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Papel literario

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Trazos oscuros sobre líneas borrosas

La escritora Victoria de Stefano, autora del libro "La Noche llama La Noche" / Manuel Sardá

La escritora Victoria de Stefano, autora del libro "La Noche llama La Noche" / Manuel Sardá

Hay autores de culto que con el tiempo pasan a consagrados y de consagrados a clásicos

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¿Cómo define el concepto de “escritores de culto”?

—No hay mucho que definir. El término se ha impuesto para designar a aquellos autores que no poseen una comunidad de lectores muy amplia pero sí bastante fervorosa, esa comunidad está formada por lectores y sobre todo escritores de generaciones más jóvenes, para quienes son guía, faro y modelo. Hay autores de culto que con el tiempo pasan a consagrados y de consagrados a clásicos. Pero también los hay efímeros. Lo son por un tiempo y después desaparecen, terminan por perder su audiencia: el “gusto”. Los paradigmas de lectura pueden ser caprichosos, a la vez que implacables, en sus preferencias y borrones. Por otra parte, todo escritor tiene sus autores de culto, sean estos ya consagrados o clásicos. Baudelaire tenía en su altar a Edgar Alan Poe y De Quincey. Para nosotros en las últimas décadas Ramos Sucre es el epítome del escritor de culto, tuvieron que pasar años para que llegara a ser reconocido. No cuenta con el favor de un gran círculo de lectores, pero sus lectores le son fieles.

A propósito de Paleografías, ¿cómo explicaría el juego entre paleografía, pintura y escritura?

—Es una pregunta dificilísima de responder. Necesité más de trescientas cuartillas para sugerir sus vínculos. No sé si lo conseguí, y tampoco sé si fue eso lo que me propuse. Un escritor no escribe con un plan ni un proyecto deliberado, al menos yo no escribo así, y por los testimonios de otros escritores sé que el proceso es, con pocas variantes, el mismo para todos. Se parte de un estado de percepción confuso y borroso, al que Juan José Saer llama muy certeramente estado prenarrativo. Las nieblas se van despejando poco a poco. De un modo algo más intuitivo, pero nunca del todo consciente, uno va siguiendo y materializando, a través de la puesta en escena de personajes y situaciones, el sentido (metafórico, alegórico, simbólico) que emana de la propia, incipiente y balbuciente escritura. Ese sentido que se va gestando, construyendo poco a poco, es el que dicta las pautas estructurales e imaginativas de la novela: en la composición de la novela los elementos intencionales, deliberados, son los últimos en aparecer, y representan lo más personal del escritor, algo como su firma, su sello autoral.

Por otra parte, el escritor trabaja sin evidencias, escribe desde la incertidumbre. Más certidumbres que el mismo escritor, que se cree dueño del texto, pueden llegar a tener los lectores, que tienen ante sí el diseño de cuerpo entero de la novela ya formada y liberada de escorias y vacilaciones.

Si de alguna manera más concreta puedo responder a esta pregunta, es haciendo un poco de historia. Desde el principio pensé en un pintor. En Pedir demasiado −también en Lluvia había chispazos y reflexiones sobre el arte pictórico e incluso en La noche llama a la noche− tenía un personaje que pintaba y dibujaba, entonces sentí el impulso, la necesidad de retomar ese hilo, ese cabo suelto que venía de muy atrás. Siempre he sentido fascinación por la pintura, una de las cosas que más lamento es no haber viajado lo bastante como para conocer museos, ir a exposiciones, contemplar obras y más obras. Para mí es un enigma el acto de composición y creación de un pintor ¿Cómo lo hacen? ¿Cómo funciona su cerebro, su imaginación, sus referencias culturales, su sensibilidad? ¿Cómo sale todo ese mundo de formas y colores de su cabeza, cómo se vuelca hacia el exterior? Aún no alcanzo a comprenderlo de un todo, sin embargo, intenté explorar a Augusto a partir de los pintores, de sus obras, de sus personalidades, de los que ellos escriben, dicen de su oficio, de su arte. Leí una infinidad de diarios, cartas, escritos de pintores y estudios sobre pintores. La escritura y la pintura parten de una matriz gráfica, de unos medios de expresión, de unos signos: lenguaje literario; lenguaje plástico. Hubo en la historia del arte, antes de que éstas se establecieran como campos autónomos, una aspiración: Ut pictura poiesis. La poesía como la pintura. Es decir, pintar con palabras. En cuanto a Paleografías, el subtítulo lo dice: “trazos oscuros sobre líneas borrosas”. Algo así como un reescribir por actos de la memoria y del recuerdo, volver al pasado, hacer una suerte de balance, de hermenéutica existencial, es lo que pretende Augusto y con él el narrador que lo mimetiza y lo acompaña en su vuelta al pasado desde el signo oscuro de la crisis y de la depresión.

¿Cuál de sus libros le gustaría re-escribir (y por qué)?

—Ninguno. Cuando mi primera novela El desolvido fue reeditada tuve la oportunidad de hacer algunos cambios y no los hice. Apenas algunas –muy pocas– correcciones, un punto, una coma, una palabra, una frase que podía resultar más clara. Hacer cambios mayores me parecía tramposo, algo así como censurar y hermosear a la escritora más joven y más torpe, en el sentido del oficio, que fui.

—¿Cuál es el lugar del escritor?

Su espacio físico, por pequeño, precario y modesto que sea, y su mucho más amplio espacio interior. Como ciudadanos, que también los escritores lo son, un espacio cívico donde ejercer su libertad, y no tan sólo “de expresión”, porque la libertad va más allá de eso.