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La muerte en Venecia

La película de Visconti es una pieza arqueológica | Archivo

La película de Visconti es una pieza arqueológica | Archivo

Antes de la revolución del Betamax, el VCR y el CD, las salas de cine solían ofrecernos las novedades y los clásicos

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Antes de la revolución del Betamax, el VCR y el CD, las salas de cine solían ofrecernos las novedades y los clásicos. No era cosa fácil, como en estos modernísimos instantes del downloading, conseguir un filme en particular, de modo que había que estar atento a los festivales y a aquel magnífico y desaparecido día: el martes clásico. Estuve tras algunas películas durante años y en el caso de Muerte en Venecia, de Luchino Visconti, un par de veces no poder conseguir entradas. Termine viéndola por primera vez en el cine de la Cantv en la avenida Libertador que ofrecía buena producción en su sala. Ese día los tickets también se habían agotado y logré convencer al portero de que tenía más de cinco años persiguiéndola sin éxito. Entré gratis gracias a mi historia y me tocó verla sentado en un peldaño de la escalera.

Mucho se ha dicho de este filme, basado en la novela de Thomas Mann, que logró por una parte popularizar la música de Gustav Mahler, compositor que ocupa buena parte de los programas sinfónicos de este traficado orbe pero que hasta los años sesenta estaba casi en el olvido. El adaggietto de la Quinta Sinfonía se combina con el azul veneciano. Visconti, un aristócrata italiano, detalle muy poco frecuentado por sus adeptos (Luchino Visconti di Modrone, conde de Lonate Pozzolo) transformó algunas de las premisas desarrolladas por Mann y hace que el personaje principal de la cinta sea un compositor en lugar de un escritor como en la novela. Dirk Bogarde interpreta a Gustav von Aschenbach en su viaje a Venecia, donde se enamora de un adolescente polaco que pasa sus vacaciones en un hotel de la playa del Lido. En líneas generales, salvo la profesión del principal, novela y película se entienden muy bien, a pesar de que nunca hay que caer en ese lugar común estéril de compararlas porque la literatura trabaja con la palabra y el cine con la imagen (y la palabra).

Los cultores de la cinta desarrollaron una henchida apología por la misma señalando que por encima de la fijación sexual entre un hombre maduro y un joven, que se restringe a las miradas y al deseo interior no realizado de Aschenbach, compelido por los diques de su moral represora y supremacista (basta reparar cómo su fantasía erótica irrealizable desafía su mundo de convenciones, pero pueden más las convenciones), existía el homenaje del realizador a una nueva estética. De la novela también se ha hablado de una propuesta que pone a un lado una versión finisecular de lo artístico. Lo inaugural y lo despedido enfrentados en el comienzo del siglo XX. La película de Visconti y su fotografía (hoy la vemos como una pieza arqueológica aun desde su perspectiva estética) consiguen crear algo de esa atmósfera rutilante de una época ya ida en que los mesoneros se comportaban como aristócratas y los aristócratas, ya se sabe, se devanaban el seso con sus fantasías sexuales mientras ingerían bitter en los balnearios. O estaban entregados al dolce far niente. Más allá de la pretensión maniquea, hay en la novela de Thomas Mann un tiempo y unos personajes que calibran y representan un pretérito y un porvenir. Para mayor escarnio, la peste veneciana se terminará llevando a Aschenbach, una suerte de castigo del narrador que sentencia la versión del viejo siglo representado en el escritor Aschenbach (y compositor para Visconti), pero que más allá de esa inflada y puntillosa interpretación de estetas reunidos, se convierte a secas en una novela donde su personaje principal no pasa de ser un pedófilo decadente que busca librarse de su edad tiñéndose el pelo y contemplando los rizos de un niño joven jugando con su balón en la playa. Luchando con una tabla de valores que lo retiene en los límites de la decencia pero que convierte a su imaginación en una caja sonora de ruidos secos que se estrellan contra su inventario pasional.

Aschenbach es el producto de un medio de formulismos, de lo establecido, de lo que se creía inmutable como lo desarrolla Stefan Zweig en ese tremendo libro de memorias nacionales y personales como es El mundo de ayer. Ese inevitable modo de ser es el que tiene restringido el deseo innoble de Aschenbach y le ocasiona la peor de las humillaciones consigo mismo que es la acusación permanente que tiene hacia él, entre dos sistemas de vida, que no se conocen sino en los sórdidos sótanos de su consciencia. El escritor personaje (o el compositor personaje, según se recurra al texto o al filme) proviene de una sociedad que mira con arrogancia cultural el mundo no sólo mediterráneo sino europeo. Al igual que en La montaña mágica el narrador no se detiene en su sistema de clasificación social ("veraneantes de la clase media austriaca"), cultural y hasta racial y es interesante advertir como los rusos vuelven a ser medidos esta vez en rusos elegantes o impresentables, aunque no utilice Mann este último término. Las referencias homoeróticas también están contenidas en La montaña mágica: Hans Castorp se ha enamorado de una paciente del Sanatorio de Davos y para calificar el grado de estremecimiento que la joven esposa (de un ruso ausente) causa en él, rememora a un compañero de clases quien una vez le obsequió un lápiz, lo que constituye la evidencia de un símbolo fálico. Huelga decir para los coleccionadores de este tipo de signos que Aschenbach en un momento de la trama evoca como un tipo de "intrepidez varonil" a San Sebastián traspasado por lanzas y espadas. Castorp no deja de recordar a su ensoñado condiscípulo pero en la Muerte en Venecia, Aschenbach va mucho más allá: lo que se presenta como admiración a la juventud pasa a ser la referencia evidente al ser amado y de la morigeración del voyeur, se pasa a una persecución y obsesión por todas las rutas de Tadrio o Tadrín, cuando se emociona con el diminutivo, sin que evidentemente se quiebre la frontera moral. Aschenbach se encomienda a la mirada, a esa erección del ojo como la describe Jacques Lacan. En la novela Tadrio es el nombre que recibe el joven mientras Visconti lo bautiza como Tadzio. Recuerdo, por cierto, la almibarada y adulante prosa de un periodista de Cambio 16 en España cuando el príncipe de Asturias cumplió 20 años y el lisonjero lo describía como un crecido Tadzio.

Aschenbach, un "burgués respetado y considerado", transcurre una "vida enaltecida" y de pronto se le ocurre la idea del viaje a regiones meridionales para abandonar el aburrimiento que le ocasiona tanta corrección, tanto ennoblecimiento pero donde se guardasen las formas sólo que en un clima de mayor colorido en el que también el traje de etiqueta fuese "el uniforme de la cortesía" con ese "solemne silencio que constituye el orgullo de los grandes hoteles".

Lo que al principio constituye una sorpresa, la presencia de una distinguida familia polaca de aristócratas en la cual está Tadrio, Aschenbach "casi llega a convencerse de que su misión era velar por el muchacho, en lugar de ocuparse de sus propios asuntos". Y allí empieza el calvario de sus pasiones insatisfechas donde concluye que "la belleza nos hace vergonzosos". Entonces decide marcharse como primera reacción a su transmutación pero el azar o la "ineficiencia" meridional lo obligan a quedarse.

Y ocurre entonces la escalada de una admiración que pasa a convertirse en pasión reprimida en que la contemplación de la belleza termina por desajustarlo por entero. La aniquilación en adelante lo perseguirá hasta su muerte por el cólera, la peste, quien sabe si ultimada por el narrador, insisto, para cercenar la "fórmula perenne del deseo, imposible, absurdo, maldito, ridículo en este caso".

Muerte que finalmente logrará el deseo del personaje de "huir de su obra" y finalmente ponerlo a salvo de "la tentación monstruosa".

El propio Mann hizo una visita a Venecia y aparece como una curiosidad que esta trama, propia de lo que luego serían los consultorios de los psiquiatras vieneses, la ubicase en tierra italiana, "un mundo exótico" y Aschenbach realiza el viaje a la magnífica Venecia en un barco que era "una vieja cáscara de nuez, sucia y sombría, de nacionalidad italiana".

Lo cual tiene un sentido de distancia con ese mundo acomodado que describe Thomas Mann respecto a las circunstancias originales de su personaje, el reconocido escritor.

No sé cómo recibiría nuestro mundo de hoy un tipo de obra como esta, escrita con el idioma de la actualidad. Esto más allá del genio narrativo, extraordinario genio de la palabra, que vivía en el escritor hanseático capaz de desafiar todo universo moral y a la vez edificar en otro orden creativo, la novela de formación o Bildungsroman, concepto puesto a un lado por nuestra desdeñosa civilización que ha otorgado respuestas a todo. La pregunta no es fortuita pese a que en la galería de las tendencias contemporáneas cualquier desviación suele ser aceptada. Hasta un punto. Especialmente en sociedades donde ver fotos inadecuadas por Internet de menores de edad representa un crimen para el FBI. A diferencia de Lolita, cuyo protagonista también es el desenfreno pasional con una menor de edad, consentido y alentado por la propia Lolita, pero Nabokov no le asigna frenos a sus personajes y tampoco construye alcabalas para una medición de escrúpulos. Al menos es una relación verificada hombre-mujer. Y los personajes de Nabokov se instalan en una liberación y no en la represión.

Pero en Mann el deseo puede ser aun peor y mayormente lacerante aunque no se materialice sino en la mente de un escritor atento a desmoronarse entre sus peñascos y grietas interiores.

El motivo de Mann es acaso más aberrado en el sentido de la distorsión de miradas donde el personaje tiene la evidencia de dos mundos que compiten por vencerse, así se envuelva todo con un propósito de sublimación estética. El defecto de estos espejos simultáneos que habitan la mente de Aschenbach se resolverá con la desaparición del personaje, muerte que comienza a consumarse una vez que abandona la seguridad de su mundo burgués, de infinitas buenas costumbres y pensamientos solapados. Eso sí, todo servido, narrado con las frases monumentales de este descifrador innegable de las dobleces de una sociedad creadora y destructora a la vez.

¿Acaso ha dejado de serla?