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Valle-Inclán y Rubén Darío

Ramón del Valle-Inclán y Rubén Darío

Ramón del Valle-Inclán y Rubén Darío

La amistad entre el escritor español y el poeta nicaragüense contuvo una profunda admiración del uno por el otro. Esta relación quedó demostrada por cartas y frecuentes colaboraciones descritas en este texto

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Dos días antes de aparecer La lámpara maravillosa en Madrid, Rubén Darío moría en Managua. Era el 6 de febrero de 1916. El libro hubiera interesado, y mucho, al poeta modernista. Pocos días antes, Valle-Inclán, muy hundido, le había dicho a Nilo Fabra que Rubén estaba muy enfermo y sin esperanza. La muerte de su amigo y maestro le produjo una gran conmoción. Cuando recibió la noticia exclamó: “¡Es horrible! ¿Con quién comentaré ahora mi Lámpara maravillosa? Rubén hubiera tomado su whisky, yo mi píldora de cáñamo índico, y nos hubiéramos internado en el misterio. Él era un hombre que estaba en contacto con lo misterioso”. Asegura Felipe Sassone que, tras los cristales de sus quevedos, brillaron unas lágrimas. Pocos días después una nutrida representación, encabezada por Valle-Inclán, solicitó erigir un busto a Darío. Su relación con él fue siempre especial. Una perfecta combinación de amistad y admiración literaria, que de parte de Darío se tradujo en los tres prólogos-poemas a otros tantos libros de don Ramón, y sobre todo un gran respeto mutuo, dados los rasgos de carácter tan opuesto. Estas palabras explican la amistad y admiración mutua entre estos dos escritores.

Se conocieron cuando Darío vino a Madrid en 1899 y, pronto, se estableció entre ellos (añadamos a Alejandro Sawa) una corriente amistosa, que llegó a ser imperecedera. En sus cartas podemos comprobarlo. En 1906, le dedicó Valle-Inclán la edición de Sonata de estío: “A Rubén Darío, con toda mi admiración y mi amistad”. Ningún escritor contemporáneo gozó de tanta admiración por parte del poeta gallego. Y esa admiración, así como el reconocimiento de su magisterio, nunca decayeron. Y así le hace comparecer en las escenas más significativas de Luces de Bohemia.

Por su parte el poeta nicaragüense correspondió amistosamente a esta admiración. Le dedicó (dijimos) tres magníficos poemas y varias semblanzas en prosa. La carta de Valle-Inclán a raíz de la muerte de Sawa, indica la existencia de vivencias comunes, confirmadas por el magnífico prólogo que Darío antepuso a Iluminaciones en la sombra, el libro póstumo de Sawa, y que Valle-Inclán denominó como “diario de tribulaciones y esperanzas”.

Con el tiempo esta relación se hizo más intensa. Valle-Inclán colaboró en Mundial Magazine, que dirigía Rubén en París. En sus páginas publicó tres jornadas de Voces de gesta, que apareció prologada con una “Balada laudatoria que envía al autor el alto poeta Rubén”: “… Ha traído cosas muy misteriosas / don Ramón María del Valle-Inclán”.

Estas relaciones se han desmenuzado minuciosamente sobre todo para destacar el magisterio ejercido por el nicaragüense sobre el gallego. Magisterio cierto. Pero se han explorado menos las posibles influencias del gallego sobre el poeta modernista. Estas posibles influencias fueron ya previstas por Ramiro de Maeztu: “Sobre quien ejerció una influencia decisiva fue sobre Rubén, a quien le agitó como una bandera. ¡Sin Valle-Inclán, Rubén Darío no hubiera sido quien fue!”.

Raro caso entre escritores, Valle-Inclán y Rubén Darío, desde la misma fecha de su conocimiento, mantuvieron una amistad ejemplar a la vez que una admiración sin límites el uno por el otro. Quizá la amistad entre escritores solo es posible si va acompañada de la mutua admiración.

Ese gran don Ramón de las barbas de chivo . . .