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Velásquez, Ruiz Pineda y los demonios del militarismo

El 23 de enero de 1994 el Presidente de la República, el Dr. Ramón J. Velásquez, dirige palabras al país en el Salón Sol del Perú del Palacio de Miraflores / Foto: José A. Estrella

El 23 de enero de 1994 el Presidente de la República, Ramón J. Velásquez, dirige palabras al país en el Salón Sol del Perú del Palacio de Miraflores / Foto: José A. Estrella

“Un punto de partida común. Una amistad extraordinaria y productiva. Una vida larga, muy larga, de 98 años. Otra corta, muy corta, pero intensa segada por la mano implacable del militarismo contra el cual luchaba”

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Lo he contado muchas veces. Pocos días después del fallido intento de golpe de Estado, conducido por el grupo de tenientes comandados por Hugo Chávez, sería  probablemente 8 o 9 de  de febrero de 1992, cuando la ciudad todavía olía a estupor, pólvora y sangre derramada, asistí a una reunión en la oficina del doctor Ramón J. Velásquez, en el Palacio Federal, sede del extinto Congreso Nacional.

Los presentes, todos, estábamos aún impactados por lo ocurrido. Especialmente los más jóvenes, quienes para ese entonces aún no llegábamos a los cuarenta años de edad, habíamos crecido en democracia y hasta unos días atrás creíamos firmemente que los golpes de estado y los gobiernos militares eran periódico de ayer. Historias de nuestros padres y abuelos. Asunto del pasado que jamás volvería. El 4 de febrero habíamos entendido que eso no era cierto.

Ramón J. ya entrado en años, según mis cálculos tendrían para entonces 75, salió de su oficina y se sentó lentamente en la salita donde solíamos reunirnos a conversar sin tema prefijado. Estábamos ansiosos por conocer su opinión sobre el oscuro golpe y sin preámbulos alguien le preguntó:

―¿Doctor Velásquez desde su perspectiva personal qué significado tiene este acontecimiento?

Y  el maestro de Colón, como solía hacer, levantó el dedo índice, movió la cabeza hacia los lados, parecía buscar las ideas en los pulmones y no en el cerebro, aguardó unos segundos y con su voz nasal y su parsimonia clásica nos dijo:

―“Miren. Se los voy a resumir así: Alguien levantó la tapa del infierno en donde, a fuerza de sufrimiento, cárceles, exilios, torturas y muertes, varias generaciones de venezolanos, habíamos logrado encerrar los demonios del militarismo”.

En ese momento se detuvo. Pasó su vista por cada uno de los presentes que aguardábamos en silencio y como un médico que informa un diagnóstico infeliz, se preguntó:

―¿Cuántas décadas les llevará a ustedes volverlos a encerrar?

El libro negro

Lo dijo claro. No dijo los militares. Dijo el militarismo. Dos cosas muy diferentes. La institución militar le parecía un mal necesario, pero el militarismo –la intervención de los militares en el ejercicio directo del poder político que debía estar reservado a los civiles– le parecía una aberración, el mayor obstáculo para la democracia en Venezuela,  al que se oponía férreamente con la convicción del estudioso de la historia y del ciudadano que había padecido en carne propia los abusos del poder dictatorial ejercido por militares.

Entre otros padecimientos, Ramón J. Velásquez había estado preso por 3 años, en la cárcel de Ciudad Bolívar, junto a Simón Alberto Consalvi, por ordenes del general Marcos Evangelista Pérez Jiménez, el hombre que presidió el gobierno dictatorial entre 1952 y 1958.

El dictador tenía muchos pretextos para encarcelar a Velásquez, un periodista valiente y activo que para ese tiempo dirigía Testimonios, una publicación clandestina expresión de los independientes opuestos al régimen.  Pero la gota que rebasó su vaso fue la producción de El libro negro de una dictadura: Venezuela bajo el signo del terror, el primer gran alegato seriamente documentado sobre el horror, los métodos de represión y persecución del régimen. 

Para su realización, Leonardo Ruiz Pineda, por entonces jefe de Acción Democrática en la clandestinidad, había urdido una red de inteligencia que logró burlar el cerco policial y armar una exhaustiva investigación con testimonios conmovedores sobre las torturas, los asesinatos, los campos de concentración y las desapariciones que realizaba la Seguridad Nacional bajo la dirección de Pedro Estrada.

En ese trabajo de recopilación del material de denuncia  intervinieron, desde sus refugios clandestinos, el mismo Ruiz Pineda, Alberto Carnevali y Jorge Dager y desde la calle Simón Alberto Consalvi, José Agustín Catalá, René Domínguez, Héctor Hurtado y, por supuesto, Ramón J. Velásquez. Otros equipos se encargaron del levantamiento de los textos, la encuadernación, el empaquetado y el transporte. Todo dentro del más estricto silencio y el más exigente secreto.

La obra que, con fines de seguridad, había sido bautizada como el “poemario”, comienza a circular el 4 de octubre de 1952. El escritor José Vicente Abreu cuenta que cuando el libro llegó a  manos de  Ruiz Pineda  exclamó: “¡Qué no podemos hacer ahora!”. Pero cuando cayó en las del dictador, Pérez Jiménez estalló en cólera y ordenó  recogerlo de inmediato y presentarles a sus autores.

Once días después, es detenido su editor José Agustín Catalá y enviado a la Cárcel Modelo de Caracas. Diecisiete días más tarde Ruiz Pineda es asesinado en una calle de San Agustín, en Caracas. Luego Consalvi y Velásquez serían enviados a su prisión en Ciudad Bolívar. Pero los agentes de la Seguridad Nacional nunca pudieron demostrar la autoría ni el lugar donde se imprimió. Los mecanismos de seguridad para la producción del libro habían sido impecables. Los autores, para despistar, habían puesto como colofón un texto que dice: “Este libro se terminó de imprimir el día 15 de septiembre de 1952, en los talleres de la Industria Gráfica Mexicana, para la Editorial Centauro, apartado 2480, México DF. Previamente se había suministrado a los editores pruebas necesarias para realizar ediciones similares en Cuba, Guatemala y Colombia.”

Agentes de la Seguridad Nacional, la policía política perezjimenista, son enviados a México pero no encuentran nada. No hay señal alguna de la Industria Gráfica Mexicana. Tampoco de la Editorial Centauro. Nadie las ha escuchado nombrar. Todas las investigaciones fracasan. También las hechas en Venezuela. No hay rastros. Las experticias realizadas en el primer lugar sospechoso, la Editorial Ávila, propiedad de Catalá, concluyen que las fuentes del linotipo resultan distintas a las usadas en el libro. El caso se cierra.

Retrato de general

Aparte de su significación política, el asesinato de Leonardo Ruiz Pineda fue para Velásquez un muy duro golpe afectivo y personal. Leonardo y Ramoncito, como llamaban a Velásquez incluso hasta el final de sus días los más cercanos, se conocían desde la adolescencia cuando se encontraron como estudiantes en el liceo Simón Bolívar de San Cristóbal, donde tramaron una profunda amistad.

Muchas cosas les unían. Ambos eran ávidos lectores y escritores precoces que habían publicado casi siendo niños en periódicos locales. Juntos leyeron, en una edición colombiana que circulaba clandestinamente en el Táchira, Memorias de un venezolano de la decadencia, el testimonio antigomecista de José Rafael  Pocaterra. Ambos tenían inquietudes políticas y fueron masticando juntos, lo que a la larga les uniría aún más, una profunda convicción democrática y un arraigado sentimiento antimilitarista.

Ramón J. Velásquez podría pasar  horas hablando de  su amigo asesinado por la Seguridad Nacional. Se emocionaba y le brillaban los ojos cuando lo hacía. Valoraba altamente la formación intelectual, las dotes de poeta y el compromiso político de su paisano rubiense. Pero lo que más admiraba era su valentía.

Disfrutaba inmensamente contando sus  travesuras y pequeños actos heroicos de liceístas entre los que sobresalía la anécdota del cuadro del general. Se trata de un incidente que a la larga terminó incidiendo en la decisión que, otra vez juntos, tomaron de marcharse a Caracas. Los dos jóvenes se enteran que el  Presidente del estado Táchira, con se llamaba a los gobernadores de entonces,  un general de cuyo nombre no logro acordarme, le ha pedido a don Carlos Rangel Lamas, director del Simón Bolívar y respetado intelectual de la región, que coloque un retrato suyo en el auditorio del liceo.

La idea les parece repugnante y deciden impedir que el hecho ocurra. Porque, además, el general se había ganado en el estado una merecida fama de tirano cruel. Exploran diversas estrategias para impedirlo pero ninguna les parece viable. Hasta que una idea brillante les llegó: proponer que en el auditorio se colocara ¡un retrato del Benemérito Juan Vicente Gómez! Los dos estudiantes hicieron pública la propuesta, incluso le escribieron una carta al ministro de educación quien, emocionado con el fervoro gomecista de los estudiantes tachirenses, aprobó la moción.

A las pocas semanas un retrato de gran formato del tirano con mostachos y uniforme militar era instalado con pompa en el auditorio del Simón Bolívar dejando fuera de juego el retrato del gobernador. Al día siguiente el general llamó a Velásquez y a Ruiz Pineda a su despacho, les dijo que sabía lo que habían hecho, que tarde o temprano lo pagarían y que a partir de ese momento estarían bajo vigilancia permanente.

Esta amenaza, más la expulsión de Ruiz Pineda del Simón Bolívar por desacato a las órdenes del director Rangel Lamus, aceleraron la decisión de venirse a Caracas a terminar el bachillerato y comenzar  la universidad. Otra vida comenzaba.

De aquellos tiempos queda una emocionada descripción de primer encuentro hecha por Ramón Velásquez: “Yo lo vi llegar, adolescente, al colegio de la capital provinciana. Traía la sonrisa que fue bandera de concordia en los días de político combatiente y una melena nigérrima que le daba cierto aire bohemio. Hablaba de Rubén Darío, Rufino Blanco Bombona y de Guillermo Valencia, ante un auditorio alelado de inocentes muchachos pueblerinos….llevaba siempre una misteriosa libreta en donde tomaba notas extrañas...era su diario íntimo., ‛El poeta’ lo llamó uno de sus íntimos como manera de distinguir…a quien mostraba una prematura seguridad de su rumbo.”

Entrando en el siglo XX

La capital a la que llegaron los dos estudiantes tachirenses estaba desperezándose del largo bostezo del gomecismo y preparándose para entrar al siglo XX, como lo dijera alguna vez Mariano Picón Salas, una vez que ocurriera la muerte de Gómez en 1935.

Todo comenzó a cambiar. La ciudad era un hervidero de ideas y debates. Comenzaban a formarse los movimientos que daría origen a los partidos políticos modernos. Los jóvenes líderes del 28 vivían su gran momento. Y Velásquez y Ruiz Pineda se colocarían en pleno centro de la ebullición, en el ojo del huracán del difícil proceso que comenzaba de construcción de la democracia venezolana y superación de militarismo.

Lo que vino después es historia conocida. Ruiz Pineda se convirtió en joven líder fundador, primero del PDN y luego de Acción Democrática. Velásquez en conocido periodista y secretario de Diógenes Escalante, el hombre que de no ser por la peculiar enfermedad mental que lo acosó, se hubiese convertido en presidente de la república.

Ruiz Pineda fue luego, en 1945,  secretario de la Junta de Gobierno presidida por Rómulo Betancourt. Velásquez fue secretario de la  presidencia de Rómulo Betancourt en 1958. Ruiz Pineda fue Ministro de Comunicaciones en 1948, durante el efímero gobierno de Rómulo Gallegos. Velásquez también fue Ministro de Comunicaciones en 1969 durante el gobierno de Rafael Caldera. Ruiz Pineda gobernador del estado Táchira en  1946. Velásquez electo senador por el mismo estado en 1973 en las listas del partido que Ruiz Pineda había ayudado a fundar.  

Ruiz Pineda fundó y dirigió un periódico en el Táchira en el que escribió, en apenas tres años un poco más de 400 columnas muchas de ellas recogidas, años después de su muerte, cuando ya la democracia era una realidad, por Velásquez en un libro titulado Ventanas al mundo, como se denominaba la columna. Ramón J. Velásquez también ejerció el periodismo en todas sus formas y variantes y le correspondió dirigir en dos oportunidades el diario El Nacional.

Antes de ser asesinado, a los 37 años, cuando gracias a su capacidad de conducción de la lucha clandestina, su fuerza oratoria, y su capacidad para vencer el sectarismo sin excluir a nadie –“todos cabemos sin estorbo”, cuentan que decía con frecuencia– se convirtió en el líder mayor de Acción Democrática en la clandestinidad, muchos comenzaron a ver a Ruiz Pineda  como una figura ineludiblemente presidenciable cuando se retomara el hilo perdido de la democracia.

A los 77 años de edad, en 1999, sin proponérselo, es decir sin lanzarse como candidato, al doctor Ramón J. Velásquez le correspondió por azares de la historia la tarea de oficiar de Presidente de la República en el momento cuando se comenzaba a perder de nuevo el hilo encontrado de la democracia. 

Un punto de partida común. Una amistad extraordinaria y productiva. Una vida larga, muy larga, de 98 años. Otra corta, muy corta, pero intensa segada por la mano implacable del militarismo contra el cual luchaba. Un recuerdo al que  Ramón J. Velásquez, un amigo fiel, siempre retornaba.

Coda

Confieso que la tarde de la pregunta aquella sobre  los demonios y “¿cuantas décadas les va a llevar a ustedes volverlos a encerrar?”, me pareció un poco exagerado de parte del doctor Velásquez haber dicho la palabra “décadas”. Aunque era nuestro maestro y generalmente acertaba en sus premoniciones, aquella me pareció un tanto exagerada. Ahora, con humildad, reviso el calendario y verifico, con escalofrío, que desde entonces han pasado dos décadas y poco más de dos años.

Buscando respuestas reviso el prólogo a Ventana al mundo y encuentro un párrafo en el que Ramón J. Velásquez recuerda el mandato que dejó Ruiz Pineda en su testamento precoz. Dice Velásquez, “aquel guerrillero de la libertad, capitán de la esperanza (que)…en la noche tremenda de la recaída tiránica, abrió caminos y juntó voluntades para decirnos (…) señalando el lejano castillo de la libertad secuestrada: ‘Si todos nos unimos llegaremos allá arriba.”

Cuando Velásquez escribió aquel texto los demonios estaban bajo llave. Ni Chávez, ni el chavismo, habían entrado en escena. No había ocurrido de nuevo “la noche tremenda de la recaída tiránica”. En países donde el militarismo se haya inscrito en el ADN de su fundación no se puede bajar la guardia. Ni permitir que alguien levante las tapas del infierno.