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Estado de la lengua en Venezuela I
Responde Adalber Salas Hernández

Adalber Salas / Foto Manuel Sardá

Adalber Salas / Foto Manuel Sardá

Siete preguntas conforman la serie, a la que hoy damos inicio. 12 intelectuales y escritores han respondido a las preguntas formuladas. El lector está invitado, desde este domingo hasta el 28 de julio, a seguirla diariamente en la página web de El Nacional

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—¿A la crisis venezolana, se corresponde una crisis de la lengua en Venezuela? En otras palabras: ¿cuál es el estado en nuestro país, de la lengua en uso?

—Sin duda, la crisis que atraviesa cada sector de la vida venezolana también afecta poderosamente la lengua. Diría que, justo ahora, la lengua se halla dividida en nuestro país. Pero la escisión no ocurre, como en otros lugares, entre “alta cultura” y “baja cultura”, o entre uso correcto e inapropiado, sino entre el uso de un lenguaje violento, plagado de hostilidades, y un lenguaje que procura resistir a esa violencia sin participar de ella. El problema consiste en que el lenguaje hostil tiene una suerte de efecto corrosivo: su vocabulario, sus frases hechas se infiltran en nosotros, los hablantes, volviéndonos más agresivos, menos dispuestos a reconocer al prójimo como un sujeto legítimo, igual que uno.

—Los estudiosos señalan que una de las consecuencias, derivadas de la lengua totalitaria, es la alteración del vínculo de las personas con lo que llamamos verdad: con los hechos y con la lógica de los hechos. ¿Ha logrado la lengua del régimen y sus prácticas, alterar la percepción de la realidad por parte de los ciudadanos?

—Habría que empezar por decir que todo Estado promueve su propio lenguaje, un código que ordena la realidad de una manera específica, tendiente a legitimar la existencia de tal Estado, a otorgarle una pertinencia en el orden de las cosas, a elaborar para él un pasado que lo justifique y un futuro al cual dirigirse. Ahora bien, en el caso de los estados totalitarios, esta estrategia se exacerba: las consignas se vuelven ubicuas, todo discurso en la esfera pública remite a esa narrativa épica de segunda mano que el régimen crea para sostenerse.

El caso venezolano es curioso. Sin tratarse propiamente de un estado totalitario, ni de una dictadura en el sentido tradicional del término –y no por falta de ganas, sino por pura y dura incompetencia–, es aún posible encontrar todos los actos de prestidigitación lingüística propios de estos regímenes. Este uso del lenguaje ha conseguido, por momentos, alterar la percepción de la realidad que tienen los ciudadanos de Venezuela. Nadie es enteramente inmune a la propaganda, incluso cuando está hecha de modo negligente. No obstante, el efecto más notorio es, como señalaba antes, el de la violencia: este lenguaje repleto de enemigos y amenazas nos ha hecho más agresivos –y, por ende, más solitarios. Gracias a él, se nos ha atrofiado, reducido la noción de comunidad.

—Chávez puso en práctica el uso reiterado del insulto a sus oponentes. ¿Cree que los insultos del poder deben responderse en los mismos términos?

—Considero que no: eso sería participar de un mismo código y, con ello, legitimar y naturalizar el uso de los insultos por parte del poder. Cuando se recurre a insultos en la esfera pública, suele tratarse de un señuelo: los ciudadanos quedan deslumbrados por el insulto y dejan de ver los problemas sociales que la ofensa verbal sirve para tapar. Al responder con otra ofensa, se duplica el ocultamiento.

—¿Hay algún insulto, afirmación, eslogan o acusación lanzada por el régimen de Chávez y Maduro que le haya afectado personalmente?

—Sin haber sido nunca nombrado, puedo sin embargo afirmar que todos me han afectado personalmente, pues contribuyeron a la degradación del espacio en el que habitaba, tanto intelectual como materialmente.

—Deseo pedirle que comente la frase que sigue a continuación, copiada de la cuenta oficial del Twitter del Ejército: “La lucha por la independencia continúa, Bolívar galopa con su espada desenvainada”.

—Sería posible leer en esta frase –y otras de este tipo– un gesto de compensación fálica –espada desenvainada y erecta–, un deseo del Ejército por vincularse simbólicamente con una lucha armada que ha sido relatada como heroica, justa, fulgurante. Sobre todo cuando tomamos en cuenta que ese mismo Ejército está completamente minado por la corrupción, disminuido por las políticas partidistas y carece de experiencia bélica real. Si nos detenemos a observar el papel de las Fuerzas Armadas en la historia venezolana a partir de 1830, notaremos que su papel no ha sido precisamente honroso, que sus fuerzas se han gastado en luchas intestinas y en conflictos con la sociedad civil.

Una frase como la citada, difundida a través de Twitter, da cuenta de una tendencia a la militarización, a publicitar las instituciones castrenses como imprescindibles baluartes de la justicia, como la vanguardia de una lucha que, a todas luces, ya no es la que corresponde al país.

—¿Es legítimo el uso de la palabra traición en la opinión pública? ¿Hay quienes han cometido traición? ¿En qué sentido ha ocurrido?

Se trata de un asunto delicado. Por un lado, podría decirse que un gobierno ha traicionado a sus ciudadanos cuando permite que la integridad de sus instituciones sea vulnerada, que su eficiencia sea diezmada y que la criminalidad y la escasez aumenten desmesuradamente. Y sería correcto afirmar que tal manera de actuar es traidora. Sin embargo, yo quisiera ampliar un poco la noción de traición aquí: creo que, en un sentido muy hondo, todos somos un poco traidores, que Venezuela es un país que se ha traicionado a sí mismo. Que en más de una ocasión hemos escogido apoyar personajes políticos de una manera poco lúcida –tanto de un bando como del otro. Considero que todos, por igual, debemos considerarnos partícipes de este fracaso –y que solamente así podremos empezar a remediarlo, desde esa nueva consciencia de comunidad.

—¿Debe ser la lengua una política pública del Estado democrático? ¿Dirigida a qué objetivos? 

—Debe serlo, sin duda. A mi juicio, un Estado democrático debe garantizar la existencia de diversos lenguajes, la posibilidad de que en la esfera pública circulen y convivan discursos distintos. Es decir, debe luchar contra el monopolio de un discurso único, sin importar su tinte ideológico.