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Velásquez: Historia y Democracia

Retrato de Ramón J. Velásquez / Foto: Vasco Szinetar

Retrato de Ramón J. Velásquez / Foto: Vasco Szinetar

La presencia de Ramón J. Velásquez en el siglo XX está marcada por la condición polifacética del hombre y por su incomparable capacidad para actuar con mesura y vocación democrática. Fue, entre muchas cosas, Presidente de la República, Director de El Nacional y promotor de inmensas iniciativas editoriales y culturales cuya relevancia está todavía por ser estudiada. Un enorme ciudadano que hizo de la sencillez un modo de vida. Las lecturas que aquí se ofrecen incluyen escritos de Ramón González Escorihuela, Tulio Hernández y Pablo Antillano; un ensayo del propio Velásquez y la transcripción de un fragmento de las palabras de despedida que dio a quienes fueron sus colaboradores durante los meses que gobernó a Venezuela: todas pistas del hombre magnífico, del humanista sin pausas, del corazón generoso que fue siempre Ramón J. Velásquez

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Ramón J. Velásquez a lo largo de toda  su productiva e interesante vida fue un demócrata sólido, coherente y sin vacilaciones o fisuras. Cuando niño, en su amada San Cristóbal, fue testigo de los rigores de la tiranía regional implantada por el primo hermano del dictador Juan Vicente, el “catire” Eustoquio Gómez. Aún de pantalón corto, conoció los secretos del oficio periodístico en la redacción de El Diario Católico, dirigido por su padre durante varios años. De él, Ramón Velásquez Ordóñez y de su madre Regina Mujica, ambos maestros, había heredado la pasión por las letras, el amor por la educación y el apego a los principios. Adolescente, presenció entre curioso y asombrado como en un carro descubierto trasladaban preso al legendario guerrillero Juan Pablo Peñaloza, quien algunos años después, firme en sus posiciones, moriría engrillado en el castillo de Puerto Cabello. En el Liceo Simón Bolívar, con compañeros tan notables como Leonardo Ruiz Pineda y Ciro Urdaneta Bravo, entre otros, fundó sus primeras publicaciones e inició su interés por la política siguiendo las controversias entre liberales y conservadores colombianos a través de la radio y en las páginas de El Tiempo y El Siglo, principales diarios del país y voceros de esas dos grandes corrientes partidistas. Los periódicos viajes a Cúcuta donde vivían centenares de exiliados venezolanos, y se respiraban aires de libertad, compensaban en parte la pesada losa de silencio y obligada obediencia que cubría a este lado de la frontera.

Naturalmente que ese interés por la vida pública se convertiría luego en verdadera pasión cuando ya en Caracas, en diciembre de 1935, fue estremecido por el regocijo popular a raíz del fallecimiento del anciano dictador, el regreso de los líderes desterrados, las concentraciones y manifestaciones callejeras, el surgimiento del movimiento sindical y de  las primeras organizaciones partidistas modernas. Joven estudiante, curioso y motivado, no dudó en acercarse  a aquel grupo de hombres que como Rómulo Betancourt, Raúl Leoni, Gustavo Machado, Jóvito Villalba, Miguel Otero Silva y Rodolfo Quintero, por citar a los más relevantes, hablaban un nuevo lenguaje político y exhibían ideas y programas diferentes y atractivos frente a las viejas y gastadas consignas de los caudillos decimonónicos.

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Ya abogado y periodista, aunque no se adhirió a ninguna de las parcialidades, estuvo siempre unido y solidario con los movimientos democráticos. Acompañó el entusiasmo, compartió las expectativas que desató la llamada Revolución de Octubre y durante el corto gobierno de Gallegos dirigió la oficina de información de la recién creada Corporación Venezolana de Fomento (CVF). En calidad de asesor, formó parte de la delegación encabezada por Rómulo Betancourt, que representó al país en la IX Conferencia Panamericana, en Bogotá, en 1948. Allá, junto a muchos líderes y estadistas de América, vivió los días terribles del Bogotazo, la dramática explosión que a raíz del asesinato del líder del liberalismo Jorge Eliécer Gaitán, cubrió de ruinas humeantes a la capital colombiana y  precipitó al país por la senda de la violencia que todavía transita. Pocos meses más tarde, apenas producido el golpe militar del 24 de noviembre, probó el rigor represivo del régimen al ser detenido por primera vez. Más adelante, a comienzos de 1953, luego de la caída de su fraterno amigo Leonardo Ruiz Pineda, y ya entronizada la dictadura por el fraude electoral de noviembre de 1952, volvió a la cárcel hasta mediados de 1954, acusado de haber participado junto con el propio Ruiz Pineda, Simón Alberto Consalvi, y el editor José Agustín Catalá, en la elaboración y distribución del llamado Libro negro de la dictadura, especie de muestrario de los atropellos torturas y crímenes de la Seguridad Nacional. Luego de un breve lapso en que se sostuvo junto a su familia ejerciendo el periodismo amparado en seudónimos pues no podía usar su nombre, volvió a la cárcel, en esa oportunidad a la de Ciudad Bolívar, hasta el eclipse de la tiranía el 23 de enero de 1958. Demostró, pues, Velásquez en esos días cruciales y difíciles, el vigor de sus convicciones y el temple de su carácter. Se mantuvo firme en la trinchera de sus ideas. No claudicó ante la dictadura ni tampoco intentó disimular su postura para tratar de pasar desapercibido.

La fructífera carrera política y administrativa que desarrolló a partir de 1958 fue también una clara demostración de su ánimo sereno, su personalidad abierta y tolerante y su noble espíritu de concordia y reconocimiento del adversario, características inherentes a su pensamiento cabalmente democrático. Esos, aparte de su probada moral en el manejo de los asuntos públicos, fueron los rasgos permanentes de su desempeño como Secretario de la Presidencia en los agitados y conflictivos años sesenta, como ministro, parlamentario, impulsor y presidente de varias importante comisiones nacionales, entre ellas la de Reforma del Estado (Copre), la de Conmemoración del Bicentenario del Nacimiento del Libertador, y la de Asuntos Fronterizos (Copaf), y como Presidente Constitucional entre junio de  1993 y febrero de 1994, como consecuencia de la destitución del presidente Carlos Andrés Pérez.

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Uno de los aspectos medulares del amplio quehacer historiográfico de Velásquez es su marcada correspondencia con el apego a los valores democráticos y su rechazo a cualquier forma de dictadura o autoritarismo, todo ello unido a una definida vocación educadora. Su visión, comprensión y escritura de la historia, descansan en un profundo e inquebrantable compromiso con tales principios y propósitos. En sus dos obras fundamentales y más conocidas: La caída del Liberalismo Amarillo. Tiempo y drama de Antonio Paredes (1972) y  Confidencias imaginarias de Juan Vicente Gómez (1979), se evidencia de forma muy clara esa intencionalidad. La primera se desarrolla en dos planos que se entrecruzan a lo largo del discurso y marcan una real y dramática contraposición: por un lado, la narración descarnada y minuciosa de esa oscura y turbulenta etapa de la historia política venezolana, representada por la lenta pero inexorable decadencia de la dominación de los sucesores del guzmancismo y el advenimiento y traumático auge de la Restauración Liberal. Por la otra, el relato de la hazaña principista y gallarda del general Antonio Paredes, hasta su asesinato por órdenes de Castro, en 1907, a orillas del Orinoco. En ese contrapunto está la clave de este texto memorable. La ejemplar figura de Paredes, héroe solitario, símbolo de lo mejor de la venezolanidad, brilla y destaca por encima de la mediocridad hecha lugar común en un tiempo histórico signado por una profunda crisis y mengua moral, teñido de deslealtades, traiciones y vergonzosos oportunismos y acomodos en función del mejor o más prometedor postor.

Cuando alrededor del año 1950 Velásquez se enfrasca en la escritura de La caída del Liberalismo Amarillo, tanto el país como él atraviesan una situación crítica. Sobre Venezuela se cierne ya la sombra de una nueva dictadura militar. Sobre el escritor, la cerrada vigilancia de los mil ojos y oídos gubernamentales. Poco tiempo más tarde, el 21 de octubre de 1952, muere abaleado por la policía política, su fraterno amigo y compañero de estudios e ideales, Leonardo Ruiz Pineda. El golpe emocional y el dolor de la pérdida no lo paralizan o derrumban, sino que más bien acicatean su conciencia. “En esos días –escribe en la explicación previa de la obra–, había caído acribillado a balazos, en una calle de Caracas un amigo de mi infancia, un hombre de mi generación, de mi tierra y de mi afecto. Para que su vida fuera un símbolo, el destino lo consumió en la hoguera”. Ese símbolo, Leonardo, se transforma en Paredes. Dos vidas heroicas, dos destinos trágicos marcados por el drama de la misma violencia política que tantas veces se ha abatido sobre el país. Como el autor lo señala en el mismo texto introductorio, aquellos eran “días difíciles y como no se podía hablar de los vivos y sus culpas, se dialogaba sobre los muertos y su mensaje”.

Confidencias imaginarias de Juan Vicente Gómez, la otra obra capital en la producción de Velásquez, constituye en el plano temporal la continuación de La caída del Liberalismo Amarillo. Libro muy conocido y comentado, donde el autor fundiendo en un solo acierto sus cualidades como historiador y periodista, nos ofrece un retrato fiel y transparente de la huidiza y hasta enigmática personalidad del hombre que a la usanza de un cumplido hacendado manejó con puño de hierro al país por veintisiete largos años. En esta cautivadora y apasionante entrevista, o más bien largo monólogo, se nos aparece Gómez de cuerpo entero y tal cual era, pero también y no sólo como mero escenario o telón de fondo, se nos muestran en detalle las circunstancias macro y microhistóricas que hicieron posible esa larga y cerrada dominación. Así, como ocurre en los mejores filmes de época, desfilan ante nuestros ojos los personajes y sus condicionantes. El tempo histórico y político nacional e internacional, la tesitura moral de la época, las tácticas y maniobras habituales, los usos y costumbres de los diversos estamentos sociales en función del poder y de quienes lo detentan, las maneras a menudo ambiguas, tortuosas e interesadas con las que los venezolanos nos relacionamos con los mandones de turno, administradores de los fondos públicos y a veces hasta de nuestro propio destino individual.

En ambas obra es palpable entonces, como referente concreto, el firme ideario democrático del autor y su intención de hacernos reflexionar y aprender sobre los claroscuros de nuestra accidentada pero siempre apasionante historia política. En una, con la contraposición entre los polos opuestos de lo deseable y lo indeseable. En la otra, mediante la exposición fiel y descarnada de lo que nunca debe repetirse en nuestra historia.