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Nueve preguntas para Pensar la Transición (I)
Responde Ana Teresa Torres

Ana Teresa Torres / Foto ©Vasco Szinetar

Ana Teresa Torres / Foto ©Vasco Szinetar

Papel Literario inicia hoy la serie Pensar la transición. 13 intelectuales reflexionan sobre la crisis venezolana y sus perspectivas, a partir de un cuestionario de nueve preguntas. Siguiendo el orden alfabético, comenzamos con las respuestas de Ana Teresa Torres y continuaremos en nuestra web hasta el 1 de julio

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Ana Teresa Torres es psicólogo, narradora y ensayista. En cada uno de estos ámbitos tiene una amplia obra que le ha sido reconocida en diversas ocasiones. Es, además, Individuo de Número de la Academia Venezolana de la Lengua.

 

―Queremos comenzar por su visión del actual estado de cosas en Venezuela. ¿Qué ve, qué siente, qué le resulta inquietante?

―Veo un Estado fallido y una sociedad anómica. Veo a cientos de miles de personas buscando soluciones individuales a situaciones que no tienen respuestas institucionales. Veo a una población abandonada a sí misma, al saqueo, el linchamiento, los crímenes horrendos, la penuria. Veo a un país que marcha hacia la barbarie y el exilio si nada detiene el estado de cosas.

―Un tema, cada vez más presente en las preocupaciones venezolanas, es la cuestión de la violencia y el modo en que viene ocupando espacios en la sociedad. ¿Venezuela tiene posibilidad de realizar un cambio político sin recurrir a la violencia

―Pienso que el cambio puede producirse sin violencia porque al día de hoy las mayorías sociales lo quieren. Si algunos, para no perder sus privilegios, pretenden escaramuzas militares lo ignoro.

―De forma recurrente, hay personas que se preguntan si la sociedad venezolana ha aprendido algunas lecciones de los padecimientos de estos últimos años. ¿Hemos aprendido o todavía podríamos ser una sociedad frágil ante la tentación populista?

―Seguramente hemos aprendido muchas cosas pero la tentación populista está siempre vigente. De hecho todos los gobiernos de la democracia del siglo XX fueron populistas moderados. Lo que ocurrió a partir de 1999 fue un caso sin precedentes: el surgimiento de un líder mesiánico portador de un populismo radical de izquierda sumado a un aumento inusitado del precio petrolero. La condición de Estado petrolero es hasta cierto punto incompatible con la democracia liberal, que exige un requisito del que carecemos en Venezuela: el ciudadano tax payer que sostiene al Estado y reclama en consecuencia sus derechos. Mientras el Estado se sostenga en el petróleo, y el petróleo sea propiedad del Estado-gobierno, es difícil pensar que estamos blindados ante el populismo. Sin embargo, puede ser que de los padecimientos sufridos y de la dirección de nuevas elites podamos tener en el futuro una democracia más equilibrada, con más derechos y deberes por parte de los ciudadanos y menos populismo de los gobiernos, sobre todo a la vista de que el petróleo venezolano no es lo que era.

―Queremos preguntarle por la idea de fracaso. ¿Cabe establecer una relación entre Venezuela y el fracaso? De ser así, ¿qué fracasó, qué salió mal?

―No creo que haya una relación directa entre Venezuela y el fracaso. Todas las sociedades acumulan éxitos y fracasos a lo largo del tiempo y no somos una excepción. Pensando en los fracasos recientes me inclino por pensar que la democracia no supo o no pudo mantener la vigencia ideológica ni la regeneración política a largo plazo. Las generaciones post 1958 crecieron en la creencia de que todo era bienestar, paz social y riqueza, hasta que un discurso mesiánico logró en muy poco tiempo derribar todos los éxitos del pasado democrático, porque la sociedad y las elites no estuvieron suficientemente preparadas para enfrentar las dificultades que habían sobrevenido y que en su momento eran corregibles. Eso me parece un fracaso.

―El tema del posible papel de los intelectuales en la vida pública, sigue siendo debatido. ¿Cómo valora Usted la actuación, en términos generales, de los intelectuales en los últimos años? ¿De qué modo, si es que ha ocurrido, ha impactado la polarización en la actividad de los intelectuales en Venezuela?

―Partimos de la noción de que hace ya mucho tiempo (y en todas partes) que los intelectuales no están en la vanguardia de las ideas, por razones múltiples que excede el marco de este cuestionario explicar. Sin embargo, en Venezuela y en estos años, los intelectuales han tenido una presencia muy notoria, especialmente entre 1999 y 2005; años en que la sociedad civil fue protagónica de las luchas políticas. Un somero pasaje por la prensa de esos años da cuenta de esto, además de la notable cantidad de libros que se han publicado en materias políticas y temas sociales en general. Una enorme producción, que además logró captar el interés de la gente como nunca antes. Por supuesto, los intelectuales han hablado y pensado (no sabemos hacer otra cosa) desde distintos puntos de vista, según sus convicciones políticas e ideológicas, y en ese sentido la comunidad intelectual se ha dividido según sus preferencias.

―¿Cuál es, en su criterio, el estatuto actual de la polarización política en Venezuela? ¿Se mantiene, ha cambiado?

―En mi opinión la polarización ha sido una más de las estrategias discursivas del chavismo. Si hubiera existido un enfrentamiento entre dos polos de la sociedad, con la fuerza y la conflictividad que se le ha atribuido, hubiésemos desembocado en una guerra civil. A mi juicio lo que se ha producido, y aun subsiste, es la voluntad hegemónica de un Estado-gobierno de destruir y eliminar a los sectores de la población que no podía someter. La estrategia ha consistido en disfrazar de polarización social lo que no es otra cosa que la voluntad de poder de una logia cívico militar que ha repartido sus dadivas a cambio de la fidelidad de sus seguidores y el desprecio y exclusión hacia sus oponentes. Pero la idea de que esto ha sido una lucha entre “patriotas” y “antipatriotas” es, a mi parecer, puro marketing político.

―Se afirma, incluso con soporte en estudios de opinión, que en la mayoría de los venezolanos está presente, con fuerza, un deseo de cambio. ¿Podría intentar describir ese deseo de cambio? ¿Tiene Usted idea o intuición del cambio al que aspira la mayoría de los venezolanos?

―Por supuesto que en la mayoría de los venezolanos existe ese deseo de cambio; diría que todos lo deseamos, a excepción de aquella estrecha minoría que se beneficia de la catástrofe. Pero mi visión no es demasiado optimista sobre la naturaleza del cambio. Intuyo que el deseo de cambio está en razón directa del desastre sobrevenido, y que la aspiración de las mayorías sociales, con toda razón, es dejar atrás la pesadilla en que se ha convertido la vida venezolana. Si el Estado-gobierno continuara recibiendo la bonanza petrolera de los años recientes probablemente a muchos no les importarían los graves errores y desmanes cometidos. Al menos no les importaron durante muchos años. Y no los culpo. Me limito a contestar la pregunta.

―La experiencia de procesos en otros países demuestra que la transición demanda de cierta disposición al entendimiento y a la reconciliación; de ciertos sacrificios; de ciertas energías distintas a la de la confrontación. ¿Cómo evalúa Usted la disponibilidad de estos y otros elementos para una posible transición en Venezuela?

―Esta transición no sería solamente cambiar un régimen por otro, democracia por dictadura, como fue por ejemplo el pacto de Punto Fijo en 1958 (o el muy citado pacto de la Moncloa, en la transición española, o la aceptación del referéndum en Chile). En este momento la transición no es tanto una aspiración democrática de la sociedad sino la urgencia en detener la destrucción física y moral de la nación que lastima a todo el país. La República “bolivariana” se gestó en una logia militar antidemocrática que por diversas circunstancias conquistó a grandes mayorías, ahora decepcionadas; no ha sido un régimen impuesto –como el perezjimenismo, el franquismo o el pinochetismo– sino mantenido durante diecisiete años por voluntad popular a través del discurso y el chantaje económico, hasta las elecciones parlamentarias de 2015 en que ambas circunstancias dejaron de funcionar (desapareció el líder mesiánico así como los sobre ingresos petroleros). Para revertir la situación creo que lo más importante sería un cierto sentido pragmático que permitiera a los actores comprender la necesidad de una remodelación, por así decirlo, del estado de la nación. A los favorecidos por la transición, que llegarían al poder, quizás les convendría aplicar aquello de “a enemigo que huye puente de plata”. Y a los desfavorecidos, que lo perderían, mantenerse en la escena política abandonando las aspiraciones hegemónicas. En resumen, la aceptación de todos (o casi todos) del poder compartido, que no es poco.

―Una última pregunta: ¿tienen los intelectuales alguna asignatura pendiente con el país? ¿Falta alguna contribución decisiva?

―Creo que no tenemos asignaturas pendientes, creo que hemos hecho todo lo posible por explicar y pensar en beneficio de iluminar las cosas, e incluso en algunos momentos de este largo período hemos dado visibilidad con nuestro nombre y nuestra presencia a la oposición al régimen que, aun disminuido, sigue en pie. ¿Hay algo más que pedirle a Manuel Caballero, a Simón Alberto Consalvi, a Eugenio Montejo, a Antonio Cova, a Pedro León Zapata, a Michaelle Ascencio, a Heinz Sonntag, por mencionar solo a algunos de los que se fueron?