, y la traición a la Patria imputable como delito en un determinado ordenamiento jurídico.

―¿Debe ser la lengua una política pública del Estado democrático? ¿Dirigida a qué objetivos?

Obviamente, cualquier Estado debe preocuparse por los hechos lingüísticos y promover políticas lingüísticas consensuadas y técnicamente fundamentadas. Gracias a una adecuada política y praxis lingüísticas, el Estado de Israel a partir de 1948 logró reforzar el uso del hebreo y su paso de lengua litúrgica en la que se había sumido a lengua oficial del país. La promoción de las lenguas indígenas y otros idiomas y variedades lingüísticas minoritarias requiere esa atención por parte del Estado. Igual sucede con el español como lengua mayoritaria en Hispanoamérica y en Venezuela, en particular.

Las políticas lingüísticas comprenden la promoción del adecuado uso de un idioma, su enseñanza como primera o segunda lengua (según el caso), el empleo de un discurso de conciliación y reconciliación y la superación de la diglosia o multiglosia como fenómenos que generan o refuerzan injusticias sociales, el racismo, la discriminación, la exclusión y hasta la pérdida lingüística (como en el caso de las lenguas indígenas). En Galicia, por ejemplo, parte de la política lingüística durante las décadas de 1980 y 1990 fue superar la vergüenza y prestigiar el uso social del galego.

En pocas palabras, una lengua, cualquier lengua, todas las lenguas, deben ser objeto prioritario de políticas lingüísticas, de planes y proyectos dirigidos por el Estado, en coordinación con las comunidades lingüísticas respectivas, técnicos e investigadores, universidades, instituciones y organizaciones no gubernamentales.