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Nueve preguntas para Pensar la Transición (XIII)
Responde Víctor Guédez

Víctor Guédez / Foto Yanni Montilla

Víctor Guédez / Foto Yanni Montilla

El décimo tercer lugar de los intelectuales que reflexionan sobre la crisis de Venezuela pertenece a Víctor Guédez, experto en el área de la Responsabilidad Social Empresarial

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―Queremos comenzar por su visión del actual estado de cosas en Venezuela. ¿Qué ve, qué siente, qué le resulta inquietante?

―Percibo un umbral de cambio de condensada bruma. También se presiente un incierto desenlace que, sin duda, invoca la sentencia de Tolstoi: “La historia es una loca que responde preguntas que nadie le ha hecho”. Creo que cualquier escenario que prefigure la forma como vamos a superar esta situación, por el simple hecho de haberlo pensado, no ocurrirá. Ante este indeterminado devenir, conviene recurrir a una “matriz de emergencia” que proceda del cruce de dos actitudes con dos percepciones. Las actitudes son: “Trabajar por lo mejor” y “prepararse para lo peor”, mientras que las percepciones son el “optimismo propio de la voluntad” y el “pesimismo propio de la inteligencia”. Ante los alvéolos que resultan de esta conjugación, lo importante es asumir el control de nuestro círculo de influencia (lo que depende de mí) para contrarrestar al círculo de preocupación (lo que no depende de mí) e impulsar, de esa manera, la conquista del espacio que congrega el “trabajar por lo mejor” con el “optimismo propio de la voluntad”.

Desde luego, me inquieta que afrontemos estas opciones en el marco de una realidad en la cual ellos adoptan “las ventajas de la desvergüenza”, mientras que de nuestra parte existen  muchas conductas desesperanzadas o desesperadas. Una y otra conducen a riesgos abismales. Pero debe aceptarse, con Baudrillard, que el Muro de Berlín  no se derrumbó hacia afuera sino hacia adentro, más  en señal de autodestrucción que de libertad.

―Un tema, cada vez más presente en las preocupaciones venezolanas, es la cuestión de la violencia y el modo en que viene ocupando espacios en la sociedad. ¿Venezuela tiene posibilidad de realizar un cambio político sin recurrir a la violencia?

―No solo tenemos la posibilidad de realizar un cambio político sin recurrir a la violencia, sino que tenemos la obligación de hacerlo. La advertencia de Gandhi está vigente: “cuando jugamos al ojo por ojo nos quedamos los dos ciegos”. Es el momento de revivir la primera decisión que asumió Mandela cuando fue liberado: dejar en la celda el odio y el resentimiento para asegurarse que no seguiría encarcelado. También nos ayuda a entender este desafío, el testimonio de Martin Luther King: Hemos aprendido a volar como las aves y a nadar como los peces, pero todavía no hemos aprendido a convivir como seres humanos. El papa Francisco, hace unos meses, decía que pedir perdón es de valientes, perdonar es de poderosos y que solo el olvido produce felicidad. Estos testimonios nos dejan sin argumentos adicionales. Quizá, lo único que podría agregarse es que perdonar no equivale a impunidad, así como tolerar no significa resistir.

―De forma recurrente, hay personas que se preguntan si la sociedad venezolana ha aprendido algunas lecciones de los padecimientos de estos últimos años. ¿Hemos aprendido o todavía podríamos ser una sociedad frágil ante la tentación populista?

―La tentación populista siempre estará al acecho mientras exista pobreza. Para alejar este riesgo hay que favorecer una sociedad justa. En este punto vale recordar que Amartya Sen decía que hacen falta solo tres palabras para eliminar la pobreza: capacidades, oportunidades y valores. Capacidades derivadas de la formación y la educación, oportunidades asociadas al apoyo  de iniciativas de emprendimiento, y finalmente, valores orientados hacia el trabajo productivo y la conducta ciudadana. Es posible que el  aprendizaje de los últimos años haya sido, precisamente, el darnos cuenta que lo importante no es buscar que los pobres sean menos pobres, sino que dejen de serlo. Cuando solo se busca atenuar la pobreza el resultado es la dependencia y el clientelismo.

En este sentido, se impone aceptar la advertencia de Todorov cuando  sostiene que la democracia se apoya en tres elementos constitutivos: el pueblo, la libertad y el progreso. Al romperse el equilibrio entre ellos se producen sus opuestos: el populismo, el ultraliberalismo y el mesianismo.

―Queremos preguntarle por la idea de fracaso. ¿Cabe establecer una relación entre Venezuela y el fracaso? De ser así, ¿qué fracasó, qué salió mal?

―La palabra fracaso es demasiado definitiva. El fracaso solo es fracaso si no va acompañado de experiencia y reorientación. Basta pensar en los ejemplo de Alemania y Japón que demostraron que la cultura cambia y la cultura todo lo puede cambiar. Luego de malas experiencias, es posible que durante mucho tiempo sea imposible vivir como si nada hubiese pasado, pero tampoco como si nada pudiese ser distinto. Vivir en el pasado genera resentimiento y el resentido es un esclavo que sigue encadenado a su pretérito victimario. El resentimiento produce gotas de ácido que progresivamente descomponen al recipiente que lo contiene. En este punto cabe recordar lo que sostiene Zygmunt Bauman en su libro “Daños colaterales”: “Hay razones contundentes para celebrar la caída del comunismo. No obstante también hay razones contundentes para detenerse a pensar y repensar acerca de lo que ocurrió cuando vaciaron la bañera con el niño dentro…Ese niño está llorando: llora en busca de nuestra atención”.

―El tema del posible papel de los intelectuales en la vida pública, sigue siendo debatido. ¿Cómo valora Usted la actuación, en términos generales, de los intelectuales en los últimos años? ¿De qué modo, si es que ha ocurrido, ha impactado la polarización en la actividad de los intelectuales en Venezuela?

―La historia ha demostrado que, en momentos severos, muchos intelectuales actúan como los gatos con frío que buscan la cercanía a la estufa. También debe admitirse que las humanidades no siempre humanizan. Pero, igualmente, puede apreciarse la conducta de muchos intelectuales que actúan de una manera totalmente distinta. El intelectual no es acomodaticio ni rebelde  por naturaleza, razón por la cual no se puede generalizar. En Venezuela la polarización, sin distinciones mayores, ha impactado a  todos los sectores que integran la sociedad.

―¿Cuál es, en su criterio, el estatuto actual de la polarización política en Venezuela? ¿Se mantiene, ha cambiado?

―La polarización se mantiene, sin embargo, ha cambiado la asimetría de la curva. Esta realidad advierte los peligros propios del extremismo y, al tiempo reclama, la conveniencia de un diálogo maduro. Con Octavio Paz debe repetirse que así como la ceguera fisiológica impide ver, la ceguera ideológica impide pensar.

―Se afirma, incluso con soporte en estudios de opinión, que en la mayoría de los venezolanos está presente, con fuerza, un deseo de cambio. ¿Podría intentar describir ese deseo de cambio? ¿Tiene Usted idea o intuición del cambio al que aspira la mayoría de los venezolanos?

―El cambio esencial al que aspiramos todos es, simplemente, alcanzar la normalidad. No queremos seguir viviendo en la secuencia de un sismógrafo que registra un intenso terremoto. Al ahondar en la aspiración al cambio aparecen cuatro “R” que pautan el sentido de dirección que se pretende. Nos referimos a la reconciliación,  reinstitucionalización, recuperación económica y reorientación de una cultura de la convivencia. Estos aspectos no deben asumirse en una fila india, más bien deben implantarse como un bucle que se entreteje.

―La experiencia de procesos en otros países demuestra que la transición demanda de cierta disposición al entendimiento y a la reconciliación; de ciertos sacrificios; de ciertas energías distintas a la de la confrontación. ¿Cómo evalúa Usted la disponibilidad de estos y otros elementos para una posible transición en Venezuela?

―La intensidad del trauma es tan aguda que sería imprudente, pretender un cambio radical. No hay gobernabilidad en el contexto de una máxima tensión. Lo peor que podría ocurrir sería recurrir a las mismas actitudes de las que fuimos víctimas. El “antichavista chavista” puede ser igual o peor que el “chavista chavista”. Hace falta una pedagogía de la transición que se fundamente en la reconciliación y que se proyecte hacia la convivencia. A favor de esta aspiración podríamos apoyarnos en Habermas para proponer la secuencia de un verdadero diálogo: a) ¿Qué quiero yo? ¿Qué quiere el otro? b) ¿Qué quiero yo del otro? ¿Qué quiere el otro de mí? c) ¿Cómo puedo ponerme en los zapatos del otro? ¿Cómo puede el otro ponerse en mis zapatos? d) ¿Cómo podemos trabajar juntos? ¿Cómo podemos crecer juntos?

―Una última pregunta: ¿tienen los intelectuales alguna asignatura pendiente con el país? ¿Falta alguna contribución decisiva?

―La tarea de los intelectuales debe ser propiciar y contribuir con la reorientación de una cultura centrada en valores éticos, ciudadanos y productivos. Valores éticos que comportan un esfuerzo por hacer más humano al ser humano, valores ciudadanos que fomenten la comprensión, la confianza, la cooperación, la conducta cívica y la convivencia democrática. Finalmente, valores productivos que incentiven el aporte del trabajo, de la responsabilidad y del valor agregado a todo lo que se haga. Este empeño será muy exigente y difícil porque –con Cortázar– se tendrá que admitir que “Nada está perdido si se tiene el valor de proclamar que todo está perdido y hay que empezar de nuevo”.