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Estado de la lengua en Venezuela IX
Responde Luis Yslas

Luis Yslas / Foto Carlos Ancheta

Luis Yslas / Foto Carlos Ancheta

Siete preguntas conforman la serie, que dio inicio ayer. 12 intelectuales y escritores han respondido a las preguntas formuladas. El lector está invitado, desde el 17 hasta el 28 de julio, a seguirla diariamente en la página web de El Nacional

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—¿A la crisis venezolana, se corresponde una crisis de la lengua en Venezuela? En otras palabras: ¿cuál es el estado en nuestro país, de la lengua en uso?

—Los poetas son los primeros en advertir que la pobreza de la lengua anuncia, convoca otras pobrezas. Es el primer síntoma de la descomposición social. Ya Rafael Cadenas, por citar un ejemplo, lo señala en ese libro imprescindible que es En torno al lenguaje. No hay crisis social que no sea también una crisis del lenguaje. Basta con estar en una cola, leer el periódico, oír la radio, revisar las redes sociales, escucharnos… para comprobar que el uso mayoritario de la lengua en nuestro país es la causa (y la consecuencia exacerbada) del discurso exiguo, iracundo, falsario y dogmático del poder de turno. El premeditado vandalismo del idioma también es un control de cambio.

—Los estudiosos señalan que una de las consecuencias, derivadas de la lengua totalitaria, es la alteración del vínculo de las personas con lo que llamamos verdad: con los hechos y con la lógica de los hechos. ¿Ha logrado la lengua del régimen y sus prácticas, alterar la percepción de la realidad por parte de los ciudadanos.

—En gran medida, lo logró durante más de una década. Es el triunfo de la arbitrariedad lingüística en correspondencia con otras arbitrariedades: la lengua desentendida totalmente de la realidad empírica, de la verdad de los hechos. O más peligroso aún: el lenguaje convertido en “realidad empírica”, producto de los mecanismos de una millonaria propaganda y del dominio de los medios de comunicación centrales. Los totalitarismos son productores de neolenguas que suplantan los hechos no favorables a sus privilegios por sensaciones de verdad. El verbo al servicio del encubrimiento. Y en esa trampa –trama– suelen caer, con mayor o menor voluntad, las masas fanáticas, canjeando su libertad de pensamiento por simulacros ideológicos. Siempre es más cómodo aceptar sensaciones que comprobarlas. Se trata, evidentemente, de un lenguaje primitivo, hegemónico, que rechaza los contrastes, la naturaleza plural de la verdad. Que niega incluso los sentidos. Un discurso populista que exige un acto de fe, una respuesta irracional. Para el gobierno venezolano, ese tipo de manipulación neoestanilista fue una práctica constante y eficaz, tanto dentro como fuera de sus fronteras. Hasta que la falta de mesías y de capital, así como el exceso de vilezas disminuyeron el número de creyentes. Los métodos han sido totalitarios, pero no totalmente efectivos. Hoy estamos presenciando el debilitamiento de ese discurso primitivo, desplazado, entre otras razones, por una realidad no menos primitiva y contundente: el hambre, esa terrible verdad.

—Chávez puso en práctica el uso reiterado del insulto a sus oponentes. ¿Cree que los insultos del poder deben responderse en los mismos términos?

—Cuando el insulto no es un arte, es un bumerán. El insulto visceral –el que Chávez puso en práctica– es la demostración de una carencia de razonamientos. Este tipo de insulto es una forma de violencia que se ajusta a la praxis militarista, que busca disminuir al oponente o llevarlo al terreno de la confrontación. Y ya sabemos que el oponente principal, en el caso venezolano, es la civilidad. En el intercambio de ofensas nadie gana salvo la propia discordia.

—¿Hay algún insulto, afirmación, eslogan o acusación lanzada por el régimen de Chávez y Maduro que le haya afectado personalmente?

Cualquier agresión afecta porque deteriora la convivencia. El lenguaje pendenciero es un virus mortífero, de largo alcance y penetración. Desde su primera campaña presidencial, el discurso de Chávez tuvo una naturaleza bélica que entendía la política como batalla, venganza y exterminio al servicio de la revolución. Es el mismo discurso que sus herederos han mantenido e intensificado. Un discurso poderosamente destructivo porque instala la barbarie en algo a la vez íntimo y público: nuestra lengua. La palabra agresiva se tradujo rápidamente en acciones criminales. Se materializó (mimetizó) en una violencia generalizada que encontró estímulo, modelo y justificación en el discurso camorrista del poder oficial.

—Deseo pedirle que comente la frase que sigue a continuación, copiada de la cuenta oficial de Twitter del Ejército: “La lucha por la independencia continúa, Bolívar galopa con su espada desenvainada”.

—El ejército venezolano necesita desesperadamente una épica que lo justifique, que le dé sentido y virilidad a su elemental manera de entender la vida, que no es heroica ni militar, sino militarista. Requiere de figuras pretéritas, fantasmales, que le presten brillo a su oscuro presente, marcado por la corrupción, el narcotráfico y la violación de los derechos humanos, entre otras oprobiosas insignias. Pero ese brillo, del que la frase es ejemplo, es el de la charretera. Inútil adorno que procura disimular al verdadero merecedor de esa espada desenvainada, ahora más de Damocles que de Bolívar.

—¿Es legítimo el uso de la palabra traición en la opinión pública? ¿Hay quienes han cometido traición? ¿En qué sentido ha ocurrido?

—La palabra “traición” proviene del verbo latino tradere (entregar), del cual también se origina “tradición”. Como sabemos, la tradición es lo que se entrega de una generación a otra con el fin de prolongar un saber, un sentido de permanencia e identidad. La traición es entregar algo propio al enemigo, al aprovechador, para obtener un beneficio que puede ser político, económico, social... Más que entregar, la traición trafica, pervierte la tradición. Quizá estas consideraciones etimológicas sirvan para que cada cual sitúe a los practicantes de la traición en Venezuela. 

—¿Debe ser la lengua una política pública del Estado democrático? ¿Dirigida a qué objetivos?

—La política pública debe ser una lengua democrática. Ser y hacer simultáneos, dirigidos a la concordia. Urge desarmar a la lengua y orientarla hacia el diálogo para aprender a convivir con las diferencias. Pero ya sabemos que el sistema educativo, centro de operaciones para el cultivo de la lengua, no ha sido prioridad para los gobiernos de este país. Aquellas aguas del descuido trajeron estos lodos verbales. El drenaje va a llevar tiempo, pero la civilidad no se edifica con el desespero de la improvisación. Nadie aprende a hablar (ni a escuchar) de la noche a la mañana porque se trata de un aprendizaje continuo, que dura toda la vida.