• Caracas (Venezuela)

Papel literario

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Nueve preguntas para Pensar la Transición (XIII +1)
Responde Karl Krispin

Karl Krispin / Foto Rui Cordoves

Karl Krispin / Foto Rui Cordoves

Un nuevo personaje reflexiona en esta serie sobre la crisis venezolana. Karl Krispin, escritor, se suma a los 13 intelectuales que desde el pasado 19 de junio responden al cuestionario planteado por Papel Literario

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―Queremos comenzar por su visión del actual estado de cosas en Venezuela. ¿Qué ve, qué siente, qué le resulta inquietante?

―Venezuela está viviendo un momento grave de su historia, comparable a los drásticos momentos de la guerra de Independencia, la revolución Federal o el castrismo.  La delincuencia le ha declarado la guerra a la población civil, el Estado-Gobierno es un espejismo despreciado por propios y ajenos y una ficción de la que nos enteramos por unas cadenas radiotelevisadas que nadie escucha. En estos días contemplé un suceso que me conmovió: una camioneta de reparto detuvo el tráfico y su copiloto, una mujer, se bajó del vehículo para recoger un plátano verde que había avistado en el pavimento. Cuando lo tuvo en sus manos lo mostró al chofer con regocijo y orgullo. El país está pasando hambre, necesidad y penurias. Todo esto se lo debemos a un gobierno socialista y demoledor que ha clausurado los canales de la libertad. Venezuela se dirige hacia la edad de piedra de continuar así y no nos quedará, como dice un personaje de La advertencia del ciudadano Norton, sino ver los Boeings sobrevolando nuestras chozas. El chavismo y su hijo pródigo en la catástrofe, el madurismo, convirtieron a un país homogéneo, con una clase media sólida, medianamente próspero, democrático, culto y cosmopolita en un país hambreado, polarizado, migrado, destruido económicamente, que está en todos los sótanos de los índices mundiales, cualesquiera que ellos sean.

―Un tema, cada vez más presente en las preocupaciones venezolanas, es la cuestión de la violencia y el modo en que viene ocupando espacios en la sociedad. ¿Venezuela tiene posibilidad de realizar un cambio político sin recurrir a la violencia?

―La violencia es barbarie y no engendra sino violencia. Quien piense que la “mano dura” es un instrumento del buen gobierno desconoce la historia y lo que ha logrado la bestialidad socavando la libertad. Solo los violentos la defienden. La no violencia, el estado de derecho y una vigorosa democratización en todos los ámbitos son la garantía de una sociedad que pueda recuperar su puesto y mirar con optimismo el futuro. En los tiempos que vivimos deberíamos invocar a Henry David Thoreau, a Gandhi, a Martin Luther King, a Mandela, a Vaclav Havel, para plantear un correlato en nuestra construcción de la paz. La violencia está emparentada con la muerte y no ha traído sino desolación.La violencia que más daño ha causado ha sido la del lenguaje como factor originario de la división. El habla del venezolano se ha envilecido, empobrecido y mutado en una jerga serial de lugares comunes,  profundamente estéril y soez. Con sujetos habitando en la banalidad y un infantilismo comunicativo no se puede reconstruir un país y mucho menos desmontar la violencia. El lenguaje es el mejor y el peor instrumento con el que contamos. Todo depende de su uso.

―De forma recurrente, hay personas que se preguntan si la sociedad venezolana ha aprendido algunas lecciones de los padecimientos de estos últimos años. ¿Hemos aprendido o todavía podríamos ser una sociedad frágil ante la tentación populista?

―En 1998, la clase media venezolana más allá de sus quejas contra la corrupción, el siempre alto costo de la vida y los políticos como blanco de sus ataques prejuiciados, se suicidó colectivamente al elegir a Hugo Chávez como presidente de la República y apostar a la antipolítica y a sus fracasados seculares. Cuando Chávez salió de Yare lo primero que hizo fue pedirle la bendición al dictador y violador de los derechos humanos, Fidel Castro Ruz. Ello ha debido elevar una señal, un alerta, para una clase media que al menos leía el periódico, era profesional y había viajado. En lugar de ello, la clase media se refugió en la cueva del lobo, y el lobo no perdona ni a Caperucita. En los años recientes esa misma clase se ha emocionado con un Rambo de Prados del Este que ha mostrado su fusil en un tejado, o con un contador de chistes vulgares que se le antojó ser candidato. Los que mayores pesadillas sufren lo hacen con el sueño militar. Esta pregunta me la he hecho muchas veces y me asalta el pesimismo. En beneficio del optimismo, las nuevas generaciones cada vez entienden mejor que el problema a vencer es el modelo populista, socialista y estatista y que hay que construir un sistema de libre mercado. Los parientes del lobo demagógico desafortunadamente siguen acechando y muchos están camuflados en la oposición.

―Queremos preguntarle por la idea de fracaso. ¿Cabe establecer una relación entre Venezuela y el fracaso? De ser así, ¿qué fracasó, qué salió mal?

―El fracaso es la mejor enseñanza que puede tener un país. Venezuela pasó de la modernidad a la premodernidad. De un país pujante que en los cincuenta, sesenta y setenta mostraba índices de desarrollo, una desmesurada renta per cápita y un sentido de cosmopolitismo que le había proporcionado la inmigración y la renta petrolera nos convertimos en el país de la revolución, del agrarismo, de la destrucción del sector privado y levantamos sobre las ruinas un Estado conducido por tiranos y confiscadores de la libertad. Mayor fracaso es imposible describir. De la nación próspera y generosa que se ocupaba hasta de sus repúblicas hermanas, pasamos al país donde una mujer hambrienta celebra tropezarse con un plátano en la vía pública. Es un fracaso tremendamente doloroso pero que está allí para aprender de él.

―El tema del posible papel de los intelectuales en la vida pública, sigue siendo debatido. ¿Cómo valora Usted la actuación, en términos generales, de los intelectuales en los últimos años? ¿De qué modo, si es que ha ocurrido, ha impactado la polarización en la actividad de los intelectuales en Venezuela? 

―De alguna forma la intelectualidad le hizo el juego al antisistema. Su mayoría casi absoluta proviene del marxismo. No nos olvidemos del júbilo de muchos de ellos en un comunicado adulante con ocasión de la visita de Fidel en 1989. Los intelectuales de izquierda tenían un odio desmedido por Rómulo Betancourt y el proyecto policlasista que AD en alianza con COPEI y URD lograron implantar para una paz democrática y económica en Venezuela. Estos intelectuales se apostaron en la otra orilla del sistema a consultar a qué hora ocurriría el derrumbe. O se dedicaron a la bohemia y al olvido de su misión con las repúblicas del Este que fundaron. El derrumbe no vino con la guerrilla castrista y guevarista. Pero ocurrió con Chávez. De otra parte, a un individuo como Arturo Uslar Pietri en sus últimos años le dio por el regaño colectivo, la terrible conspiración contra el presidente Pérez y por minar las bases del sistema. El chavismo le demostró con su proceder a la izquierda intelectual y académica su equivocación y la impuntualidad en su consulta de la hora histórica. Por lo demás, el intelectual entre nosotros es una rara avis, poco socorrido y consultado. La lección de este anti-tiempo demuestra que el dogmatismo ideológico nos carcomió el futuro con sus metanarrativas impostadas. Hay otra generación de intelectuales, causahabientes de la modernidad y no estafados por estas metanarrativas que en estos años se han dedicado a pensar el país más allá de la polarización. Vienen acompañados por conversos y escarmentados.

―¿Cuál es, en su criterio, el estatuto actual de la polarización política en Venezuela? ¿Se mantiene, ha cambiado?

―Con respecto a la polarización, se impone decir que ha estado presente en la mayoría de nuestras etapas históricas. No la ha habido en épocas de fuerte institucionalización como durante la Corona o en momentos democráticos. Se dio en la guerra de Independencia, en el siglo XIX con su expresión más conspicua, la guerra Federal, durante el malhadado castrismo que trajo la última guerra civil que tuvimos, la Libertadora. Durante la paz gomecista desapareció junto a la política. Volvió a aparecer con la guerrilla y en 1998 como sustrato de la premodernidad y continúa con vida. La venceremos lo mismo que a la violencia con la sociedad raigalmente democratizada hasta los huesos. 

―Se afirma, incluso con soporte en estudios de opinión, que en la mayoría de los venezolanos está presente, con fuerza, un deseo de cambio. ¿Podría intentar describir ese deseo de cambio? ¿Tiene Usted idea o intuición del cambio al que aspira la mayoría de los venezolanos?

―Después de esta era de calamidades el cambio a que aspiramos es a una sociedad de paz, donde podamos realizar plenamente nuestra personalidad, la de la iniciativa individual y el crecimiento; a generar como decía López Contreras en el Programa de febrero, “la mayor riqueza pública y bienestar individual”. Queremos el sosiego de la estabilidad.

―La experiencia de procesos en otros países demuestra que la transición demanda de cierta disposición al entendimiento y a la reconciliación; de ciertos sacrificios; de ciertas energías distintas a la de la confrontación. ¿Cómo evalúa Usted la disponibilidad de estos y otros elementos para una posible transición en Venezuela?

―El chavismo está derivando a pasos agigantados hacia una minoría inminente de modo que esa inevitable y necesaria reconciliación va a ser más fácil de lo que pensamos. Esa reconciliación pasa por una agenda hacia el futuro más que por una lectura de las facturas del pasado. Eso no quiere decir que no se deba juzgar a quienes desmantelaron el país. Ejemplos moralizantes nos hacen mucha falta. No hay que confundir reconciliación con impunidad. Con delincuentes y violadores de los derechos humanos no puede mediar sino el lenguaje de la ley. 

―Una última pregunta: ¿tienen los intelectuales alguna asignatura pendiente con el país? ¿Falta alguna contribución decisiva?

―Los intelectuales tienen muchas asignaturas pendientes entre ellas la de regresar al lenguaje para regenerarlo, retomar su riqueza y sus  posibilidades fundadoras. Hay que desmontar la neolengua que se urdió para dividirnos y concluir que la historia posee cotos exclusivos. Quien domina el lenguaje se hace del poder. Eso lo entendió muy bien el proyecto chavista en 1998 y comenzó a debilitar nuestro entendimiento nacional a través de una jerigonza premoderna de exclusiones y acusaciones violentas. El hecho de que buena parte de la población siga refiriéndose a un disparate descomunal como la “cuarta república”, “oligarcas”, “escuálidos” y otras patrañas como “las y los” revela que los intelectuales bostezan mientras la lengua es agredida. Tenemos que contribuir decididamente a fomentar un lenguaje que nos ampare y a seguir explicando y razonando sobre lo que somos, a producir las ideas del bienestar a ver si nos reencontramos con ese sueño de modernidad que alguna vez rozamos y perdimos.