• Caracas (Venezuela)

Papel literario

Al instante

Estado de la lengua en Venezuela (IV)
Responde Carolina Lozada

Carolina Lozada

Carolina Lozada

Siete preguntas conforman la serie, que dio inicio el domingo pasado. 12 intelectuales y escritores han respondido a las preguntas formuladas. El lector está invitado, desde el 17 hasta el 28 de julio, a seguirla diariamente en la página web de El Nacional

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

—¿A la crisis venezolana se corresponde una crisis de la lengua en Venezuela? En otras palabras, ¿cuál es el estado en nuestro país de la lengua en uso?

—Voy a empezar por la lengua del gusto; lo hago porque acabo de ver  a un hombre y a su perro escarbando entre los potes de basura del edificio donde vivo. El hombre sacó un trozo de no sé qué cosa y lo comía mientras el perro velaba a sus pies. Esa es la lengua más afectada en nuestro país, a la que se le está negando la capacidad de saborear, de degustar. En un futuro próximo, si seguimos siendo pesadilla, nos reuniremos para recordar a qué sabía una fruta, un postre, el helado favorito de nuestra infancia. El absurdo es apocalíptico, pero lo peor de él es que es posible.

Ahora, me preguntan por el estado actual de la lengua en Venezuela, si esta se ha visto afectada por la crisis del país. Creo que sí, que desde el poder y su aparato de propaganda –heredero de los más infames propagandistas de la historia– se ha intentado pervertir la lengua haciendo de ella el lugar de la mentira, contrariando su esencia: la verdad. En estos momentos pienso en unas notas de Hölderlin: “Se le dio al hombre el más peligroso de los bienes, la palabra”. Heidegger, estudioso de la poesía de Hölderlin, completa la reflexión exponiendo el lenguaje como fundador de mundo y aclarando que el hombre histórico existe en tanto lenguaje. Sin lenguaje no hay mundo; así de contundente. En Venezuela, desde el poder se ha intentado negar lo real sublimando, negando o reinterpretándolo. El poder se ha valido de eufemismos, falacias, triquiñuelas lingüísticas, catequistas repetidores de discursos banales hechos a la medida del engaño para imponer una realidad completamente amañada, lejos de la realidad del hombre que come desperdicios del basurero. De él dirán: no estaba comiendo basura, estaba demostrando cómo la clase media desperdicia comida en buen estado.

Pero la lengua, gracias a su constitución vital, se depura y resplandece como el lugar de la verdad. La lengua en uso, la lengua de la calle, está llamando las cosas por su nombre, pero los inquilinos del poder, aferrados a su ficción, se niegan a escuchar ese zumbido molesto del verdadero decir de las cosas.

—Los estudiosos señalan que una de las consecuencias, derivadas de la lengua totalitaria, es la alteración del vínculo de las personas con lo que llamamos verdad: con los hechos y la lógica de los hechos. ¿Ha logrado la lengua del régimen y sus prácticas alterar la percepción de la realidad por parte de los ciudadanos?

—El chavismo, y los atrincherados de su fracaso, han hecho de las victorias derrotas, han pateado a su antojo lo obvio, lo lógico, pero sus propios excesos los tienen arrinconados en su irrealidad. Mientras hubo bonanza económica funcionó la manipulación discursiva, pero cuando la cruda realidad empezó a explotar en cada casa, en cada hospital, en cada rincón, el discurso optimista y cuasi religioso comenzó a escucharse con  distorsión. Ese discurso cursi y mentiroso comenzó a ofender, al negar lo que la gente está viviendo en carne propia. Pasó lo obvio: discurso no mata hambre. El estómago no come palabras.  

Para las multitudes que una vez creyeron la prédica de la salvación chavista, el paraíso prometido derivó en infierno. Y como los líderes de cualquier secta radical, al verse descubiertos en su incompetencia, en su falsedad, los regentes actuales exigen mayor compromiso y sumisión de sus seguidores, de ser posible sus vidas, pero ya no tienen ni Kool-Aid para ofrecer. Y amenazan con fuego. Esto es repetición, esto es cuento viejo.    

—Chávez puso en práctica el uso reiterado del insulto a sus oponentes. ¿Cree que los insultos del poder deben responderse en los mismos términos?

—Ese tipo de discurso pandillero debe cambiar, la violencia en todas sus versiones, y esto incluye la violencia verbal, nos tiene golpeados, hartos. Es necesario destacar que Chávez no solo impuso el insulto como carta política –la falacia ad hominem, que consiste en la ofensa personal como sustituto del argumento–, Chávez también impuso un tipo de discurso evangelista. Lamentablemente, este apelar a recursos religiosos es evidente también en líderes opositores. Me gustaría que quienes asuman las riendas del país una vez superada esta oscurísima y larga noche sean políticos civiles que dejen atrás las ofensas de rufianes, la jerga militar y las oraciones de las Carmelitas descalzas. Precisamos un poder civil y laico.

—¿Hay algún insulto, afirmación, eslogan o acusación lanzada por el régimen de Chávez y Maduro que le haya afectado personalmente?

—Más que cualquier insulto, más que cualquier ataque, donde he sentido más el  desprecio es en la omisión, en la negación. Al señalarnos como el otro, como el apátrida, como el traidor, se nos está acusando falsamente y al mismo tiempo se está negando nuestro derecho de disentir, entre otros derechos. El 23 de junio se cumplía un año más del nacimiento de Anna Ajmátova; la recordé mientras hacía la cola para validar mi firma. También recordé a Tsvietáieva y al resto de poetas rusos que pagaron con hambre y cárcel los delirios del totalitarismo. Me sentí rabiosa e impotente frente a la fatalidad del mundo, donde cada tanto tiempo irrumpe un prestidigitador que nos obnubila y nos condena a lo inefable y a la miseria.

—Deseo pedirle que comente la frase que sigue a continuación, copiada de la cuenta oficial de Twitter del Ejército: “La lucha por la independencia continúa, Bolívar galopa con su espada desenvainada”.  

—En principio este enunciado me produce un gran bostezo; una vez que lo vuelvo a mirar, pienso que al discurso épico, al que tanto han apelado, van  a tener que bajarle el volumen. En las actuales circunstancias, hablar de independencia puede ser subversivo, sobre todo en un gobierno con más de 80% de desaprobación popular. En cuanto a Bolívar: dejad que los muertos descansen en paz.

—¿Es legítimo el uso de la palabra traición en la opinión pública? ¿Hay quienes han cometido traición? ¿En qué sentido ha ocurrido?

—Me apego a la cartilla leída por los oficiales en las películas: todo lo que diga podrá ser usado en su contra. Si un gobernante elegido popularmente consiente que sus gobernados pasen hambre, no les procura asistencia médica, se niega a permitir ayuda humanitaria frente al desastre que él mismo creó, se hace la vista gorda ante las injusticias cometidas contra la población, deja que el país se convierta en colonia de otro país, ¿quién es el traidor?  A estas alturas, las barbas deberían estar en remojo. Lo dicho: la lengua devela la verdad, los hechos la señalan.

—¿Debe ser la lengua una política pública del Estado democrático? ¿Dirigida a qué objetivos?

—Vamos a necesitar tiempo y voluntad para recuperar los rasgos mínimos de civilidad. Y uno de los primeros fundamentos que habrá que echar serán los del lenguaje, empezar otra vez por respetar las normas del buen hablante y del buen oyente, exigir que la institucionalidad recobre un discurso coherente sin charlatanería, gritos e injurias. Ojalá pronto se recobre la majestad del lenguaje. De lo contrario, si el descalabro y la altanería continúan su feroz camino, dentro de poco tendremos que empezar a nombrar el mundo como en Cien años de soledad, pero en tiempo pasado: esta era una vaca, la vaca daba leche; este era un ciudadano; este era un país.